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“Estamos viviendo el inicio de una revolución tecnológica. Las corporaciones globales libran una guerra feroz para explotar el poder de la Inteligencia Artificial a través de productos inimaginables. Una nueva realidad ha nacido”. Estas son las líneas con que abre Futuro desierto, en un gesto que las creaciones de ciencia ficción suelen utilizar para plantear ese contexto futurista en el que se desarrollará su idea matriz. Sin embargo, aquí se nos presenta una situación que se asemeja más al presente que a un futuro que fue atravesado por una disrupción histórica. ¿Estamos ya en ese futuro o, al menos, a sus puertas?
La serie comienza con una presentación: el lanzamiento de lo que la empresa Fuzhipin llama la “nueva especie humana”, el ANBI (Agente No Biológico Inteligente). De ahí, directo a un caso en el que se está implementando: una pareja que perdió recientemente a su hija recibe una ANBI idéntica a la niña para afrontar el duelo, como parte de las pruebas preliminares de los prototipos de la empresa. Están frente al dilema más complejo de este tipo de tecnología: el valle inquietante, ese momento en el que los humanos nos enfrentamos a la incomodidad y el rechazo a eso que se parece tanto a nosotros y, al mismo tiempo, nos resulta ajeno, incluso terrorífico. El objetivo de la empresa es reducir al mínimo posible esta etapa. La pregunta lógica es: ¿a qué costo?
Álex, el protagonista, es quien está a cargo de algunas de estas pruebas en Chiapas, México. Él también fue parte del experimento en el pasado: durante una larga lucha contra el cáncer, su mujer, la creadora de gran parte de la tecnología usada por Fuzhipin, utilizó una ANBI, María, como sustituta materna, cargándole su voz y personalidad, para que acompañara a su esposo y sus dos hijos una vez que ella no estuviera. En el presente, María ya es parte de la familia.
Otros casos se van sumando. Un grupo de geólogos recibe un prototipo especializado en montañismo que reemplaza en las expediciones a uno de sus integrantes fallecido. Una ANBI configurada para asistir a las monjas en un convento es rechazada por tener cargada la religión como parte de sus rasgos de personalidad y termina en una deriva sin rumbo. Una cadena de hoteles contrata agentes para aumentar la productividad y abaratar costos, con las fricciones que esto genera entre los trabajadores. Los ANBIs están por todos lados.
La serie traza, a lo largo de sus seis capítulos, una línea de intriga en relación con la posibilidad de los ANBIs de alcanzar la singularidad, ese momento en el que las máquinas equipararían su inteligencia a la de los humanos y, desde ahí, la superarían exponencialmente a una velocidad imposible de calcular. Se trata del gran terror por el cual las máquinas no poseen la potestad de autoprogramarse. Aunque algo siempre puede fallar en un mundo orientado por la urgencia del capital, las empresas tecnológicas y la industria militar.
Pero la serie no se centra en esta intriga ni deriva en una tangente de acción, sino que se detiene a cada paso en el drama. El drama de lo humano atravesado por la tecnología, como ha sabido hacer esa ciencia ficción que no se deja encandilar por los neones ni se ensimisma con las invenciones técnicas. La historia, entonces, hace foco en los vínculos, la importancia de la empatía, las relaciones con un otro, extranjero, distinto; las complejidades de la maternidad y la paternidad; las distintas formas de afrontar el duelo; el conflicto social que deviene ante una disrupción tecnológica y, en el fondo, la pregunta por lo humano. ¿Qué nos hace humanos? ¿Qué nos diferencia de nuestra propia creación? Sin duda, la obra se inscribe en un espectro de la ciencia ficción más cercano a películas como Her (Spike Jonze, 2013) o After Yang (Kogonada, 2021) que a AI Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001) o Blade Runner (Ridley Scott, 1982), por nombrar solo algunas que de una u otra manera podrían dialogar temáticamente con la serie de Lucía Puenzo.
Interesante apuesta por el género en Latinoamérica, la producción fue pensada originalmente para ser filmada en la Patagonia argentina y, después de varias idas y vueltas, decantó en México de la mano de Netflix. Una mirada humana a un dilema propio de la ciencia ficción: la creación de los primeros homotécnitos. Una nueva especie. En sus propias palabras: “Nosotros, los ANBIs, somos hijos de ustedes […] Somos el desarrollo máximo de aquello que hizo ser a los humanos lo que son hoy. Somos parte de ustedes. Somos parte de lo humano. Y por eso queremos ser libres”.
Futuro desierto (México, 2026), guion de Lucía Puenzo, Leonel D’Agostino y César Sodero, dirección de Lucía Puenzo y Nicolás Puenzo, Netflix, 6 episodios.
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