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¿Cuántas veces fantaseamos con que, en una casa en el medio campo, donde hay búhos, árboles y colinas, podríamos, finalmente, escribir esa obra maestra? Dementia, la ópera de Oscar Strasnoy recientemente estrenada en el Teatro Colón, parte de esta promesa. En el escenario, una casa con una pareja de unos veinticinco años que acaba de mudarse. Ella, escritora, él, su traductor, sacan libros de una caja, los ordenan en la biblioteca, se sientan en un sillón, miran por la ventana, acomodan el resto de sus cosas. Todo transcurre sin sobresaltos, hasta que un tercer personaje, la “mucama joven”, empieza a ir y venir, muy lentamente, del living a la cocina. A veces, los observa, otras, sigue caminando como si no existieran. Desde que suena la primera nota, un clima de tensión sostenida e hipnótica —seguido de cerca por el libreto de Ariana Harwicz— envuelve la promesa de inspiración que el retiro en esa casa de campo que funciona como residencia para artistas traía para el personaje de la escritora. “¡Hay búhos!”, le dice el marido, que espera ansioso su texto —“¡dame texto!” —, así él puede traducir. Pero, más que “una obra maestra”, lo que se escribe en el transcurso de esta ópera es el enredo de una mente atormentada con sus propios deseos, fantasías, fantasmas y realizaciones fallidas. En efecto, a esta pareja de escritora y traductor la visitarán sus propias versiones con veinticinco y cincuenta años más. La música de Strasnoy nos enseña que quizás no importe tanto si ella termina la novela que tiene que escribir, ni esclarecer qué pasó con la mucama que rondaba la casa en el primer cuadro. La trama no es resolver un enigma ni terminar una tarea, sino el espesor temporal en que todo eso podría suceder. La música crea una manera de narrar y, por lo tanto, una manera de ordenar el tiempo. Y también de habitar su desorden. No suprime la narración. Le da un potencial nuevo, por fuera o más allá de toda acción sucesiva. Porque si a primera vista Dementia parece una ópera sobre el paso del tiempo, la madurez, los años, más tarde muestra algo muy diferente: un antes y un después que coexisten. No tanto el desarrollo de una vida, su avance progresivo, sus logros o fracasos, su más o menos lenta decadencia, sino también la presentación directa del tiempo, donde la secuencia se vuelve simultánea.
¿Quién puede narrar algo así? Una conjunción que solo puede ocurrir en una ópera, entre libreto y música. Esa atmósfera, ese espesor —como los múltiples frentes y niveles que tiene la escenografía— en el que las tres parejas (o la misma en diferentes momentos de su vida) conviven, se va tejiendo en el despliegue orquestal, siempre en diálogo y también en disyunción con lo que vemos en el escenario y dicen los personajes. Un comentario (¿qué está pasando?), una intriga (¿qué pasó?), una inminencia (¿qué está por pasar?). Porque la orquesta, a su modo, también narra.
En toda ópera, podríamos decir, hay al menos dos narradores: el del libreto y el de la orquesta. Un libretista debe saber que siempre corre el riesgo de que otra voz ocupe el lugar de su propia voz. O que, al menos, la comente, interrogue, desarrolle o ponga en tensión. Esa voz vicaria es propia de la ópera. No solo por lo que pasa entre palabra y música, también por lo que pasa entre cuerpo y voz. Lo cierto es que la ópera, ese narrador bicéfalo, viene a erosionar ciertas creencias y valoraciones de las palabras cuando circulan como literatura (y que el personaje de la escritora encarna en Dementia): la individualidad del escritor, la singularidad irreductible de los textos, el sentido unívoco, la sagrada originalidad. Eso que el traductor le disputa: que él, cuando traduce, también escribe. Ópera y traducción recuerdan que, como dice Borges, “el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”.
Ahora bien, la orquesta, como narrador, logra lo que la palabra, atada a la diacronía, no puede. Cuenta muchas cosas a la vez. En esta ópera, la variedad de estilos no es solo una demostración del virtuosismo del compositor, es una poética que está elaborando una cuestión sustancial: la locura y el tiempo tienen muchas facetas. Así como del choque entre dos placas tectónicas se crearon cordilleras, del encuentro entre diferentes estilos emerge toda la potencia narrativa de la música de Strasnoy. Su puntillismo musical hace que podamos escuchar cada nota por sí sola, como un pequeño punto de color y, a la vez, oír la trama mayor que integra y va tejiendo. Lo mismo sucede con solos de instrumentos que se recortan constantemente de la orquesta, pero sin despegarse del todo ni ocupar un lugar protagónico en desmedro del resto, como si el tejido orquestal fuera un fondo que se vuelve figura o una figura que se vuelve fondo, en mutación infinita.
Dementia no conmueve, o sí, pero no de la misma manera en que lo hace cualquiera de las arias de óperas de repertorio que nos sabemos de memoria y a las que asistimos en las temporadas líricas año a año. No conmueve, atrapa. No emociona, inquieta. Como la escritora y su traductor, estamos sumidos en algo en apariencia común y corriente, pero en lo que se juega nuestro futuro. Nuestra consagración y nuestro fracaso. Quizás, lo trágico —y también, lo cómico— es que, para los personajes de Dementia, conocer sus versiones fracasadas (o consagradas, es lo mismo) no cambiará sus acciones, los hará llegar a la conclusión de que su destino ya está escrito, o bien, que ya está mal traducido. “Somos malas traducciones” cantan hacia el final. ¿Y qué otra cosa podríamos ser? ¿Qué otra cosa podríamos hacer?
Toda ópera contemporánea, toda nueva ópera, se inserta, quiérase o no, en una serie que tiene más de cuatro siglos. La discusión que la escritora tiene con su marido y traductor, la vieja disyuntiva de si traducir es escribir, se proyecta sobre la pregunta por la ópera en el siglo XXI. ¿Qué hacemos con la ópera hoy? ¿Parodia u homenaje? ¿Mueca o reverencia? ¿Profanar o venerar? ¿Crear o copiar? ¿Interrumpir o continuar? ¿Inventar o traducir? ¿Literalidad o perífrasis? No por nada la mala traducción ha sido una manera que hemos encontrado de resolver varias cuestiones. La tragedia (o comedia) de la mala traducción es, para la literatura argentina, una potencia. Desde sus comienzos ha puesto a funcionar en la traducción errada –que también es la copia fallida, la cita mal atribuida, la enciclopedia falsificada– una potencia del arte. Por ejemplo, la cita apócrifa en francés de la primera página del Facundo de Sarmiento que Piglia lee como puesta en escena de una profanación a la cultura europea, una estética del robo que motoriza la escritura. O el mismo Pierre Menard, un personaje escritor que repite letra por letra un texto ajeno. O Leónidas Lamborghini y sus reescrituras… Si un escritor es aquel que puede leer (y escribir) un texto como por primera vez, un compositor de óperas es alguien que puede escuchar un texto como si fuera una partitura. Aun más, que puede escuchar el texto fundacional de la literatura argentina, leído y repetido hasta el cansancio o aprendido de memoria para un acto escolar, como por primera vez.
En una ópera de 2010, Strasnoy ya demostró que con su escritura musical puede reescribir los acentos del verso hernandiano, esa cadencia grabada a fuego en nuestra voz desde que en la escuela nos obligaron a aprender de memoria el comienzo del Martín Fierro. Si en Cachafaz Copi hacía un uso satírico y revulsivo de la gauchesca, de parodia irreverente, Strasnoy traslada ese gesto a la musicalidad del verso que, en su ópera Cachafaz, hace que suene de otra manera, con una acentuación redistribuida.
Con Dementia, Strasnoy reafirma lo que ya había demostrado en Cachafaz: que sabe muy bien qué hacer con la ópera en el siglo XXI, y por qué es esta forma del arte la que mejor puede orientarnos en nuestra contemporaneidad. Narradores bicéfalos, espesor del tiempo, remusicalización de los acentos de un verso, malas traducciones, relación y disyunción entre lo que vemos y lo que escuchamos, entre las palabras y la música. Dementia quizás nos haya dejado alguna pista de cómo escuchar y narrar el presente. Cómo encontrar un relato donde parece no haberlo, un relato enloquecido, quizás el único posible en nuestro tiempo.
Dementia, ópera en tres cuadros y un epílogo con música de Oscar Strasnoy, libreto de Ariana Harwicz, dirección escénica de Mariano Pensotti, escenografía y vestuario de Mariana Tirantte, Teatro Colón, Buenos Aires, 31 de mayo, 2, 4 y 6 de junio de 2026.
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