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El rey de amarillo es un libro de cuentos de Robert William Chambers y es también un libro que no existe. Predecesor del Necronomicón y del onceno tomo de la Primera Enciclopedia de Tlön, entre otras famosas entraderas a la bibliografía de Occidente, el libro que encierra el libro de Chambers tuvo su primer apogeo a finales del siglo XIX, cuando muchos lectores del cuentario le solicitaban por carta a la editorial F. Tennyson Neely que les hiciera llegar la obra de teatro que los relatos mentaban, suerte de ventana dramática a la ciudad de Carcosa —locación ideada por Ambrose Bierce, a quien Chambers además le pidió fiados ciertos nombres y semblantes—, donde gobierna un soberano torturador y perverso, bañado en el color de la insania.
O eso se nos dice. De la obra de teatro en sí apenas tenemos extractos en la cita que abre la colección y en el epígrafe escalofriante de “La máscara”. Las apariciones raleadas del volumen en otros cuentos —“El reparador de reputaciones”, “En la Corte del Dragón”, “El signo amarillo”— sugieren más un efecto que una presencia. Los personajes leen El rey de amarillo, entrevén su interior maligno, a veces incluso lo hojean contra su voluntad, y algo en ellos se trastoca. La lectura enferma las narraciones que la contienen. Y si bien hay relatos donde la obra no es referida explícitamente —“El hacedor de lunas” y “El mensajero”, entre los más salientes—, el légamo ambarino siempre encuentra la manera de filtrarse: en un rastro de sangre asoman pústulas, una criatura emerge de las aguas de un estanque. La intención de Chambers, provocar un extrañamiento en dos estaciones, como una cascada que rebalsa el cuenco y cae todavía más abajo, funciona a partir de una incerteza hierática. Lo que sabemos del texto ficticio es muy poco y encima está disperso. Es justo lo que cada lector no puede evitar que sea: lo que más teme.
El libro dentro del libro es el aspecto diferencial. En tanto unidades, los cuentos están asidos por varios de los elementos que consolidaron al terror como un género eficaz y discernible. Sin ruborizarse, Chambers —quien, en los años que siguieron a El rey de amarillo, se enriqueció produciendo novelas bélicas, rosas y olvidables— hace uso del recetario que Poe inició y sus sucesores profundizaron. Las tramas están llenas de Valdemares, Pymes, Berenices. En Nueva York y en París, en la campiña y en los bosques donde el occidental caza y el oriental conspira, el horror se vuelve cósmico por abundancia, porque la realidad no puede abrazar a unas entidades que la exceden en morfología y en propósitos siempre tan funestos como ininteligibles.
Lo que distingue a ambos reyes de amarillo es su diálogo interno, hallazgo que sienta a Chambers en la misma cinta de montaje que ocupan los mencionados Bierce y Poe, Dunsany, Lovecraft y demás insignes. Si pensamos en los cimientos del weird, es difícil no advertir en estos cruces casi un esfuerzo colectivo, una interconsulta feliz o al menos una alineación eclíptica de obras —evidentes e inhallables, probadas y apócrifas, reales en tanto acaecen en el plano de la ficción— que describieron espantos similares y se animaron a observar el universo sin las reglas finitas de nuestro entendimiento, cuña sin filo frente a la vastedad desnuda.
Robert W. Chambers, El rey de amarillo, traducción de Rubén Massera y epílogo de S. T. Toshi, Perla Ediciones, 2025, 330 págs.
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