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Sombra permanente

Carlos Cima

ARTE

La muestra de Carlos Cima en Constitución galería permite al espectador confirmar una idea previa: la de estar ante uno de los mejores pintores de su generación. La sensación se impone como si la obra no tuviera otro tema que su propia calidad. El consenso alrededor de la calidad de su pintura atraviesa escenas e interlocutores. Como todo fenómeno de valor, ese acuerdo no es una evidencia automática sino un hecho social. Y, sin embargo, para observar esa construcción sería imposible prescindir de un término que hoy pareciera ajeno a la sociología del arte: el estilo. Lo que se impone en la obra de Cima es una relación extremadamente segura con sus propios procedimientos, que se afirma contra la exigencia de novedad temática. Esa negativa le otorga eficacia a una posición estilística percibida como alternativa clásica el propio título gravita alrededor de la permanencia a la cultura del ornamento en el terreno de la plástica. 

Después de Ezeiza (2024), donde ya estaban presentes muchos de sus motivos, Cima parece haber alcanzado muy rápido una economía de medios que la historia del arte asocia a la madurez. En esta muestra no hay casi nada que exceda su repertorio. Mesas, sillas de respaldo curvo, guardarropas, interiores vacíos, bibelots algo exhaustos pasan a segundo plano frente a una superficie trabajada con reciedumbre que se concentra en efectos texturales y variaciones mínimas de la relación entre figuras y fondos. El efecto de consistencia nace de esa firmeza. Y la posibilidad de leerla como ejercicio de una sobriedad frente a la disponibilidad contemporánea de imágenes y efectos opera socialmente como una suerte de confirmación moral. A eso se suma el consuelo de una estabilidad tonal obtenida mediante la renuncia a cualquier énfasis: Cima no dramatiza ni busca volver expresivo cada elemento del cuadro. Incluso la insistencia gestual queda separada de cualquier forma reconocible de expresionismo. 

Los objetos son centrales en esa operación. La mesa pide una reunión que nunca ocurre; las sillas parecen esperar cuerpos desasidos de la institución familiar; el guardarropas sugiere una rutina de idas y llegadas que no sucede: una continuidad rota. Un centro de mesa está sobrecargado con la responsabilidad de sostener una idea gastada de ceremonia. Hay una fragilidad ridícula concentrada en ese objeto. Con ella se pinta la falla del ornamento, el momento en que deja de producir mundo; con el resto de la domesticidad representada aparece, en cambio, un régimen autoritario venido a menos. Baudrillard hablaba de la gravedad del mobiliario patriarcal en el sistema de los objetos burgueses: acá sobreviven restos degradados de ese mundo. Cima pinta una cultura material que sigue ahí aun cuando no logra reconciliarse con las formas de experiencia que debían habitarla. No se trata exactamente de nostalgia. Más bien de una melancolía ligada a la persistencia de ciertas formas de respetabilidad, decoro o refinamiento cuando se retiraron las condiciones sociales que les daban sentido.

Toda la exposición parece enviada deliberadamente a otra temporalidad. Los marcos entelados refuerzan esa impresión, como si citaran una convención tomada de una galería de la calle Arroyo varias décadas atrás. Pero el gesto no funciona como intertextualidad irónica ni mucho menos como restauración nostálgica. Es un efecto de la confianza de Cima en la pintura como horizonte absoluto de legibilidad para su trabajo y, por lo tanto, en la relación problemática con la historia de la pintura como espacio de pensamiento. En esa apertura, la ruina no es representada, sino alojada como fuerza interna que trabaja la obra con una gramática de la disminución. Los colores oxidados, la austeridad de unos interiores convertidos en intemperie y la obstinación involuntaria de los objetos organizan un mundo donde las cosas sobreviven a la experiencia que debían ordenar. Ahí aparece, finalmente, la singularidad de esta pintura: volver forma la inadecuación histórica. 

Carlos Cima, Sombra permanente, texto de Roberto Amigo, Constitución galería, Buenos Aires, 21 de marzo – 16 de mayo de 2026.

21 May, 2026
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