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De pronto, cuando aceptamos que el periodismo cultural y la industria del libro ya ni siquiera pueden cultivar la agonía mediante alguna que otra consoladora tradición, nos recuerdan que para eso están los aniversarios de muertes célebres y, sobre todo, la de Borges. El nombre convoca porque además hay ya un Borges del siglo XXI, seguramente equívoco, uno que imaginan quienes sugieren que anticipó cosas como internet, el mundo en red, los videojuegos o los espacios liminales. Lo que sea que se espere que diga validará, se supone, algún esnobismo vigente. Aun así, hay preguntas que valía la pena hacerle antes y no está mal actualizar.
Si tomáramos de manera literal el título de este libro del politólogo Nicolás Freibrun, deberíamos probablemente retirarnos antes de comenzar: Borges y “la política” a secas no conviven en el mismo plano y su literatura no tiene ninguna prestación declarable en ese ámbito. La elección del título aquí, como casi siempre, es una potestad editorial, recurre a la tópica cláusula que une dos sustantivos semánticamente cargados y, en este caso, al varias veces utilizado “Borges y…”, que remite a los códigos del libro de divulgación. No escandaliza el recurso si recordamos con Piglia que el propio escritor cultivó los manuales de divulgación como lector y utilizó él mismo, por momentos, un “estilo de divulgador”. Más allá del título, sin embargo, Freibrun se ocupa de aclarar oportunamente que su lectura buscó en verdad desviarse, en un corpus de textos borgeanos, desde “la política” hacia “lo político”. Parece haber un intento por responder aquí a un espacio relativamente vacío en las lecturas serias sobre Borges, no por nunca nombrado, sino porque habitualmente se lo ha resuelto con un estereotipo que encarnó con facilidad en el escritor conservador y antiperonista y no mucho más.
Afortunadamente, el análisis descarta los lugares comunes acerca de Borges cultivados hace décadas por la izquierda nacional, condicionados hasta el hartazgo por aquella faceta antiperonista o antipolítica aristocratizante. El libro sí mantiene como trasfondo y punto de partida, sin embargo, la incomodidad de la cultura progresista frente a la identificación de la figura pública del escritor argentino más emblemático con las posiciones reaccionarias (identificación que, entre otras cosas, dice el mito urbano, lo habría privado de un merecido Nobel). Aun así, Freibrun desestima de cuajo cualquiera de las múltiples manifestaciones y entrevistas en medios gráficos o audiovisuales donde se edificó —proyectada sobre todo por el mismo Borges— aquella figura de escritor conservador, y se desplaza a la literatura para afirmar que, si Borges “hizo política”, fue a través de la ficción. Para ello, divide su lectura en cuatro conceptos con cierto eco en la filosofía política: orden, individuo, historia y simulacro. El primer eje retoma visiblemente una lectura ya hecha por Beatriz Sarlo, quien encontraba que en la literatura de Borges el orden aparecía como horizonte de respuesta a un momento histórico de entreguerras cargado de incertidumbre global y local. Vinculado a ello, Freibrun retoma la polémica del escritor contra el nacionalismo cultural, cuyos mojones basculaban entre la propaganda del Centenario y la prédica de Lugones. El último de los ejes conceptuales del análisis, el simulacro, conecta esta querella con un nacionalismo ya definitivamente desplazado desde la cultura hacia la política y se detiene en el más conocido efecto que el peronismo despertó en Borges. Freibrun retoma aquí los textos “El simulacro”, de 1960, y “L’Illusion comique”, de 1955. El primero es aquel relato breve en El hacedor donde Perón es una mascarada y Evita es una muñeca rubia en un altar casero. El segundo es el escrito quizá más explícitamente político de Borges, donde en tono de denuncia y de relato policial aborda la experiencia política peronista como trágica farsa pública o ficción escénica consentida, fraguada para ocultar una trama tiránica y criminal.
Detenerse en especial en textos escritos por el autor en esos años posperonistas y en plena Guerra Fría plantea el riesgo de encontrar un Borges, por decirlo así, políticamente transparente y procíclico, mucho menos interesante que otros Borges. Quizá habría que sumar este último problema a todo aquello que se impone por la periodización del abordaje de Freibrun, concentrado en lo que vino después de los años treinta. No es sin embargo reprochable este recorte, porque responde al recorrido canónico alimentado por el propio Borges en su representación como escritor, para difuminar así etapas anteriores que famosamente no lo satisfacían, entre otras cosas quizá por lo que de él podían sugerir políticamente. Primero, y justo antes de aquella década, el período en que, recordaba Piglia, Borges se definía como “enciclopédico y montonero”, sus años yrigoyenistas. No mucho antes, la influencia anarquista de Macedonio Fernández y, por fin y bien atrás, el casi oculto joven bolchevique y ultraísta que escribiera unos desconocidos “salmos rojos”, la secreta fundación mítica de un inédito Borges político que acaso ningún aniversario recordará.
Nicolás Freibrun, Borges y la política. Un desafío para el peronismo, la izquierda y la derecha, Siglo Veintiuno Editores, 2026, 160 págs.
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