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En Mi hermano James Joyce, Stanislaus Joyce evoca su recuerdo más temprano de la vida familiar junto con su hermano: una función teatral hogareña para deleite de sus padres basada en la historia de Adán y Eva en la que él personificaba a Adán, una hermana mayor hacía de Eva y James Joyce representaba al diablo. Es sabido que el peso del catolicismo en la formación anímica e intelectual del joven Joyce adquirió para él ribetes casi mitológicos. Fue la fuerza gravitacional que atrajo hacia sí todos los elementos que hicieron a la conformación de su identidad, que Joyce abrazó en un principio con la intensidad que era propia de su intelecto, hasta llegar a vivenciarla como una potencia sofocante y opresiva. La educación recibida por sus profesores jesuitas fue una especie de gran mamushka que, a simple vista, podía parecer vacía. Dentro se albergaban los componentes más rígidos de una filiación de raigambre más bien ontológica: la fuerza centrípeta de lo familiar, los modos de ser de la amistad, la identidad irlandesa como peso de la historia. Esa historia que, en el Ulises, Stephen Dedalus describió como la pesadilla de la que intentaba despertar.
Un retrato del artista adolescente es la última salutación del Joyce escritor a las formas literarias más convencionales de la narración. En Dublineses había planteado la visión epifánica como un punto de fuga con el cual atravesar el registro naturalista, la simple cotidianeidad en la que estaban enmarcados los breves relatos del libro. En Un retrato… compone una novela que tiene la forma de un recorrido fenomenológico. Cada capítulo es un peldaño en el camino que lleva a que un artista (Stephen Dedalus) se convierta en lo que es. O, visto el recorrido posterior de Joyce, de lo que será. La novela narra ese proceso desde su génesis, con Stephen Dedalus presentado en el primer capítulo en su primera infancia, hasta la llegada al punto de enunciación de esa resolución que divide el tiempo en dos partes: lo que se era y lo que se va a ser. Hacia el final del libro, Dedalus está decidido a lanzarse a su destino, que enuncia como un pequeño manifiesto: “Mira, Cranly —dijo—, me has preguntado qué haría y qué no haría. Te diré lo que voy a hacer y lo que no voy a hacer. No voy a servir a aquello en lo que ya no creo, llámese mi hogar, mi tierra natal o mi iglesia; y voy a tratar de expresarme de alguna manera en la vida o el arte tan libremente como pueda y tan íntegramente como pueda, usando en mi defensa las únicas armas que me permito usar: el silencio, el exilio y la astucia”.
El desarrollo de la obra de Joyce, desde sus inicios como poeta con Música de cámara (uno de cuyos poemas fue convertido en canción por Syd Barrett) hasta la encriptadísima escritura final, rayana en lo ininteligible, de Finnegans Wake (con el que Joyce afirmaba que mantendría ocupados a los críticos por unos trescientos años), parece la huella de un largo y laborioso camino hacia el interior de una locura razonada. Es la manifestación de una dedicación extrema, y también por eso penosa, en el afán de construir un universo propio a fuerza de diluir cada vez más, hasta hacerla perder de vista en el interior de sus textos, la propia personalidad del artista. Su escritura fue la ruta de esa larga excursión hacia el hipotético centro de un universo cada vez más explosionado, cada vez más loco en su razonabilidad. Kant veía en el componente universal de la razonabilidad la comunicabilidad misma. La peculiaridad de Joyce fue su absoluta confianza para darle sustento a ese gesto en apariencia inviable: convertir una singularidad extrema en elemento comunicable, volverse caso excepcional a través de su obra. Es la dirección que le dio a su lectura Jacques Lacan cuando, tomando a Joyce como apoyo textual, le dedica un seminario para exponer su concepción de la subjetividad, fundamentada en el particular anudamiento que lleva a cabo cada sujeto de los planos imaginario, simbólico y real. Lacan se pregunta si Joyce estaba loco. Percibe que, en Joyce, el cuerpo ha quedado desenganchado de ese nudo, lo que podría llegar a interpretarse como el síntoma de una posible psicosis. Lo detecta precisamente en un episodio de Un retrato…: la paliza que Stephen recibe de parte de la pandilla que lidera su compañero Heron. Fue el hecho de hacerse un nombre propio a través de su escritura la invención que le habría permitido a Joyce, según Lacan, suplir o contener las consecuencias de esa radical carencia paterna.
Resulta un verdadero desafío decir algo de un libro de Joyce, o particularmente de Un retrato del artista adolescente, que no haya sido ya señalado. Umberto Eco describió con precisión los elementos tomistas y la armadura lógica propia de la escolástica medieval que provee de su estilo particular al pensamiento del protagonista (comparándolo con los de su predecesor: el personaje principal de la inacabada y de publicación póstuma Stephen Hero) en su notable estudio sobre las poéticas de Joyce. Eso no impide que se pueda hacer, todavía, el comentario más elemental respecto de un libro considerado clásico: que leerlo sigue siendo una experiencia fortalecedora, y que vale la pena introducirse en sus páginas sea por vez primera o para volver a él. La descripción del infierno en el sermón del padre Arnall continúa resultando asombrosa en su obsesivo despliegue retórico, en ese encono que percibimos presente tanto en el personaje que lo declama como en el narrador que lo recrea mediante ese desmedido despliegue de imágenes que pretenden volver inteligible y aterrador un sufrimiento que excede todo límite, aunque el infierno como entidad de castigo eterno posiblemente ya no figure entre las ensoñaciones mortificantes de un joven adolescente.
James Joyce, Un retrato del artista adolescente, traducción de Marcelo Zabaloy con la colaboración de Eugenio Conchez, El Cuenco de Plata, 2025, 252 págs.
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