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TEATRO

Pier Paolo Pasolini fue asesinado brutalmente en noviembre de 1975. Eso dice la historia oficial. En la obra de Matías Feldman sigue entre nosotros, sostenido en una suerte de coma gracias al progreso de la ciencia. Desde ese umbral, sueña o recuerda una secuencia entrecortada de escenas al ritmo irregular que marca el respirador artificial. Literalización de un cliché: el poeta frente a su vida tal como se le presenta al borde de la muerte. Claro que en este repaso lo que desfila frente al espectador no son episodios de índole biográfica sino jirones de una obra y de un modo de intervención pública que marcaron a fuego nuestro breve siglo XX.

La decisión de revivir al autor es mucho más que un truco narrativo. Su presencia es central en la invocación irreverente que propone Feldman: son tres o cuatro los Pasolini que disputan el primer plano, turnándose para declamar reconocidas declaraciones incendiarias, corregir el tono de una escena en curso, activar un juego de espejos para protagonizar una discusión y hasta oficiar de personajes en los clips de Calderón, Che cosa sono le nuvole y Edipo rey que se encienden como un ritornelo en los noventa minutos que dura la obra.

Pasolini pendula entre dos procedimientos: la invocación propiamente dicha y lo que podríamos llamar mímica. Feldman es especialmente efectivo en esta segunda operación, cuando juega a ser Pasolini y lo reescribe, añadiendo algo de su propia cosecha. Un ejemplo son los momentos que hacen foco en la familia burguesa capitaneada por Andrea Garrote y Marcelo Subiotto, algo así como la familia de Teorema pasada por anfetaminas, y que alcanzan el cielo de los homenajes: nos movilizan como el texto y el film originales, recrudecen su violencia. Si este triunfo les debe mucho a las actuaciones (Garrote parece haber nacido para interpretar a esa madre que entiende su sinceridad agria como una forma de amor), también es obra de un trabajo textual astuto, en el que el estudio y el amor por la fuente no impiden la variación insumisa. En estas escenas sorprende ante todo el humor. Si las versiones originales de Teorema pulsan más bien una cuerda trágica, el cover que propone Feldman exprime la bilis negra de esa historia de amor hasta que destila su acidez cómica y sombría.

Esta oscuridad se amplifica en la puesta: la sala es un sótano oblongo y tanto la iluminación como el dispositivo escenográfico (una combinación siniestra de cortinas de plástico y muros móviles) nos recuerdan que estamos bajo tierra. Este dispositivo es manipulado por un trío de seres mitológicos que hacia el final de la pieza se revelan como encargados del infierno personal del muerto vivo. Esa escena le permite a Feldman entregarse a un lirismo que es recurrente en Pasolini, pero que está relativamente ausente de esta invocación. Sí: cuando no se aboca a la mímica insolente que acabo de celebrar, Feldman pone en escena a su oráculo para que exhiba sus dotes argumentativas y su talento para la polémica. Esta invocación propiamente dicha bordea el exceso. Hay que decirlo: después de Teorema, nadie necesita las palabras de su autor denunciando las miserias de la burguesía. La potencia de sus textos vuelve superfluo un recurso didáctico que ameseta el ritmo de la obra. Pasolini sufre así su pequeña caída cuando invoca al poeta para que se explique a sí mismo. Una pequeña caída que no mella el valor, la valentía de un contacto con el más allá hecho con las débiles tretas del teatro en una sociedad que puede prolongar artificialmente nuestra vida, pero aún no superó la tabla güija a la hora de comunicarse con los muertos.

 

Pasolini, dramaturgia y dirección de Matías Feldman, ciclo Invocaciones, concepto y curaduría de Mercedes Halfon y producción general de Carolina Martín Ferro, Centro Cultural San Martín, Buenos Aires.

 

 

24 Nov, 2016
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