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Nada en la vitalidad de la prosa de Cynthia Ozick permite columbrar la edad que consigna su biografía. Mientras el calendario sigue sumándole años, cada una de sus páginas se empeña en desmentirlos. Da la impresión de que el tiempo hubiera renunciado a imponer sus prerrogativas, ya que, lejos de apaciguarse, de ceder al sosiego de la edad, la escritura de Ozick mantiene intactos la curiosidad indómita y el brío verbal que la han distinguido desde sus comienzos. Núbil nonagenaria, pues, en 2021, a sus noventa y dos años, firmó la que hasta el momento (nunca se sabe) es su última novela.
Antigüedades asume la forma de las memorias de Lloyd Wilkinson Petrie, un abogado jubilado y ex alumno de la ya desaparecida Academia Temple, en Nueva Inglaterra, institución otrora prestigiosa y que, en 1949 —año en que comienza la novela—, ha sido reconvertida en residencia para los escasos integrantes de su envejecido consejo directivo. El proyecto de reunir un volumen de evocaciones consagrado a la historia de Temple impulsa a Petrie a internarse en los pliegues de su propia memoria, hasta pescar el recuerdo de Ben-Zion Elefantin, un compañero judío cuya inteligencia precoz y maneras singulares hicieron tambalear los presupuestos mediante los cuales había aprendido a otear el mundo. Sus memorias son, en buena medida, una excusa tardía para descifrar una experiencia que nunca llegó a comprender del todo.
De figura enjuta, ensortijada cabellera pelirroja y temprana devoción por Shakespeare y Dickens, Elefantin posee, además de un nombre insólito, la palidez de un fantasma. Judío marginado incluso por sus correligionarios, se mantiene al margen de las frivolidades de sus compañeros y prefiere refugiarse en la lectura o en el ajedrez, única afinidad que lo aproxima al narrador. Pese a su antisemitismo más o menos solapado, Petrie se va abriendo sin resquebrajarse a la historia de este muchacho extraño, que afirma descender de una antigua comunidad judía asentada en el siglo V a. C. en la isla de Elefantina, sobre el Nilo, en la frontera sur de Egipto, durante el dominio persa. No hace falta conocer los pormenores de esa historia para advertir que se trata de una comunidad apartada de la corriente principal del judaísmo, cuyo legado persistió al margen de su relato canónico. “Nosotros, los Elefantinos, nos atenemos a nuestras propias verdades”, dice Ben-Zion.
Como en buena parte de su obra, a Ozick le interesan menos los arcanos del pasado que las sucesivas relecturas que lo mantienen vivo, indefectiblemente moldeadas por el olvido y las licencias de la imaginación. En la estela del gólem de Los papeles de Puttermesser y el espectro de Bruno Schulz en El mesías de Estocolmo, Elefantin pertenece a esa estirpe de entidades fantásticas de cualidades redentoras que, en tanto encarnaciones del acervo histórico judío, irrumpen en el presente para advertir sobre los estragos de la desmemoria. Es el reverso del temor de Petrie a “que la memoria sea capaz de fabricar, igual que los sueños, lo que la mera consciencia no puede”.
A pesar de “un cierto halo de intención moral” —para usar una expresión de la propia autora en el ensayo “Innovación y redención: qué significa la literatura”—, eso que puede encontrarse “no estrictamente en la sustancia de la ficción misma, sino en la forma del envoltorio casi incandescente que la rodea”, Antigüedades no es una novela solemne. El contrapunto lo ofrece el presente de Petrie, los achaques del cuerpo, sus distracciones, la guerra silenciosa con sus pares que lima la barrera entre ayer y hoy. Por eso convendría desconfiar de una lectura presurosa que encuadrara Antigüedades como una fábula sobre la tolerancia. A fin de cuentas, la manera en que empalma la historia con el mito termina por urdir un relato de fantasmas: “vivimos como apariciones, con temor a la burla. Y yo, Ben-Zion Elefantin, soy una aparición más”.
Heredera díscola de Henry James (“El embeleso y el homenaje no son el camino. La influencia es la perdición”, dijo acerca de su maestro), Ozick domina el arte del indicio y la omisión, de la reticencia y el sobreentendido; el arte, en definitiva, de la ambigüedad. ¿Y si la persona más extraordinaria que Petrie conoció no fuera sino una creación de la imaginación de un niño solitario? ¿Y si su condición judía no fuera sino una provocación frente al antisemitismo complaciente de Petrie y una vía de entrada a ese otro mundo que su padre había vislumbrado para él? Ozick, claro, evita las respuestas. Como dice el propio Petrie: “aquí no hay nada que pueda tomarse al pie de la letra, ¿cómo podría haberlo? No recuerdo nada. Lo recuerdo todo. Me lo creo todo. No me creo nada”.
Puede ser que la voracidad que ondulaba las frases de sus libros anteriores se haya acompasado al ritmo de las mermas y vacilaciones de su personaje; pero su prosa está lejos de envejecer. En una novela donde la herencia adopta formas imprevisibles, también Ozick transmite la suya. El estilo tardío, sugiere, es lo que tarda en llegar.
Cynthia Ozick, Antigüedades, traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, Alpha Decay, 2025, 112 págs.
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