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Hoppers

Daniel Chong

CINE y TV

Nosotros, los devotos de los castores, llevamos un siglo esperando nuestro momento Disney. Es inexplicable que la compañía haya llevado a la pantalla grande a animales tan poco atractivos como ratas y ranas, o tan exóticos (para un público estadounidense) como elefantes y leones, cuando justo bajo sus narices tenían a una especie que parece hecha a la medida de la fantasía pequeño burguesa: trabajadores incesantes, padres devotos, parejas fieles, pacíficos y adorables.

Nuestra espera ha terminado, y valía la pena esperar, porque no nos toca el Disney de Mickey Mouse o Dumbo, con sus dibujos exagerados y caricaturescos, sino Pixar, cuyos animadores saben destilar la esencia de cada gesto y cuyos guionistas prefieren los dilemas complejos a los cuentos de hadas de sus antecesores. El tema de Hoppers es el lugar del ser humano entre los otros seres vivos, y durante setenta minutos nos presenta una historia que combina humor, originalidad, belleza y complejidad moral. Y luego siguen otros treinta minutos más.

La película se centra en una castora que no lo es. Mabel es una chica punk, de emociones fuertes y acciones precipitadas. Solo conoce la tranquilidad frente a una laguna repleta de pájaros, peces y, sobre todo, castores (no por nada su pueblo se llama Beavertown, pueblo de castores). Cuando el alcalde Jerry, con la lógica impecable del colonizador, desaloja la laguna para poder construir una autopista sobre “tierra vacía”, Mabel se lanza a la lucha. En una secuencia vertiginosa que aprovecha todos los tropos de una película de terror, un castor huye de la laguna a la Universidad de Beavertown, y de allí, por pasillos oscuros, a un laboratorio subterráneo. Los ecos de Frankenstein son intencionales, e intencionalmente subvertidos: aquí la jefa del equipo científico es una profesora bondadosa que solo quiere usar la tecnología para observar (hay una secuencia graciosísima de sus fallidos intentos anteriores). Pero a Mabel, sin embargo, no le basta con observar; decide que para entender por qué los animales se han ido de la laguna, tiene que ser uno de ellos. Sin pensarlo dos veces, se pone un yelmo que la conecta a un castor de peluche, oprime un botón y su conciencia hops (salta) de ella al animalito. Y uno de los grandes hallazgos de la película es la forma en que los animadores consiguen que Mabel, aun convertida en castora, siga siendo Mabel. Detrás de esa cara y ese cuerpo nuevos, reconocemos sus gestos y su manera de moverse por el mundo. En la escena más conmovedora de la película, otro castor, George, le enseña a nadar. Al principio, intenta hacerlo como Mabel, trabajando demasiado, hablando, tragando agua y ahogándose; George le enseña a usar su cola y su cuerpo de castor, para dejar de esforzarse y poder flotar.

Otro recurso inspirado es que, cuando miramos con los ojos de Mabel-castora, los otros animales también se vuelven individuos, y entendemos su habla. En cambio, cuando la perspectiva cambia a la de los otros seres humanos, los animales se vuelven genéricos y emiten sus sonidos característicos, incomprensibles para nosotros. El efecto muestra los límites de la mirada, la empatía humana y, para el espectador que lo quiera reconocer, nuestra complicidad como público: necesitamos un castor humano para que nos importe su laguna.

La película es admirable en su insistencia de no caer en oposiciones simplistas entre una naturaleza utópica y una “civilización” nefasta. La vida de Mabel como castora casi termina al comenzar, porque apenas llega al hogar de los animales exiliados, un oso la elige para su merienda. Cuando ella protesta porque no quiere ser comida, la llevan al “rey” George para que le explique “las reglas de la laguna”: “Cuando hay que comer, hay que comer” y “Estamos todos juntos en eso”. Mabel (todavía colgando de la boca del oso) le señala la incompatibilidad entre las dos, pero George asume la contradicción como necesaria. En su visión del mundo, las reglas “tienen que servir a todos —peces, osos, castores, seres humanos—”. Mabel objeta que los seres humanos no se creen parte de ese “todo” y no respetan las reglas, pero George está convencido de que “en sus corazones, sí lo creen”. Hasta el alcalde Jerry, le explica, actúa desde la ignorancia y no desde la maldad. Y allí está la cuestión, no solo de la película sino del ecologismo en el siglo XXI: ¿hasta qué punto pueden la empatía, la educación o el diálogo reconciliar a los seres humanos y el resto del planeta? ¿Estamos en eso juntos con todos o tenemos que privilegiar a nuestra especie? ¿Y cómo distinguimos entre la violencia necesaria (“hay que comer”) o accidental (Mabel, sin querer, aplasta a la reina de los insectos), y la violencia que obliga una respuesta también violenta?

Allí radica el núcleo de la película: un Jerry humanizado; las necesidades de una ciudad creciente; un oso con hambre; un rey pacifista de un pueblo refugiado; una reina muerta y su hijo (la oruga Titus) en duelo. Sentimos empatía por todos, pero ¿entonces? No debe sorprendernos que los directores no sepan resolver el conflicto, ya que es el conflicto mismo del Antropoceno. Pero como tienen que encontrar un fin para la película, deciden volver a lo conocido, a las fórmulas del viejo Disney. Con un ritmo frenético e incoherente, Titus se vuelve un monstruo, se apropia de la tecnología “hopping”, entra en el cuerpo de Jerry. A esta altura, hay que dejar de prestar atención a la trama y simplemente apreciar la belleza de la batalla apocalíptica final: fuego versus agua, el incendio producido por la tecnología frente al diluvio producido por un dique deshecho por los castores. Mi recomendación para disfrutar de Hoppers es que el espectador, al llegar al minuto 77, apague el sonido de la película y lo sustituya por una grabación de castores verdaderos.

 

Hoppers (Estados Unidos, 2026), guion de Jesse Andrews, dirección de Daniel Chong, 105 minutos.

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