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Tradicionalmente, las lecturas de las obras teatrales de Chéjov han privilegiado el realismo y el naturalismo, relegando su dimensión simbólica, irónica, grotesca y cómica. Sin embargo, su Triéplev observa: “hay que representar la vida no como es, ni como debe ser, sino como aparece en nuestros sueños”; “formas nuevas, si no las hay más vale que no haya nada”. La reciente puesta en escena de La gaviota (1896), dirigida por Rubén Szuchmacher, logra reunir a todos esos Chéjov.
La propuesta evidencia una comprensión profunda del movimiento en la quietud, en la circulación de la palabra y la narración, sus saltos temporales, su coralidad —recursos vanguardistas que posteriormente complejizarán Brecht, Beckett, y otros—. Esto se advierte en una composición visual que da cuenta del trabajo sostenido de Szuchmacher, Jorge Ferrari (escenografía y vestuario) y Gonzalo Córdova (iluminación), en numerosos proyectos. La reflexión de los personajes sobre la literatura —las “impresiones” que no encuentran formas concretas en el arte— halla su correlato en un juego óptico cautivante para el público: el paisaje del fondo ¿es una foto o una pintura?, ¿ambas? ¿La imagen es fija o se mueve imperceptiblemente? Esa pregunta por la representación tensiona la mímesis finisecular con un simbolismo que introduce algo del orden de lo incierto: manchas de luz intermitentes y sutiles, texturas sobre el piso, líneas y tramas de un vestuario notable, y un diseño de movimiento (Marina Svartzman) que visibiliza cuerpos familiares e inquietantes a la vez; algo especialmente perceptible en la Arkádina de Muriel Santa Ana, cuya lectura del rol expresa la complejidad del personaje en sus diversos matices.
El plano sonoro (diseño y música de Jorge Haro) se integra a la escena acentuando la mirada de esta puesta sobre el texto de Chéjov, en momentos como el trabajo de los montajistas para la obra de Triéplev, interpretado con solidez por Juan Cottet. Una de las decisiones más significativas consiste en que los personajes jóvenes estén encarnados por actores y actrices de entre veintitrés y veintiséis años —Carolina Kopelioff, Carolina Saade, Diego Sánchez White y Juan Cottet, seleccionadxs del Taller-Laboratorio Chéjov dictado por Szuchmacher en el Teatro San Martín—, cuando lo habitual es reducir la distancia generacional planteada por la obra, en nombre de la madurez actoral. Esta elección no es menor: La gaviota habla explícitamente de la fricción entre jóvenes y adultos, formas viejas y nuevas, campo y ciudad, amores correspondidos y no correspondidos. En efecto, el destino de Triéplev y de Nina —ese final trágico que Chéjov coloca abruptamente, en contrapunto con la profusión de palabras, risas y lágrimas (y esto es innovador en su tiempo) — encuentra su “forma” gracias a la juventud real de esas figuras, junto con otros recursos, como el disparo acústico que contrasta con el sonido amplificado. El escándalo que supone, como señala el director, no se expresaría con tal crudeza si la edad fuese simulada; quizá tampoco nos interpelaría hoy esta línea central de la obra: nuevas generaciones que peligran frente a un mundo adulto desesperado. El público se conmueve y, sobre todo, se divierte, porque se le ofrece una gran comedia. Emerge la risa ante lo “grosera que es la vida”, condensada en una gaviota de utilería: una broma honesta y dolorosa sobre la vida y el teatro.
Se disfruta la calidad de actuación del elenco —además de lxs ya mencionadxs, Diego Cremonesi, Vando Villamil, María Inés Sancerni, Mauricio Minetti, Pablo Caramelo, Fernando Sayago, Alejandro Vizzotti y Jimena Villoldo—, cuyo registro permite apreciar esta versión noble, lúdica, del texto completo, realizada por Szuchmacher y Lautaro Vilo a partir de la traducción de Alejandro Ariel González. En este sentido, resulta destacable que no “actúen” el famoso tedio chejoviano, la insatisfacción melancólica o el “subtexto”, sino lo que les proporciona el texto y sus resonancias. Porque si hay algo insoportable en Chéjov es que sea tan contemporáneo, aun cuando el universo ficcional gravite en una finca de terratenientes, atravesados por tensiones de clase, decadencia y aspiraciones de prestigio y ascenso social —aspectos que aparecen mediante la sustracción y la síntesis de diversas capas de sensibilidad y experiencia histórica (y no de modo “arqueológico”), como suele proponer este director—.
Otra de las grandes apuestas, para una pieza que enfatiza la actuación como tópico, consiste en despojar el parlamento final de Nina de toda interpretación psicológica. Aquí, el “estado” se entiende como un problema de representación. Cuando Kopelioff —en contraste con la plasticidad de su monólogo en la obra de Triéplev— repite: “Soy una gaviota. No, no es eso. ¿De qué hablaba?”, la palabra, la expectación y el juego especular del teatro dentro del teatro se horadan. Aparece entonces una “forma” posible de un interrogante que no se colma y que constituye la vitalidad de La gaviota y de buena parte de la obra de Chéjov.
La gaviota, de Antón Chéjov, dirección de Rubén Szuchmacher, Teatro San Martín, Buenos Aires.
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