Inicio » LITERATURA ARGENTINA » Malas lenguas

Malas lenguas

Alan Pauls

LITERATURA ARGENTINA

Si, como dice Brian Dillon (citando a Emerson), “toda frase fue alguna vez un animal”, Malas lenguas, la reciente novela de Alan Pauls, es el caldo de cultivo de una fauna desquiciada, capaz de reptar, correr, nadar y volar. Provistos de inquietantes mecanismos de camuflaje y apareamiento, los especímenes que la pueblan se entrelazan, se devoran, se atacan y se diseminan de forma descontrolada en todas direcciones. 

La cosa empieza donde termina: con la presencia de una ausencia, con una huella, una marca, algo que estuvo y ya no está, con una herida, una estocada. Alguien, un sujeto cuyo género desconocemos (no hay en todo el texto un solo indicio certero de si se trata de un hombre, una mujer o un hermafrodita: podríamos decir, entonces, que se trata de un degenerado), advierte una ausencia, la de su joven ex amante, en las páginas de un libro de extensión monumental que recapitula, con “exhaustividad diabólica”, la vida de otro. Lo diabólico reside precisamente ahí, en que se trata de la vida de otro, de alguien cuya importancia en la vida privada de quien narra es nula. Lo que quiere, lo que busca desesperadamente, esa persona, rastrillando las páginas del libro, es lo que no está. ¿Qué prueba entonces que el amado existió? ¿Cómo saber qué fue verdad, qué fue mentira, si no queda testimonio, ni archivo, que dé cuenta de que el amor que se perdió fue real? Quedan, tan solo, la memoria y algunos objetos que, para cualquier otro, no serían más que basura, residuos, asquerosidades, pero que, para quien los conserva como única prueba de amor, se convierten en fetiches invalorables. La relación amorosa que entabla el sujeto que ama con el amado en Malas lenguas se encadena a la sucesión de relaciones patológicas y enfermizas que son algo así como una marca personal en la literatura de Pauls, en especial las que se despliegan en El pasado (2003) y en La mitad fantasma (2020). 

Si hay una trama en esta novela, es imposible de seguir sin perder el hilo, sin desorientarse y terminar entregados al mareo delicioso en el que inevitablemente caemos cuando nos dejamos, simplemente, sacudir por la fuerza de su lenguaje. Porque por encima, en la superficie, está la escritura, y es esa escritura al bies, torcida, desviada, que pareciera no tener costuras, o costillas (las frases serpentean, invertebradas, anfibias), lo que nos captura. Nos atrapa pero al mismo tiempo nos expulsa, como un cerco electrificado. Giros, frases, adjetivos y, sobre todo, nombres colisionan y proliferan en un big bang de significantes que dan origen a un universo hecho de pura ficción, en un tiempo disincrónico donde se toma rapé y hay flat whites, se envían misivas por correo y se escucha música en rockolas. Todo lo que existe —títulos de libros, películas, calles, directores de cine, escritores, edificios, canciones, prendas de vestir, drogas, medicamentos— es inventado y gira alrededor de los libros. Pero —y he aquí el rulo que no deja de enrularse— es un mundo libresco que se afinca (dentro de la ficción) en hechos reales, en historias de vida de gente que realmente existe, en eso que la tendencia a encasillar ligada exclusivamente a necesidades comerciales da en llamar “no ficción”. Sus personajes son escritores de biografías, investigadores, cronistas, periodistas, ensayistas y transitan por bibliotecas, archivos, congresos, redacciones, universidades, instituciones, pero también por burdeles, clínicas psiquiátricas, centros de veraneo, donde tienen lugar las orgías que despliegan el lado b de la promiscuidad de todo reducto o mundillo donde las maledicencias, los secretos a voces, las rivalidades son moneda corriente. Hay fluidos, perversiones, sodomización, posiciones extrañas. Acidez e ironía. Y una provocación: la de incitarnos a nosotros, los lectores, a descifrar las claves encriptadas que distribuidas en el texto revelarían una verdad oculta. Por momentos estamos en La recherche de Proust, en Las relaciones peligrosas de Laclos, en el paraíso de Sarduy, en el balneario de Thomas Mann, en El jardín de las delicias del Bosco, en una fiesta de artistas ochenteros en el instituto Di Tella, en un baile de locas de Copi. Y esta convivencia, que puede abrumar porque, por dios, esas frases, ¿cómo es posible escribir así sin extenuarse, de qué fuente inagotable de figuras retóricas se nutren los dedos de este escritor para tipear (suponemos que tipea, o lo ha dicho en alguna entrevista) una frase deslumbrante detrás de otra? Esta convivencia, decíamos, incluye también un goce que se hace palpable gracias a la descabellada potencia de libertad que late en todo el texto. En tiempos de esa prosa administrativa que tanto la voz que narra como el autor de Malas lenguas dicen detestar, esta puesta en práctica de la imaginación, esta capacidad para inventar y provocar risas, esta voluntad de explorar, de ensayar, incluso de fallar (de nuevo, mejor) es un gesto emancipatorio y una declaración de independencia. 

 

Alan Pauls, Malas lenguas, Random House, 2026, 320 págs.

2 Jul, 2026
  • 0

    Artpress, una narración propia

    Ezequiel Alemian

    Manuel Quaranta
    16 Jul

    En el relato inaugural de Artpress, una narración propia, Ezequiel Alemian cuenta su relación con la revista de arte francesa, con la que se topa en un...

  • 0

    El efecto peculiar

    María Lobo

    Mercedes Alonso
    16 Jul

    En la película Moebius, de Gustavo Mosquera, se repite la frase “vivimos en un mundo donde ya nadie escucha”. La premisa de la historia,...

  • 0

    La vida privada

    Valeria Tentoni

    Valeria Mussio
    9 Jul

    Si podemos imaginar cierto tipo de vida como una línea recta y gris, el libro indicado, trascendental por accidente, puede generar un impacto enorme, un giro de...

  • Send this to friend