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Las estaciones

Maurice Pons

OTRAS LITERATURAS

Llegó el día en que Maurice Pons —como aquellos ermitaños que rechazaban el mundo de las ciudades, es decir a sus habitantes, y se iban al desierto a vivir— se encerró en un viejo molino en la zona de Normandía, donde se dedicó a escribir en un hermetismo particular. No fue maldito ni quiso hacer de su vida un trémolo literario paralelo. Tampoco le interesó participar en debates de la época. Ahí, en el clima lluvioso del Norte, fue escribiendo las obras que ahora la editorial Serapis busca rescatar del ostracismo.

Las estaciones, escrita y terminada en abril de 1965 en el molino hoy de culto para sus seguidores, es una novela rara, difícil de clasificar; puede ser una sátira, aunque también, ya que de franceses estamos hablando, una fábula, una extensa fábula sin ninguna moraleja, o en la que la ausencia de sentido ofrece una enseñanza posible.

Simeón arrastra un pasado terrible, vio cosas que habría sido mejor jamás haber visto ni experimentado, vio la muerte truculenta de su hermana, y en honor a ella quiere escribir una gran obra literaria que aborde la condición humana. Parte de su tierra buscando un lugar apacible donde instalarse y que le permita dedicarse a esa tarea. Pero llega a un país donde a la temporada de lluvia, que se extiende durante cuarenta meses, le sigue otra de cuarenta meses de helada. No hay animales domésticos, salvo un burro que sirve de ayudante al único curandero, tan bestia como su animal. Para comer, solo hay lentejas, en diversas recetas; incluso el alcohol que ayuda a transitar la pesadumbre de los días es un destilado asqueroso de esa legumbre. En aquel país no existen libros, nadie tocó alguna vez una hoja de papel. Tampoco hubo extranjeros, él es el primero en llegar, por más que sí existe una policía migratoria, que por supuesto lo va a estar vigilando a cada rato. ¿Adónde llegó Simeón? A un inframundo donde la condición humana se encuentra bajo el asedio de un estrés angustiante. Ningún alma sensible puede florecer ahí. Al contrario: su presencia es motivo de sospecha, y su inconsciente arrogancia —en una cultura tan retrasada como aquella, cualquiera de los conocimientos que él tiene son revolucionarios— le facilita el desprecio de los demás.

De todos modos, el problema más grande, si es que puede haber uno mayor que el de caer en aquel país, es que a Simeón, más allá de sus pretensiones de escribiente, nada se le ocurre para avanzar en sus escritos. Las penurias del día a día no le dejan más tiempo que para sobrevivir. La novela sigue en tercera persona a Simeón y sus silogismos envueltos en ese infierno helado, interrumpida a veces por fragmentos de su diario personal, una primera persona al límite del desborde. Más allá de diversas referencias bíblicas que rocían la novela (por ejemplo, la del nombre del protagonista, el número cuarenta), hay otro Simeón interesante para tener en cuenta: Simeón el Estilita, que vivió treinta y siete años encima de una columna, en un ascetismo total, para poder orar más tranquilo, sólo en presencia de Dios. Este otro Simeón también buscará esa soledad, pero se topará con padecimientos, choques con los ciudadanos, discusiones, una naturaleza despiadada y posible del ser humano, que puede ser tan terrible como aquella más evolucionada y violenta de la que quiso escapar, y es ahí donde la prosa de Pons, molida, cuidada, surrealista y oscura como naipes de tarot, siempre palpitando en crudo, inventa un pequeño país, a sus diversos personajes, su falta de flora y fauna, a veces con un humor extraño que retuerce aún más tantas frustraciones, ese infierno helado que puede ser la vida misma, los demás, como alegoría o como fábula.

 

Maurice Pons, Las estaciones, traducción de Ariel Dilon, Serapis, 2025, 210 págs.

16 Abr, 2026
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