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La escritura como un cuchillo

Annie Ernaux

OTRAS LITERATURAS

Desde los tiempos del posestructuralismo sabemos que no hay tal cosa como forma por un lado y contenido por el otro. Lo decimos, lo repetimos, y así y todo la propaganda editorial insiste en vendernos la obra de una autora que reuniría, en un mismo paquete, “la escritura y la vida”. Tal conjunción nos lleva a pensar la experiencia por un lado y la escritura por el otro (como si la escritura no fuera una experiencia; o como si la vida, o la memoria, no fuera una escritura). De ese modo se producen los equívocos y se conciben clasificaciones que responden más a una lógica de mercado que a una práctica de lectura. Entonces se encienden los debates estériles sobre si la literatura así llamada autobiográfica es o no literatura, es buena o mala, interesa o no interesa. Hasta que llega una escritora como Annie Ernaux, munida de su cuchillo, a desgarrar con su estilo implacable, seco, crudo, directo, algunos supuestos.

En La escritura como un cuchillo, el libro que recoge el diálogo que Frédéric-Yves Jeannet (escritor y profesor de literatura francesa que vive en México) mantuvo por correo electrónico durante un año con la escritora normanda en 2011 y que la editorial Cabaret Voltaire publicó en español con traducción de Lydia Vázquez Jiménez en 2025, Ernaux aborda, con un tono áspero y por momentos cortante, varios de estos entresijos. “No escribo sobre un tema —dice—: estoy en otra vida, una especie de vida paralela que es el libro que se está escribiendo”.

La de Annie Ernaux es una escritura desviada en varios sentidos. Por un lado, se aparta del recto camino. Es indecorosa (“Mi primer gesto al despertarme era cogerle el sexo empinado por el sueño”), incorrecta (“Mi padre intentó matar a mi madre un domingo de junio”), insumisa (Mi sadismo de hoy me recuerda el de mi infancia con otras niñas”): asaltada por la pasión, el deseo, la obsesión, la vergüenza y el rencor, escribe sin adornos, sin intención de “hacer literatura”. Erra, vagabundea, se abandona a la magia del desvío. Se extravía, anda a la deriva y retorna. Lo de Ernaux es y no es literatura. Es y no es autobiografía. Es y no es ficción. Ernaux, en sus libros, es y no es ella. La memoria en su escritura estalla y se disemina, y con sus restos pulverizados forma una nueva argamasa. Moldea, pule, recorta, separa, agujerea, descarta. Estira o comprime para dar a esa materia una nueva figura. Sopla y da vida.

Ernaux se ha convertido, desde que recibió el Premio Nobel en 2022, en una celebridad, y eso quizás constituya un problema, ya que el galardón, al reconocer su excepcionalidad, lo que hace es empujar un corpus de textos cuya potencia extraordinaria reside en su carácter marginal, fluctuante, inclasificable y periférico, a un lugar de centralidad. La misma autora ha reconocido que desde entonces le ha costado recuperar la vitalidad que hace de cada nuevo emprendimiento literario algo peligroso o arriesgado.

En este libro, Ernaux tiene la posibilidad de desplegar sus ideas y lo hace fiel a su estilo. El texto está precedido por una introducción de Jeannet que, aunque destaca el carácter dialógico del intercambio, adopta la posición del entrevistador, o el cazador que se acerca a su presa con sigilo y tacto, para capturarla antes de que salga disparada. Dividido en capítulos a los cuales se les ha asignado un título, repasa su condición de “tránsfuga” de clase, su particular concepción del “yo” literario, la relación entre los núcleos centrales de su escritura y la forma que adoptan en cada texto (“no escribo nunca de la misma manera sobre temas idénticos”), el uso del diario íntimo no como borrador sino como documento (“el diario es el depósito de la fugacidad”), la importancia de hacer de su literatura algo sensorial, escrito desde el cuerpo; sus influencias literarias: el surrealismo, la sociología de Pierre Bourdieu; la idea de obra como algo inacabado, en construcción; la materialidad del trabajo de escritura (quizás uno de los apartados más atractivos, sobre todo para quienes asisten a talleres o los dictan).

Lo importante es que este diálogo inconcluso nos revela (como nos enseñó Maurice Blanchot) que la escritura es una desgarradura, una crisis, al tiempo que nos recuerda que el instrumento propio del escribir (el estilete) es también el de la incisión: “Evoca una operación tajante, algo similar a la carnicería, una especie de violencia”.

 

Annie Ernaux, La escritura como un cuchillo, traducción de Lydia Vázquez Jiménez, Cabaret Voltaire, 2025, 224 págs.

 

5 Feb, 2026
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