El Partido
La última palabra, la última frase, el último escritor. ¿Qué tienen en común —más allá de lo obvio— estas premisas de un final para la literatura? Cuando Pierre Klossowski comenzó a pintar sus figuras gigantes en lápiz cargadas de sugerencias lascivas, lo primero que se pensó es que su mundo erótico mudaba de formato. En realidad, Klossowski hizo algo más que eso: decretó el fin de un imaginario, la desaparición de una forma, el inicio de otra. Al ser el último escritor de ese mundo de simulacros y poses, pasó a ser el primero cuando dejó de escribir. El malentendido radicó en creer justamente que ese final era otra cosa: ahora, al dejar de escribir, se volvió pintor. Y no, lo escrito, lo no vuelto a escribir, sigue escribiéndose en la pintura, es decir, en su final. Ese final, en realidad, es un comienzo, es la escritura última de otro comienzo de la escritura. Se es entonces el último escritor porque la desaparición de la literatura, de la escritura, de otros escritores o de toda una época, hace de este el primero. Pero también, se es lo que se es por convencimiento, por prepotencia egotista. Con ese gesto, el último escritor establece ni más ni menos que la medida de rendimiento de aquello que desaparece: él mismo a cada palabra, desaparición que no es más que la persistencia de su figura. Algo de eso leemos en este ensayo secreto de César Aira, gema perdida, joya rara, recuperada acaso en lo trivial de lo claro.
El último escritor se publicó por primera vez en la revista cordobesa El Banquete, en el año 1997. En las sucesivas ediciones de ensayos de Aira, el olvido de su autor respecto su existencia ofició de trama para que, nuevamente en Córdoba, ahora en la editorial Rendimiento Decreciente, se reedite acaso como la figura faltante en los anteriores compendios. Quienes sabíamos de este escrito lo nombrábamos y éramos acusados de falsarios. Al citarlo, la injuria era todavía mayor. Oficiábamos por cierto de plagiar un estilo que, en algunas manías, imitábamos, pero ni remotamente podríamos haberlo hecho estando a la altura de los argumentos más que originales que leemos en Aira. Actualmente la importancia de este ensayo gira en torno no solo de la palabra “último”, que, por supuesto, leemos de forma literal, sino también, de la propuesta de una poética de la singularización del escritor. Por ejemplo: “La muerte de un escritor es la válvula, el pasaje en un solo sentido, irreversible, por el que transcurre la literatura. La catástrofe cósmica que es la muerte de Lezama Lima clausura para siempre el presente en el que se realizaba”. Aira entiende entonces que el deseo de escritura no tiene otra orientación más que la forma de lo último, forma que un escritor experimenta ya sea a través de la muerte o del convencimiento vital de “clausurar definitivamente el pasado volviéndose él mismo el último escritor”.
Lo asombroso del pensamiento de Aira es que, ante los presagios del fin de la literatura, una manía vieja y machacona subida al fin de la Historia, él prefiera la elegancia de estilo. “De lo que se trata es de vivir la literatura, en el presente, como un hecho del pasado; me refiero al sentido de la literatura, a su núcleo central, del que irradia todo lo demás”. ¿Y cuál es ese núcleo central? Tal vez una suerte de felicidad al escribir, una libertad lo suficientemente injusta como para ser arbitraria y enfrentar el problema de la Historia como el malentendido que es. Sin miedo al desdén, Aira es auténtico y se vuelve el último escritor cuando dice: “Esto puede parecer un predicamento muy personal, y lo es, pero si la literatura es, como creo, (o era) la generalización de las singularidades, entonces esta situación en que me encuentro es la de todos los escritores, de todas las épocas”.
César Aira, El último escritor, Rendimiento Decreciente, 2026, 24 págs.
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