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Las palabras y las cosas. A propósito de Retour, de Jorge Macchi

DISCUSIÓN

Un guante negro de látex tirado sobre una vereda recóndita de la ciudad de Buenos Aires es la fotografía que eligió Jorge Macchi para difundir su exposición Retour. Lo perturbador de la imagen es que exhibe la huella de una mano ausente. Tal vez sea un guiño a la famosa escena en que, abandonado en una isla que cree desierta, Robinson Crusoe encuentra la huella de un pie sobre la arena. La huella en tanto índice (el signo como indicio, síntoma) es el eje de esta propuesta expositiva. Sumido en la quietud y dado vuelta como una araña sin vida, el guante que Macchi encuentra está acompañado por otros elementos igualmente inquietantes que componen su bestiario de objetos abandonados.

Enigmáticos y descolocados como piezas sueltas de un rompecabezas, estos objets trouvés van, sin embargo, configurando una imagen distorsionada de la ciudad que se completa con una serie de dieciocho obras basadas en escritos, tomándolos como instrucciones para la creación de nuevos objetos, piezas sonoras, esculturas, mapas y análisis grafológicos. Por ejemplo, con el sobre de un DVD que deja ver la lista de películas que contiene, Macchi compone un mural con retazos de los afiches; con las instrucciones para ensamblar un juguete, exhibe un nuevo juguete ensamblado; con un papel tirado entre adoquines, probablemente por un carpintero que había apuntado las medidas de un bajo mesada, encarga una versión de ese mueble.

Cabe suponer por lo tanto que hay hoy en la ciudad dos muebles gemelos escindidos, que coexisten en el orden de las cosas sin encontrarse jamás, como si habitaran en dos mundos paralelos. Algo similar a lo que ocurre en la novela El náufrago, cuando César Aira retoma aquella fantasía especular esbozada en Robinson Crusoe. Allí el náufrago se encuentra de pronto con un pie en la playa. Con el transcurrir de los días aparece un ojo, una oreja, un dedo, un órgano interno; pedazos que desaparecen en pocas horas. Como esos fragmentos que arroja el mar sobre la arena son similares a los suyos, el náufrago imagina que no pueden ser más que partes de un doble suyo que debe estar construyéndose en algún lugar de la isla.

La existencia de un doble, un Doppelgänger, cuestiona en la obra de Macchi la unicidad de los acontecimientos. La puesta en evidencia de la semejanza entre dos elementos en apariencia contrarios persigue este fin, tal como ocurre sobre la pared en la que reúne duplas de objetos e imágenes encontradas. Una carta de un mazo al lado de una pieza de dominó, una fotografía de una paloma muerta al lado de otra de una mariposa, un escrito en la pared y un colchón grafiteado, una muñeca rota junto a la imagen de una “muñeca” en la etiqueta de una marca de lencería producen un encuentro inquietante.

Imaginemos que un vidrio se rompe en pedazos. ¿Cuáles son las posibilidades de que otro vidrio de idénticas dimensiones se rompa en pedazos similares y que estos, a su vez, se ubiquen de la misma manera que aquel otro? ¿Puede el caos engendrar una estructura capaz de replicarse a sí misma? Tal vez exista un orden secreto detrás del desorden de lo real que somos incapaces de entender. Esta es la exploración que Macchi hace en Vidas paralelas (1998), dos láminas de vidrio rotas que son exactamente iguales. La ilusión óptica interroga el acto escópico per se. Es decir, expone la construcción de la realidad como ficción. Algunos años más tarde, otro golpe cae sobre otra plancha de vidrio, esta vez tendida sobre un mapa. El azar despierta nuevamente una estructura: las grietas del vidrio señalan itinerarios posibles por la ciudad. Así se origina Buenos Aires Tour (2004), un proyecto realizado junto con Edgardo Rudnitzky y María Negroni que proponía una guía alternativa de Buenos Aires y que hoy se lee como precuela de la nueva muestra. Retour, sin embargo, lleva a cabo el proceso inverso: el mapa no es el punto de partida sino el de llegada, que se va conformando con la búsqueda. De hecho, en este nuevo proyecto también participa Edgardo Rudnitzky con un picture disc en vinilo impreso con un mapa del barrio donde tuvieron lugar las búsquedas. Como un laberinto en cuyo centro se encuentra el monstruo, el agujero central del vinilo coincide precisamente con la ubicación del estudio de Macchi en el mapa.

Con dedicada obstinación, durante los últimos años Macchi fue recogiendo aquello que personas desconocidas, tal vez sin querer o por desidia, dejaron atrás en los alrededores de su estudio en Villa Crespo. Su recolección azarosa reúne papeles que se exhiben en dos grandes vitrinas en medio de la sala del Museo Sívori: listas de compras, cartas de amor, diagramas y anotaciones de la partida de algún juego ignoto. Cual voyeurista de la intimidad ajena es posible detenerse en fragmentos en los que se lee “lejos de dios”, “vanesa come milanesa”, “23x36x2”, “jorge sabe del pedido” y “papanoel quiero un regalo”. Aquí las palabras manuscritas quedan desprovistas de su contexto de enunciación, su sentido verdadero. Lo mismo ocurre con los restos de juguetes, una bolsa de agua caliente, un cierre, un clavo retorcido, una cáscara de huevo, el envoltorio de un antiguo casete. Objetos funcionales que se volvieron inútiles y fueron descartados en la calle son arrancados de sus entornos habituales y colocados en un museo.

El resultado, “bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de escribir sobre una mesa de disección”, nos incita a preguntarnos qué tipo de lógica o de civilización es capaz de aunar elementos tan disímiles, como ocurre en “El idioma analítico de John Wilkins”. Allí Borges refiere a una enciclopedia china que clasifica a los animales en categorías estrambóticas para hablar del ordenamiento del mundo como el bosquejo rudimentario de un dios infantil que lo abandonó a medio hacer. “La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo”, escribe Borges, “no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que estos son provisorios”.

La clasificación delirante de la enciclopedia china imaginada por Borges inspira Las palabras y las cosas, según confiesa Michel Foucault en las primeras líneas del prefacio. En el asombro de aquella taxonomía, lo que se percibe en la rareza de aquel bestiario de la imaginación son los límites de nuestras propias clasificaciones. Los intersticios en blanco que permiten separar los seres y los objetos, así como la extravagancia de los encuentros insólitos. “La monstruosidad que Borges hace circular por su enumeración consiste, por el contrario, en que el espacio común del encuentro se halla él mismo en ruinas. Lo imposible no es la vecindad de las cosas, es el sitio mismo en el que podrían ser vecinas”, escribe Foucault y se pregunta en qué lugar podrían encontrarse, dónde podrían yuxtaponerse a no ser en el no-lugar del lenguaje.

La instalación que Jorge Macchi compone visualmente en las paredes del Sívori, mediante una clasificación de imágenes, papeles y objetos en apariencia caprichosa, opera como ese lugar imposible del encuentro. Sin estridencias y con procedimientos en apariencia simples, su obra se erige contra el “grado cero” de las palabras y las cosas, dando vuelta las palabras como un guante, para confrontarlas con lo que podría ser su doble matérico. Al seleccionar, aislar y reagrupar elementos concretos en un orden imaginario, deja al descubierto las operaciones según las cuales miramos nuestra realidad y así les hace perder su transparencia inicial. Rompe el vidrio de la percepción y desnuda los modos de ver mediante una arqueología urbana del presente que se abre paso ante la creciente atrofia de la experiencia contemporánea. Su aventura artística va en esta serie más allá de la huella, ya que persigue el rastro. Una huella seguida por otra, y otra y otra arman un recorrido. Un tour. Y la repetición especular, desdoblada, un retour.

 

Jorge Macchi, Retour, Museo Sívori, Buenos Aires, 28 de mayo – 9 de agosto de 2026.

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