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En Solenoide, una de sus novelas más festejadas, Mircea Cărtărescu coló una escueta historia de ácaros: vagando por una Bucarest demencial, el protagonista se encuentra con un científico que lo reduce a artrópodo y lo libra a una vida en lo imperceptible. El personaje coexiste con otros parásitos, yace con incontables hembras, se convierte en líder de su comunidad, profesa mundos posibles según otras unidades de medida, se vuelve un Cristo de los ácaros y es sacrificado —devorado, en realidad— por sus congéneres apenas unos segundos antes de retomar la dimensión humana y seguir por el nuevo andarivel que la novela arbitrariamente le propone.
Se puede decir mucho sobre la obra de Cărtărescu —están quienes creen que le cambió la faz a la literatura europea y están quienes discurren que a lo sumo la abultó—, pero no se puede negar que su ambición dista de alinearse con la del promedio de sus pares. La anécdota de los ácaros podría haber sido insumo para una novelita de las que hoy abundan, una trama solvente que le habría dado a su autor un puesto cómodo en el organigrama de la sci-fi planetaria, pero el rumano eligió sepultarla bajo toneladas de melancolía barroca y revisionismo postsoviético. La ampulosidad es, a fin de cuentas, un albedrío al que Cărtărescu suscribe incluso cuando no le conviene, más aún en estas épocas de lisura y homogeneización.
Y quizás ese déficit —en estrictos términos de mercado— haya instigado la salida de Los conocedores, colección de tres relatos que participan del universo de Cegador, trilogía enmarañada con la que Cărtărescu grabó su huella como prosista. Que los relatos “participan” de determinado universo narrativo es, de todas maneras, un ardid que no podemos dejar impune: los tres son extractos directos del conjunto de novelas, porciones más o menos concisas cuyo origen la contratapa del libro difumina con elegancia y algún descaro para maquillar el refrito.
Perteneciente a El ala izquierda, “Los Badislav” es el cuento más ortodoxo en cuanto a su sentido de unidad. Un clan huye a través de la nieve, acosado por una horda de familiares muertos. Cărtărescu procesa tropos del cine industrial, les da un lustre pictórico —la descripción enlaza imágenes afines a los mil y un episodios que componen cuadros como El triunfo de la Muerte y El Jardín de las Delicias— y prestigia con adjetivación intensa lo que es, al fin y al cabo, una bomba de dopamina acaballada entre la lisergia, el terror y la aventura, zona de intersección donde también hay lugar para los raptos de belleza. Algo habitual en un maestro de la escenificación indeleble: las mariposas gigantes bajo el hielo de un lago congelado difícilmente sean olvidadas por un lector de imaginación sensible.
“El circo” y “La boda”, fragmentos extirpados de El cuerpo y El ala derecha, segundo y tercer volumen de la trilogía, son bastante más porosos, y no solo por su parentesco visible con el organismo del que se desprenden. Ambos aspiran al infinito a través del despliegue espectacular —una función, una ceremonia— y en ambos se conjugan un líder incognoscible —el Hombre Serpiente, el Albino—, un joven receptáculo —el niño Mircea, el príncipe Witold— y los consabidos juegos de transmutación que van del gusano a su versión alada, de la genitalidad a la concepción, de la vacancia al cosmos. Cărtărescu libera prosa como una araña secreta hilo, y en ese regurgitar todo sustrato es válido. El hinduismo, la entomología, la carnalidad con propensión a la metafísica, los recuerdos de infancia y la vigilancia paraestatal, entre varios otros elementos así de dispares, se sedimentan en capas. Si en definitiva todo es carbono, si todo está hecho de lo mismo, que nos molestemos en reparar en los porqués recónditos de la mixtura tal vez sea la empresa menos relevante.
¿Quiénes son, en definitiva, los conocedores de Los conocedores? Hacia el interior del libro, una secta difusa: “una madre indefinida, colectiva, decidida a traer a su hijo al mundo a cualquier precio, porque solo así podía el hijo, a su vez, entre suplicios extáticos, con una alegría atroz, alumbrar a su madre”. Hacia el exterior, quizás, por qué no, los propios lectores de Cărtărescu, ya acostumbrados a hallar filones en medio del palabrerío botánico y ahora enfrentados, de pronto y con repitencia, al filón solo, limpio de espesura, reducido en exuberancia.
Mircea Cărtărescu, Los conocedores. Tres relatos de Cegador, traducción de Marian Ochoa de Eribe, Impedimenta, 2025, 188 págs.
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