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En tiempos del ICE y la persecución algorítmica, Tiny Desk parece funcionar como una green card musical: habitar ese espacio de la NPR supone una instancia de legitimidad, un permiso de breve residencia en Washington D.C. y una plataforma de proyección planetaria que se funda en una curaduría con aciertos y decisiones quizá discutibles. El ciclo provee una cuota de lo latinoamericano. Ahora le ha tocado a Milo J., con sus diecinueve años apenas, tener sus minutos de relevancia. Vaya si los ha aprovechado, y no solo por los millones de visitas al programa. Más allá de la dictadura del quantum y su principio regulador, el pibe es un caso serio. Estamos ante la aparición más fulgurante de un artista de esa edad desde los años de Luis Alberto Spinetta, a fines de los sesenta, y Fito Páez, a comienzos de los ochenta. ¿Cómo pasar por alto la línea que conecta “muchacha ojos de papel” con “ya me siento un niño de papel”?
La National Public Radio (NPR) se fundó en 1971, un tiempo de enorme agitación en Estados Unidos. La conversación política y cultural adquirió un nivel considerable en sus estudios. NPR Music ha entrevistado a numerosas figuras con una profundidad que podría ser considerada enciclopédica en este presente Olga. El ciclo Fresh Air, conducido por Terry Gross, sigue siendo un verdadero lujo, y basta escuchar o leer la transcripción de la entrevista realizada a David Bowie en 2002 en la que disecciona a Ziggy Stardust, habla de su afición por la sonoridad de los rituales del budismo tibetano y su aversión a las giras. El propio Bowie reconocía entonces que en un futuro cercano no habría otra cosa que ir de un lado a otro para un personaje de su talla porque la música sería “como el agua”, un servicio público, y había que sustituir las ganancias con presentaciones multitudinarias. Tremenda predicción. Casi un cuarto de siglo más tarde la música es dominada por el negocio de las plataformas, el poder financiero compra derechos de autor a granel y, efectivamente, las giras han sustituido el principio de acumulación fundado en la venta de discos.
En este contexto ha surgido en 2008 Tiny Desk Concerts. Por allí pasaron desde Taylor Swift hasta Mon Laferte. Fueron invitados David Byrne, Sting, Esperanza Spalding y Dua Lipa. Se configura a su alrededor una comunidad de gustos por lo general variopintos. Fito Páez estuvo en la misma plataforma meses atrás, y antes Trueno, Nicki Nicole, Juana Molina, así como el dúo de la frivolidad estilizada de Ca7riel y Paco Amoroso que, a partir de semejante visibilidad, tuvo una explosiva propagación. Milo J. fue en tanto precedido por Amaia, una cantante, pianista, flautista y compositora nacida en Pamplona que se las trae, y no solo porque suele ser puesta en una relación de iguales con Rosalía. Ella proviene del norte. Él, en cambio, exhibió su pertenencia al sur tanto en la ropa como en algunos de los instrumentos que ya han quedado inscritos como cliché sonoro en oídos norteamericanos. Gustavo Santaolalla le sacó provecho al charango en las bandas sonoras que le valieron reconocimiento en Hollywood. Lo utilizó hasta para la introducción de The Last of Us.
Tiny Desk se define por su dramaturgia de íntimo abigarramiento, eso de tocar entre estanterías atiborradas de objetos y libros, como si se tratara de una ocurrencia casual: ¿y por qué no tocamos un poco? Para presentar cinco canciones, cuatro de ellas pertenecientes al bello disco La vida era más corta, Milo J. no solo se acompañó de un grupo de instrumentistas cuya soltura favorece al cantante, sino de la murga uruguaya Agarrate Catalina, con la que ya había colaborado. La imaginería del carnaval, sus trajes de arlequín, sus colores, sus rostros pintados no hicieron más que resaltar el carácter celebratorio de esos dieciséis minutos de música. “¡Qué honor para Catalina cantar junto a Milo J!”, se rinde Yamandú Cardozo. Nadie podría decir que el ensamblaje no fue genuino. Reverbera sin embargo la pregunta sobre los tributos visuales que a veces se pagan para que el otro sajón compruebe que siempre hay una alteridad pintoresca, sensible, que encima toma mate entre canción y canción. Tiny Desk, más allá de sus buenas intenciones multiculturalistas en un mundo blanco cada vez más agresivo, no hace más que poner de manifiesto la enorme asimetría de los intercambios culturales.
Dicho esto, Milo J. tiene un diferencial que le permite eludir las controversias que desde la MTV giran alrededor de lo que se llamó música para ser vista. No deberíamos dejarnos engañar por su accesorio dorado en un diente. Es removible, y mucho más para alguien que promete estar siempre en tránsito. Lo ha cantado en “Solifcan12”: “me chupa un huevo el cuándo, pero me interesa el cómo”, uno de los cortes de La vida era más corta, y una prueba de que no admite comparaciones con nadie de su generación ni la que la inmediatamente precede.
Su aprendizaje ha sido vertiginoso. No tiene una voz que encante. Pero la limitada materialidad que escupe su garganta ofrece muchas compensaciones que siempre son ganancia en la música popular. Lo sabemos desde Dylan. Es un canto de registros limitados y una expresividad contenida, que no explota teatralmente. Sin embargo, se proyecta en su intimidad, acompañada de un melodismo infrecuente. Esa madurez no es la de alguien de esa edad. Tampoco la manera de frasear. ¿Cómo pudo asimilar tan rápido tantas inflexiones distintas? Una respuesta posible es que, ante todo, Milo J es un autor y buscador. “Tengo unos tatuajes bajo de la piel / que no cicatrizaron y otros se reencarnan / no me siento propio y al ver el ocaso / quise ir más despacio”. Lo que guarda en “Bajo la piel” es mucho más que superficie. Aquello de “morocho color lodo” adquiere por lo tanto un lustre conmovedor. Es evidente que ha forjado una alianza productiva con músicos y productores. El disco lo ha hecho pasar por las lógicas del estudio al folclore, otros géneros y discotecas. El bandoneón y el sample de la voz de Violeta Parra. La murga y las cuerdas. El apego a un terruño imaginario y una sonoridad por momentos global. Milo J. sintetiza experiencias. Es Nicki Nicole la que cita “Giros”, de Páez, mientras él canta con Mercedes Sosa y Silvio “AKM” Rodríguez, con Soledad y los Carvajal.
El mapa de referencias augura nuevas conquistas territoriales. La voracidad es un reconocimiento de su forma de aprender en “el baile de la vicisitud”. Antes de llegar a Tiny Desk, Milo J. ha alcanzado niveles poco frecuentes de aprobación. Estadios llenos. Viajes. Alabanzas que se han multiplicado a partir de la conquista del espacio de la NPR. ¿Qué se juega en esa consagración? Antes de los Grammys y la inmediatez, la presencia de un músico argentino en Estados Unidos estuvo sujeta a limitaciones: el Gato Barbieri desplegó su carrera en los clubes y teatros; Sandro cantó en el Madison Square Garden para la comunidad latina; Mercedes lo hizo en Nueva York, 1974; Astor Piazzolla ganó allí reconocimiento sobre el final de su carrera, con la inestimable ayuda de músicos como Gary Burton. Hasta Spinetta intentó hacer pie con Only Love Can Sustain, un disco de fines de los setenta, grabado entre Nueva York y Los Ángeles con el apoyo de Guillermo Vilas. El salto cualitativo lo dio Santaolalla. Lo que tienen en común es aquello que Matthew Karush llamó “músicos en tránsito”. Ellos pertenecieron a la etapa más rústica de los intentos de globalizar la variada argentinidad musical. La situación se ha modificado sustancialmente desde que la música devino otra cosa. “Será como el agua corriente o la electricidad”, según la profecía cumplida de Bowie. ¿Formará Milo J. parte de ese séquito líquido? ¿Quedará integrado a lo meramente latino, a pesar de tantos emblemas exhibidos en Tiny Desk? El breve concierto, ya se dijo, tuvo el añadido de signos de pertenencia: el look andino de la flautista y violinista, la presencia del mate entre tema y tema, un banderín del Club Atlético Morón (el Capitán Beto de Spinetta tenía mayores aspiraciones futbolísticas: River Plate), la remera de Los Gardelitos del percusionista, el soporte murguero, el recordatorio visual de una disputa colonial, Malvinas. Una antigua revista, Folclore, con la imagen de Mercedes Sosa, puede ser entendida como una elegante reivindicación en momentos en que un troglodita libertario la llama “gorda comunista”. Hermoso. Pero ¿qué decir sobre el ejemplar del Martín Fierro al lado de un libro que invita a saber todo sobre The Who? Aquel que “se pone a cantar” y quiere “morir cantando”, porque se trata para el gaucho de “cantar un argumento” además de las penas, ese que rompe guitarras y pide silencio entre versos, no es un personaje menor. Acumula una historia de querellas. Mucho se ha dicho en el campo literario sobre la Ida y la Vuelta de Fierro, acerca del viaje hacia la rebeldía y el retorno asimilado. Fierro ha sido frontera y centro, rechazo a la ciudad y rendición, defensa de los pobres y aceptación de las reglas de juego. El ejemplar dejado en Tiny Desk llama a interrogarse acerca de cuáles serán en adelante las vueltas de este cantautor que se aburrió pronto del trap, declaró su amor a La Banda, cuna santiagueña de tantos folcloristas, marchó a Washington D.C., conquistó la NPR y apenas tiene diecinueve años.
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