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Hacer dramaturgia

Maaike Bleeker

TEATRO

La dramaturgia como una práctica (o varias). La definición que aquí se desarrolla requiere una breve aclaración sobre cuestiones de traducción, ya que no apunta a la escritura dramática, sino a aquella función que en español se conoce como dramaturgista y que consiste —entre otras modalidades— en un rol de asesoramiento y acompañamiento de los procesos de creación y producción de la obra en artes escénicas. En esta dirección, el trabajo de Maiike Bleeker, publicado recientemente por Libretto, amplía el territorio de sus definiciones y competencias ofreciendo una historia y un repertorio diverso de prácticas —más allá del teatro, incorporando la danza y la performance en un campo expandido del arte contemporáneo—. Aporta, sobre todo, una reflexión y una propuesta metodológica acerca de un hacer que es a la vez pensamiento.

La historia incluye una larga tradición que parte de Gotthold E. Lessing, vinculado a una dramaturgia institucional, cuya función consistía inicialmente en la selección de materiales dramáticos, así como el asesoramiento sobre puesta en escena y actuación para el Teatro de Hamburgo. Le seguirán, durante el final del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, profundos cambios en las concepciones del drama y los vínculos que teje con el mundo, pero también de los roles y jerarquías del trabajo del escritor, del director, inclusive del actor. Un período que Peter Szondi caracterizó como la crisis del drama moderno y que encuentra en la figura de Bertold Brecht una dramaturgia de producción, que trabajará fuertemente ya no solamente en el análisis del texto dramático en función de la puesta en escena, sino como concepto y práctica que engloba desde el texto hasta el montaje escénico. Finalmente, una nueva dramaturgia (en estrecha relación con el teatro posdramático conceptualizado por Hans-Thies Lehmann), en la que la escritura teatral desbordará el registro textual y dramático para desarrollarse igualmente en el escenario a través de materiales diversos, y donde los cruces entre teatro, danza y performance habrán establecido diálogos de todo tipo, ya ampliamente consolidados.

Así, la dramaturgia llega a nuestros días como un pensar/hacer que implica atender tanto a los materiales preexistentes como a los que se generan en los procesos de creación, participando mediante la especulación, el análisis, así como a través de la creación de condiciones para la emergencia de nuevos elementos, hasta la selección y estructuración de aquello que finalmente se configurará como obra. En una constante oscilación entre estar fuera y dentro del proceso, la actividad dramatúrgica —que bien puede ser llevada a cabo por una persona convocada específicamente para el rol, aunque también puede ser realizada por el director, cualquier otro miembro del grupo o el grupo en su conjunto— interpela a los integrantes del colectivo, los materiales y las dinámicas que van tomando forma. También se ocupa del modo de dirigirse al público, de lo que el espectáculo hace con él en relación con sus experiencias, interpretaciones, asociaciones, buscando desarrollar estrategias de creación que habiliten un pensar y un sentir propios —respecto de la obra, del mundo—, en tanto espectadores emancipados.

Bleeker considera que la incorporación de la figura del dramaturgo al trabajo de creación artística hace lugar a lo político en la medida en que habilita la conversación, la colaboración y también el disenso, la discusión y la negociación entre puntos de vista diversos. Más allá de la actividad específica dentro del proceso de creación, la dramaturgia también actúa políticamente en tanto mira con atención las infraestructuras institucionales y los organismos de financiamiento que condicionan las formas del trabajo artístico. Y más allá del campo específicamente artístico, busca de igual forma responder políticamente respecto de la función social del teatro. Por todo ello, la autora señala que el trabajo dramatúrgico conlleva cuidado y responsabilidad; en definitiva, conforma una ética que “implica la capacidad de lidiar con el mundo en el que vivimos, en los que participamos, y de responder a ellos”. 

En diálogo con las ideas de Gilles Deleuze, Félix Guattari, Donna Haraway y tantos otros teóricos, historiadores y artistas teatrales, el ensayo despliega, al mismo tiempo, una serie de casos en los que pueden verse las más variadas formas de hacer dramaturgia. Y ofrece, finalmente, una metodología de trabajo, “un modo dramatúrgico de mirar”. Como resultado, el ensayo ofrece él mismo una puesta en diálogo de pensamiento y práctica que recorre tiempos, figuras, instituciones y comunidades compartiendo un panorama de la creación escénica contemporánea, a la vez que un despliegue de posibles caminos para seguir haciendo teatro, danza y performance. Seguir haciendo las preguntas y seguir creando las condiciones para que las preguntas sean posibles. En ese sentido, el libro nos recuerda esas otras escrituras donde los maestros del siglo XX —allí en primera persona: Stanislavski, Brecht, Barba, entre otros— nos compartían sus experiencias y conceptualizaciones, solo que aquí la palabra individual da paso a ese gesto oscilante del dramaturgo, un poco adentro y un poco afuera de los procesos y las obras –la escritura de la propia Bleeker está atravesada por esa condición–, en una clave coral que hace lugar a las múltiples inquietudes del presente. 

La dramaturgia se presenta como un método para mirar y escuchar. Un modo de entretejer materiales diversos. De hacer preguntas y poner en juego algunas respuestas. De atender y habitar procesos de creación y producción de obras artísticas. De trabajar con otros. De lidiar con el mundo. De acoger acontecimientos. De pensar haciendo. De hacer que el pensamiento se mueva. En el texto, sobre la escena, entre los cuerpos, a través de los trastos, con los sonidos, desde los ritmos, hasta llegar a las butacas o al círculo donde finalmente el encuentro con los espectadores tiene lugar.

 

Maaike Bleeker, Hacer dramaturgia. Pensar mediante la práctica, traducción de Antonella Querzoli, Libretto, 2025, 516 págs.

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