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Un hombre peligroso

Ariel Nuñez Di Croce

TEATRO

“¡Libertad o muerte!”, grita Severino y dispara dos veces: primero, al frente, a los policías que lo persiguen, después, a sí mismo. De esta manera arranca Un hombre peligroso, la obra inmersiva escrita, dirigida y protagonizada por Ariel Nuñez Di Croce que aborda la vida de Severino Di Giovanni. En realidad, todo empieza por un poema, un acertijo con el que debemos adivinar el lugar —en nuestro caso, un Laverap en Estados Unidos al 3700— por el que nos pasan a buscar hombres vestidos al estilo de los años veinte para acudir al mitin. Nos entregan sobretodos y nos dirigen por las calles del barrio hasta una puerta negra custodiada por otros que nos dan indicaciones. Es el Centro de Resistencia Cultural Sigue la Polilla, pero es también, esta noche, el epicentro del anarquismo en la Argentina. Más camaradas se suman, llegan desde distintos puntos. Entramos.

A cien años de ocurridos, los eventos de esa época convulsa se repiten en un galpón de Boedo como secuencias montadas a medida que nos movemos por el espacio. Estamos en una asamblea en la que se discute con vehemencia uno de los grandes parteaguas entre los grupos anarquistas: el uso de la violencia. Severino mete púa, agita, discute con Diego Abad de Santillán y Emilio López Arango —del diario La Protesta y la FORA—. Ahora es la imprenta de Aldo Aguzzi, donde nace una sociedad con Di Giovanni. Ahora es el patio de la casa donde vive América Scarfó, la joven idealista que tejerá un romance con Severino. Ahora estamos en el acto de los fascistas en el Teatro Colón, los volantes de los anarquistas que vuelan por los aires, la represión policial. Ahora, en una sala de tortura en la que los agentes intentan sacarnos información. Ahora, una celda en la que Di Giovanni pasa las horas con la compañía espectral de Bakunin que lo alienta, le habla, nos habla: “Encendamos otras cien, encendamos otras mil, y demos fuego a la dinamita vindicadora”. Estamos en el taller del tano Chicho en el que se fabrican las bombas. Ahora todos cantan exaltados el himno a la dinamita: “Dinamita, poder del desheredado, poder de la miseria, poder del hambre, potencia del atormentado. Dinamita, palidez del tirano. Dinamita, nuestra arma, arma anarquista, fuerte voz que rompe los tímpanos más protegidos”.

Pasamos de transeúntes voyeuristas a espectadores en gradas con la fluidez de un fundido en una película. La cuarta pared quedó atrás al cruzar la puerta negra y desde entonces somos parte de la puesta en escena. Acompañamos, secuencia a secuencia, el derrotero de Severino hasta su fin, relatado por el mismísimo Roberto Arlt, presente entre nosotros.

Un texto sólido y de ritmo vertiginoso —basado en El idealista de la violencia de Osvaldo Bayer—, montaje y musicalización que remiten a lo cinematográfico, un trabajo con la iluminación, la escenografía y la espacialidad envidiable, y el elenco de más de una docena de personas que no solo están a la altura con su despliegue actoral, sino que se encargan de acomodar los escenarios y llevarnos a los espectadores a través de las distintas secuencias, mezclándose entre nosotros, empujándonos a su juego, exponiendo nuestros cuerpos a los hechos que ahí ocurren.

“Estoy enfrentando a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar nunca la cabeza. Es por eso que me consideran y soy: un hombre peligroso”, vocifera Severino subido a una escalera. La obra interpela —cada vez más desde que fue estrenada en 2022— a un presente en el que la palabra libertad ha sido degradada hasta límites impensados y la violencia, esa violencia imperialista, del capital, la explotación y la opresión, se vuelve día a día más hostil, más patente y desenmascarada. Las palabras de Aldo Aguzzi en plena asamblea atraviesan el tiempo y se clavan en este presente, se inscriben en nuestros cuerpos: “Por más diferentes que seamos a la hora de comprender la historia o de aspiraciones hacia un porvenir próximo, todos reconocemos, con absoluta unanimidad y en su entera plenitud, la libertad. No hablo de la libertad burguesa, falsa y engreída, sino de aquella que conlleva solidaridad e igualdad. […] Una utopía, dirán. Y sí, ciertamente es una utopía. Es por eso que les pediremos que hagan una obra bien alta, porque solo persiguiendo lo imposible fue que el hombre y la mujer han logrado lo posible. Y, créanme, aquellos que se han limitado a lo que parecería posible, no han avanzado ni un solo paso”.

¿Qué estaríamos dispuestos a hacer, a dar de nosotros como individuos, pero también como conjunto, para intentar alcanzar la verdadera libertad? ¿Cuáles son los medios necesarios para enfrentar tanta violencia? ¿Qué tan dispuestos estamos a poner el cuerpo para dejar de ser meros espectadores de esta crueldad, de esta falsa y atroz libertad? ¿Cuál es la forma de nuestra utopía a cien años de que estos anarquistas dieran la vida por la suya, su utopía?

 

Un hombre peligroso, dramaturgia y dirección de Ariel Nuñez Di Croce, Sigue la Polilla, Buenos Aires.

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