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América en sus poetas

Edgardo Dobry

TEORÍA Y ENSAYO

La obra crítica de Edgardo Dobry se ha caracterizado por su capacidad de trazar grandes líneas y comunicar puntos distantes en la cartografía literaria. Al transparentar las capas que recubren los fondos, su trabajo visibiliza nodos vinculados que a golpe de ojo pasan desapercibidos (o, tal vez, permanecen sepultados por las historias oficiales y las categorizaciones comerciales). Aun tratando corpus y materias clásicas o categoriales, sus ensayos iluminan los puntos de conexión entre planos remotos o cerrados sobre sí.

Aunque pareciera que América en sus poetas opera en la dirección contraria (ya que se compone de textos destinados a nombres propios, y a veces a un solo aspecto), hay una corriente mayor que surge como producto de la sinergia en el conjunto. Lo lírico se presenta como el paradigma de la serie, coordinando o contraponiendo la experiencia individual del/de la poeta (y sus determinaciones formales) con su marco social o con la historia de la literatura. Ya el primer ensayo (“Poe, la sustancia de la nueva poesía”) destaca la idea de una literatura independiente respecto de cualquier mandato ético o político: la poesía como acción creadora, como vanguardia de la vida, como taladro de la posibilidad, sobre todo en América. Con Whitman y Darío se explora la capacidad del poema para construir el futuro colectivo a través de la imaginación individual. La enumeración paritaria whitmaniana y la música disruptiva del nicaragüense confluyen en la apertura del espacio americano en el vacío de lo por venir, creando la propia tradición a partir del olvido, el robo y la copia infiel. Entonces se inserta Lugones, con su pretensión de oficializar una poética particular con vocación de ideario nacional, impulso morigerado (y por ende, equilibrado) por la modesta concepción de que el poeta es creación del poema y no al contrario.

Más tarde, repasar el desencuentro entre Williams y Eliot adquiere valor en tanto y en cuanto el nuevo salto de hemisferio los coloca otra vez ante la disyuntiva americana de volver el rostro hacia el pasado o aventurarse en el desierto de lo incierto que resplandece delante. Esa lucha intestina de la vanguardia retoma el bogar de América en busca de su identidad. Al regresar al cono sur, con el estudio de Girondo realiza una especie de síntesis en la cual el lenguaje se vuelve "un catálogo de sonidos, un teclado en el que tocar armonías creadoras de perplejas cadenas de sinsentidos o contrasentido". Las notas de ese teclado son heredadas, pero las combinaciones son el resultado de una apuesta a derrocar toda semiología caduca: “No en el sentido de una poesía musical sino en el de la aspiración hacia el carácter no semántico ni figurativo del lenguaje musical”. Que a continuación se trabaje la errata en Trilce como resolución azarosa y meditada de Vallejo ante las distintas ediciones del libro no puede considerarse casualidad: allí la libertad reclamada por sus antecesores continentales adquiere plenitud proteica. Se pone entonces el foco en la poesía escrita por mujeres con Castellanos y su Dido, lo cual importa también una ruptura de los sentidos impuestos en cuanto al direccionamiento de la escritura poética, a sus imaginarios, sus destinos, corroyendo los binomios poeta/musa y virilidad móvil/feminidad reposada y retomando la impronta de Sor Juana, que en parte restituye a la vida posconquista la presencia de la mujer de las culturas originarias.

De ahí en adelante los nombres se suceden ampliando cada vez más el círculo, y tienen lugar reflexiones sobre Ashbery, Padget, Pizarnik, Kozer, Mora, Carrera, Kamenszain, Zurita, Perlongher, Samoilovich, Major y Raimondi, siempre con miras a la articulación de aristas persistentes en las que lo lírico contrasta con lo social y lo político, y viceversa. En definitiva, América en sus poetas no solo brilla y hace brillar por su tratamiento minucioso, por su prosa limpia y rítmica, respetuosa de la complejidad del material tratado, sino además por la gran imagen móvil que proyecta sobre un paño de dos siglos, que articula una América posible y orientada a la permanente pulsión de futuro ante su pasado híbrido. Nos hace recordar que “ningún poema está solo, y la gran conversación de la poesía no tiene tono sin la intermediación del crítico, que en ocasiones es el mismo poeta en otra escena de especulación”.

 

Edgardo Dobry, América en sus poetas. Una cartografía lírica del continente, Taurus, 2026, 256 págs.

16 Abr, 2026
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