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Es difícil protagonizar un relato de formación, ese viejo Bildungsroman trasladado al cine, cuando el mundo parece todo el tiempo estar a punto de extinguirse, o al menos cuando no parece haber correspondencia entre atravesar una primera y una segunda juventud, entrar en la adultez y hacerlo en medio del evidente otoño de la humanidad. Una parte del cine reciente ha vuelto a imaginar el apocalipsis como un regreso a un pasado casi medieval, como ocurre en The Dog Stars, la más reciente película de Ridley Scott. En Erupcja, en cambio, se trata de algo más modesto que un fin del mundo, un acontecimiento que incluso parece vivirse —como la mayoría de los acontecimientos globales, aun los más calamitosos de nuestros días— como una simple impertinencia. El monte Etna, en la costa siciliana, entra en erupción y altera el tráfico aéreo europeo.
La erupción encuentra a una pareja británica, Bethany (Charli XCX) y Rob (Will Madden), de viaje en Varsovia. Él busca el momento indicado para pedirle matrimonio; ella quiere salir de fiesta y, sobre todo, reencontrarse con Nel (Lena Góra), una antigua amiga polaca con quien años atrás compartió una temporada inolvidable de Erasmus. Bethany regresa a Varsovia por quinta vez y desde muy temprano se entiende que Rob no compite tanto con otra persona como con cierta versión anterior de su novia, una vida más ligera y excitable que ella parece creer todavía recuperable en esa ciudad. La estrella planetaria es aquí una británica común, agradablemente desmaquillada durante buena parte de la película. Pete Ohs reduce al mínimo todo aquello que podría convertir la presencia de Charli XCX en acontecimiento, aunque conserva algo más difícil de borrar: esa cualidad de criatura nocturna, festiva y un poco melancólica, que su figura pública arrastra consigo y que bien le sienta a Bethany.
A pesar de la escasa ambigüedad de ciertas situaciones dramáticas y de los roles que ocupan los personajes, sobre todo en una película tan apoyada en lo vincular, pronto se entiende que el drama romántico es apenas un género de base, una sustancia temática vertida en un sistema formal que, sin ser experimental, resulta refrescante, coqueto y muy metafórico. Hay más versos recitados, baladas polacas e imágenes fijas de erupciones que tacto o cariño físico. También un derroche de estilismo desparpajado, como si Ohs acabara de descubrir los filtros, los fundidos monocromáticos o el distanciamiento brechtiano de una voz extradiegética que, cuando no redunda con gracia en lo que ya vemos, acota pensamientos raros de las protagonistas, intenciones o sueños, y a veces resume diálogos que la barrera entre el polaco y el inglés habría entorpecido.
El filósofo alemán Peter Sloterdijk propone que la modernización, al terminar de cartografiar el globo, acabó también con una forma de la aventura. Desde que desapareció la posibilidad de viajar hacia lo desconocido y no regresar, casi todo desplazamiento contiene de antemano la vuelta. La contingencia ya no consiste en perderse para siempre, sino en que un vuelo se retrase, se cancele y nos obligue a pasar una noche más en una ciudad donde, en principio, ya no teníamos nada que hacer. Algo de esa sensación, por demás mediocre y desangelada, atraviesa los devenires turísticos de Erupcja. Los personajes circulan por Varsovia y la cámara los sigue por calles, bares, parques y departamentos, casi como si inventara escenas sobre la marcha, siempre cuidadosa de no convertir a los transeúntes en parte del relato. Tampoco ellos parecen afectados por las cenizas del volcán siciliano.
¿Se hace a la fuerza romántica la capital de Polonia que, como dice Bethany, a diferencia de París no carga con ninguna expectativa de romanticismo? A lo mejor eso es lo que busca Ohs, arañar algún sentimiento o percepto auténtico, ya no tanto de Varsovia como de una época cuya percepción parece estragada y cuyas experiencias, incluso las de una catástrofe natural, llegan de antemano mediadas y organizadas.
“Con él la tierra no tiembla y los volcanes no entran en erupción”, le dice Bethany a Nel cuando habla de Rob, que está a punto de pedirle matrimonio. El lirismo de ese diálogo, la identificación inmediata entre el amor y las fuerzas naturales, solo consigue no chirriar de cursilería porque, en efecto, hay cenizas volcánicas que han retrasado los vuelos y la han dejado varada en Varsovia. Tampoco sería la primera vez. Desde que Bethany y Nel se conocen, cada uno de sus reencuentros ha coincidido con la erupción de algún volcán en alguna parte del planeta.
Rob, menos dispuesto a aceptar semejante mitología privada, comprueba más tarde con una simple búsqueda en internet que en el mundo entra en erupción algún volcán casi todas las semanas. Su pequeña impugnación estadística contiene buena parte del programa de la película. Frente a un mundo cada vez más explicado, cartografiado y previsible, Bethany y Nel necesitan creer que algo exterior responde todavía a lo que les ocurre, que el planeta conserva la capacidad de estremecerse con ellas. Por eso la fiesta interminable y las erupciones volcánicas desplazan con inteligencia a los besos. El deseo puede permanecer suspendido mientras el paisaje se encargue de materializarlo.
En sus modestos y sólidos setenta y un minutos, Erupcja intenta merecer ese desborde sentimental, la erupción, el flechazo, aquello que un buen día interrumpe el tedio y vuelve excepcional una vida ordinaria. Pero también deja abierta una posibilidad menos espectacular y quizás más adulta: que no haga falta ninguna contingencia cósmica para que bajo el amor cotidiano siga corriendo lava.
Erupcja (Estados Unidos/Polonia, 2025), guion de Pete Ohs, Charli XCX, Lena Góra, Jeremy O. Harris y Will Madden, dirección de Pete Ohs, 71 minutos, disponible en MUBI.
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