Inicio » LITERATURA IBEROAMERICANA » El paisaje es un grito

El paisaje es un grito

Eduardo Ruiz Sosa

LITERATURA IBEROAMERICANA

“El mundo ya no existe”, dice uno de los personajes de El paisaje es un grito, la tercera novela del escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa. Deportado del Otro Lado, el Baldor regresa a los pueblos mineros devastados del desierto sonorense y de la Sierra Madre llevando en el auto el cuerpo del Genízaro, cuya muerte o agonía la novela se niega a resolver. Los migrantes que lo acompañan se extravían en un laberinto de pueblos fantasma con nombres prestados de otros mundos: Belfast, Praga, París, Providence o el Dublín de arriba y el Dublín de abajo, un Nuevo Mundo donde los dobles se duplican infinitamente.

Los pueblos mineros del Origen son zonas de sacrificio en el sentido más literal del término. El padre del Genízaro murió por el plomo inhalado en una mina llamada, cruelmente, El Padre; de esos trabajadores no quedó, escribe Ruiz Sosa, más que “un polvo de cuerpo mineral, un dios mineral muerto”. La frase evoca el Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta; sin embargo, mientras que el dios mineral de Cuesta es alquímico, el de Ruiz Sosa es el capitalismo extractivo convertido en una deidad depredadora. Las mineras canadienses, los derrames de acuíferos, los hundimientos del suelo, la proliferación de maquiladoras que absorben vidas y enferman cuerpos: todo apunta a una violencia que se acumula lentamente, que contamina el agua y el cerebro, que erosiona el espacio hasta volverlo irreconocible.

El paisaje es un grito retoma y complica el mito de la catábasis que Yuri Herrera inscribió en la tradición de la narrativa fronteriza con Señales que precederán al fin del mundo. Mientras que la protagonista de esa novela desciende al inframundo en nueve etapas que reproducen el Mictlán náhuatl para buscar a su hermano perdido, en Ruiz Sosa la catábasis es un retorno: los personajes vuelven al Origen y encuentran un paisaje que ya es inframundo, vaciado y contaminado por décadas de violencia extractiva y narco.

Por sus páginas desfilan los yaquis bombardeados por el gobierno mexicano, los braceros reclutados para trabajar en campos agrícolas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, los migrantes que cruzan túneles y a quienes por eso llaman “enterrados”, y los que obtuvieron la ciudadanía estadounidense a precio de morir en Corea, Vietnam e Iraq. La palabra grito designa a la vez el alarido desde el inframundo y el acto fundacional de la nación mexicana.

Como en los demás textos de Ruiz Sosa, la prosa se fragmenta en poesía, voces superpuestas y corchetes que interrumpen el flujo de las oraciones; ciertos párrafos prescinden de sangría y otros desplazan sus líneas hacia la derecha, reproduciendo el tiempo suspendido de los migrantes deportados. Para capturar la incompletitud del presente y los pedazos sueltos de esos cuerpos destruidos por actores estatales, paraestatales y corporativos, la novela adopta una estética del collage. Los títulos de los capítulos se extraen de La Celestina; el cuarto incorpora pasajes de El entenado de Juan José Saer; el octavo es un collage de citas y libros subrayados por uno de los personajes.

Ruiz Sosa practica lo que Cristina Rivera Garza llama escritura geológica: una composición que no parte de una tierra virgen (imagen propia del extractivismo), sino que trabaja con otras voces y acumula sedimentos textuales como capas de un territorio en disputa. Ya desde el paratexto, el libro incluye un mapa desplegable de Sinaloa: una carta geoquímica del Servicio Geológico Mexicano intervenida con citas hasta volverse un jeroglífico, una acumulación de ruinas textuales sobre las ruinas del territorio.

Si en Mientras agonizo cada miembro de la procesión fúnebre narra desde una voz inconfundible, aquí el lector tiene que descifrar quién habla, quién está muerto y quién vivo, dónde termina el documento y dónde empieza la invención. Lo que Ruiz Sosa pone en el mundo es la forma de lo que ya no tiene forma: el grito de lo que no puede hablar.

 

Eduardo Ruiz Sosa, El paisaje es un grito, Candaya, 2026, 398 págs.

9 Jul, 2026
  • 0

    Un telegrama al futuro

    Elvira Hernández

    Eduardo Savino
    25 Jun

    El poema que cierra la antología Un telegrama al futuro podría ser, en otro universo, el que la abriera. Es una declaración de principios, una poética, un...

  • 0

    El sonido del rugido de la onza

    Micheliny Verunschk

    Nicolás Barbosa
    11 Jun

    Como su título lo indica, El sonido del rugido de la onza es la historia del sonido de un sonido. Escrita originalmente en portugués, la novela relata...

  • 0

    Los hijos de Goni

    Quya Reyna

    Mariano Vespa
    14 May

    En otro tiempo, en un taller, María Moreno asociaba la escritura de crónicas con la disposición de estar frente a una feria: atención, espacio para la sorpresa,...

  • Send this to friend