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TEATRO

Existen teatristas en la Argentina, se cuentan con los dedos de una mano, que ponen en cuestión todo el edificio teatral. Elevan el nivel de la discusión, exigen pensar de vuelta. “Yo no hago teatro del teatro”, afirma Norman Briski, uno de los miembros de ese grupo. Y es cierto. Al salir de sus obras, queda claro que todos nuestros conceptos básicos sobre el teatro —el cuerpo del actor, el espacio, la temporalidad, las luces— pueden reformularse. Su última obra, Unificio, se encarga de generar códigos teatrales, de darles nueva vida a algunos que pueden parecer obsoletos y de inventar otros que parecen pertenecer a un teatro distinto y futuro.

Al entrar al teatro Calibán, esa sala única en Buenos Aires que tanto se parece a su dueño, hay una foto de Beckett. Es también beckettiana esta obra en más de un sentido. El tiempo en el que sucede no es claro. La temporalidad misma parece agotada pero hay cosas que no cambian. Si en Final de partida Beckett mostraba una relación de dominación que trascendía al mundo todo, Briski pone elementos que serían constantes, aún en un mundo vaciado de sentido y sin posibilidad de muerte: el mercado, los medios, los complejos recorridos del deseo, los universos familiares. Unificio es una pesadilla de ese futuro, aquí toda la humanidad vive en un único edificio. Para dar cuenta de esa enormidad, la escenografía dibuja dos rectángulos en el piso. Eso y una manguera que larga humo son lo único necesario para generar la desoladora sensación de ese tiempo. Coral Gabaglio, Carolina Molini y Eliana Wassermann despliegan su talento, hacen orgánico un trazo hecho de personajes contracturados que repiten movimientos comandados por hilos invisibles. Su labor da la justa dimensión a esta obra graciosa e inquietante. Si bien el vestuario (a cargo de Renata Schussheim) y las luces (diseñadas por Briski) son rubros superlativos, es en los cuerpos de las actrices donde mejor se talla el pensamiento de la obra; en sus movimientos rectos, en su lucha y derrota infinita. Los pliegues del texto con los que juega Briski, especialmente en su voz en los separadores, son también un punto de acceso, la palabra se va desarmando hasta perder cualquier sentido tranquilizador.

Unificio retoma una preocupación a veces olvidada: la de lo que vendrá. En nuestro intenso presente, en el que distancias y tiempos se comprimen en la pantalla de un celular, Briski nos recuerda que algo quedará después de esto. La obra es también un gran alegato sobre el teatro y la búsqueda. Hay otro teatro posible, que conmueve por su diferencia con todos los demás. Están los que hacen teatro y después hay creadores que encuentran formas donde rara vez el resto se anima a bucear. A menudo la pereza intelectual impide cuestionar zonas fosilizadas de la escena. Esa denuncia también está en Unificio: la obra muestra una sociedad que se ha dedicado a repetir fórmulas hasta olvidarse de ser libre. No atreverse a ir más allá es algo que sucede a menudo en el teatro, por eso son indispensables los que mueven la vara, los que muestran que aquello que para muchos es el punto de llegada es en realidad sólo el comienzo.

 

Unificio, dramaturgia y dirección de Norman Briski, Teatro Calibán, Buenos Aires.

22 Mar, 2018
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