Principio, medio, fin
En otro tiempo, en un taller, María Moreno asociaba la escritura de crónicas con la disposición de estar frente a una feria: atención, espacio para la sorpresa, ensueño, alerta. Es posible que hoy, impulsada por la Fundación Nuevo Periodismo, la crónica se asocie solo con el reporteo de “temas” vendibles, mucho más que el gesto de escritura en sí. Hay otro tipo de crónica de la que en la Argentina, quién sabe por qué, hay pocas referencias hoy, que tiene que ver con las viñetas urbanas, cotidianas, que asumen la complejidad de la observación del día a día, por más nimio que pueda parecer.
Los hijos de Goni, primer libro de Quya Reyna (El Alto, 1995), inaugura el sello Cerro Amarillo, que propone un catálogo de no ficción latinoamericano y es un proyecto de Alejandro Bidegaray (de la librería y editorial Musaraña). No es casual, entonces, la conexión: el libro fue originalmente publicado por un librero boliviano inquieto, Alexis Argüello, en su proyecto Sobras Selectas, que da a conocer voces noveles. Las diez piezas que conforman el volumen de Reyna atestiguan que estamos frente a una escritura magnética, como un objeto de feria que nos invita al tacto.
Hay un hilo o pregunta vital que intenta darles costura a las crónicas: ¿cómo pertenecer en la supervivencia? Aquella que da título al libro habla de la reivindicación de los valores que, aun en situaciones de emergencia, no hay que traicionar. “Hijo de Goni” es un insulto que deriva del apodo del ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, un “Tío Tom” que gobernaba Bolivia a principios de los dos mil, dispuesto a entregar el gas (o el país) a Estados Unidos, hasta que renunció y escapó en un clima represivo. La familia de la narradora Mari, en ese entonces niña, traza una demarcación de honradez en esa puteada: “no somos eso”.
Los caracteres de la identidad andina también resuenan a lo largo del crecimiento de la protagonista, que narra en primera persona un recorrido por la comunidad, su familia, también su propia interioridad. Lo andino, sugiere, tiene aspectos visibles, recurrentes, que también pueden ser enredados. “El Huicho” cuenta un personaje que asciende en la escala social vertiginosamente y se ocupa de exhibirlo, en cholets, mientras genera envidia alrededor, porque la clave es siempre mirar al otro. No hay una estetización de la pobreza, mucho menos una forma de traducir la vivencia en una condena; sí hay una reivindicación del ingenio, que adopta distintas facetas. “Un fiambre” cuenta cómo la niña asiste a una celebración en la escuela —Apthapi en aymara— donde se comparten alimentos y ella encanuta buenas porciones para que coman en casa. A veces la creatividad ondea los límites. El pulso de la vida en El Alto lo da el mercadeo, la intensidad de la calle, que impone sus códigos, una ética del desborde, fundamentalmente en la feria 16 de Julio, de una belleza monstruosa. Mari trabaja de pequeña y nota las diferencias cuando viaja a La Paz, que evidencia otra estética, otros prejuicios. Una escena de “La ciudad” lo atestigua: mientras acompaña a su padre a trabajar en una casa como carpintero, la hija del dueño la invita a jugar pero no le quiere prestar los juguetes porque tiene las manos “sucias”, aunque en realidad así es su color de piel. Entonces, es en la feria donde encuentra su lugar y crece, pese a que es expulsada por una chola que le moja su mercadería —revistas—, hasta que logra tener un espacio propio. El arte del khamaneo, las técnicas de vender con éxito, impone sus tretas, desde el pregón hasta la amabilidad, donde el dinero es todo menos tabú.
El libro presenta los desafíos que supone criarse sola en una jungla, hacerse ver en el entorno y buscar el propio lugar. Hay ecos de los niños solitarios de películas como las de Leonardo Favio o Carlos Hugo Christensen, jóvenes pillos a la fuerza pero que no dejan de lado la inocencia. Reyna muestra el oficio del pulso periodístico en narraciones que fluyen y respiran espíritu urbano, algunas con cierres circulares, otras más expansivas. Lo más potente es cuando roza la ficción: en “Perro gris”, con su ambigüedad sórdida, la frontera entre lo vivido y lo imaginado se vuelve porosa, y allí se percibe que la ficción puede ser, para ella, un terreno de exploración y despliegue.
Quya Reyna, Los hijos de Goni, Cerro Amarillo, 2025, 144 págs.
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