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Existen dos tipos de libros “sobre autor”. Los primeros emplean el nombre propio como excusa para decir cosas que nada tienen que ver con el aludido; los segundos, nietos renegados del siglo XVIII, sobrevuelan con rigor una vida irreconocible. Al primero pertenecen el Evaristo Carriego de Borges y Mi Pushkin de Marina Tsvietáieva. A los segundos, el moroso Kafka de Reiner Stach y Vida de Samuel Johnson de Boswell. El Busqued de Sebastián Maturano hace un poco de ambos, sin decantarse por ninguno. He allí su gracia. Desde el inicio, se deja en claro que no interesa a la investigación el “oráculo Busqued” del progresismo argentino ni el mote de “maldito” adjudicado por círculos mediáticos, sino el muchacho hosco y de lenguaje chabacano que encontró, en su asfixiante infancia chaqueña, refugio en la lectura de Kafka y Bukowski, en películas de Cronenberg, en revistas underground, en pornografía barata y en el grindcore.
Una de las tesis más interesantes del libro sostiene que, a contrapelo de la mitificación délfica, Busqued fue, más bien, un atento lector de la Argentina posdictadura. Su raigambre marcial, nunca negada, sí resentida (“sentís haber estado del lado de los malos”), sumada a su afición por los aviones, la Segunda Guerra Mundial y el pensamiento conspiranoide de derecha, configuraron a Busqued como un lector asertivo ante la debacle del siglo XXI argentino, en donde los sectores más rancios de la así llamada “derecha nacional” regresaron hasta alcanzar el gobierno del país. Carlitos no pudo más que gritar, reírse y atender a este carnaval de la blasfemia vuelto en forma de peluca, meme y conferencia. “Soy el profeta de lo que ya ha ocurrido”, reza uno de sus tuits.
El plato fuerte del libro se sirve del trasfondo político —preciso, pero sutil— que las dos obras de Busqued emanan. Maturano advierte los lazos entre familia y Estado, “instituciones rotas, opresivas”, que palpitan en Bajo este sol tremendo. Los servicios de inteligencia de la dictadura, los secuestros exprés y la violencia como medio para el dinero eran (son) moneda corriente aun después de la primavera alfonsinista. En Magnetizado, el narrador cede la palabra al incalculable asesino de taxistas Ricardo Melogno que, preso de delirios místicos, generó terror y paranoia entre diversos sectores en 1982, espejo de la decadencia y delirio de Galtieri y sus congéneres.
En Busqued, la dimensión política es a la vez estética, lo que decanta en una ética que el mismo autor, pese a sus intereses “extravagantes” para cierto progresismo ilustrado, nunca dejó de señalar: “Me caen muy bien de manera distante, digamos, siempre voto a la izquierda”. Maturano no se contenta con el cariz político; indaga, también, en los procedimientos formales: el montaje, la reducción, el lenguaje seco “de militar de clase obrera”. No parte de presupuestos teóricos a fin de entablar una dialéctica, consulta todo el material declarativo, a fin de usar las propias palabras del sujeto para definirlo. “Me gustan las historias interesantes, así estén mal escritas. Me gusta el escritor que desaparece, que no molesta, que no mariconea pidiendo atención”, dice Carlitos para La Voz del Interior. Aproximación verosímil a la poética busquediana: el principio de no aburrir (“como lector ese es mi derecho”), de algún modo, se emparenta al folletín; como escritor —al igual que Flaubert—, Busqued afirma que el narrador debe ser “como Dios en la obra: presente en todas partes, visible en ninguna”. Maturano, “detective privado a sueldo de sí mismo”, corre tras las huellas que Busqued (meticuloso armador de aviones a escala) dejó, a través de revistas olvidadas, blogs intervenidos, sin ánimos de esconderse, consciente de su operación, a fin de registrar una marca personal, lista para ingresar en ese quilombo de cabaret que podemos llamar Literatura Argentina.
“Arma mutante”, la obra bicéfala busquediana pasa de la novela a la “máquina autista”, de la columna al blog, de Twitter a YouTube. Tras el Busqued mediático, Maturano —que señala hilos sin cortarlos— deja emerger al tímido, humano, demasiado humano Carlos, que declara cosas como: “Yo creo, ahora viene el mensaje jipi, creo que con un poco de amor se podría evitar el fascismo”. Más que acumular nombres y fechas, más que una excusa para las propias indagaciones, el libro es un descenso minucioso, para quien desee adentrarse, hacia el mundo de dolor que Busqued escribió. Para quienes seguimos su literatura desde hace años, el libro es un regalo, un poco de aire fresco entre tanto new weird y autoficción sin fronteras.
Sebastián Maturano, Carlos Busqued, un mundo de dolor, Mansalva, 2026, 170 págs.
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