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En este bellísimo libro en prosa, escrito bajo la voz narrativa y poética de Catulo, el poeta latino autor de epigramas, Elvira Orphée revive y pone a andar todo un mundo. Es la Roma de César, culta, refinada, atravesada por intrigas políticas. La Roma en que dejaban huella los discursos de Cicerón. Y en que floreció una renovación del epigrama de mano de los “poetas nuevos”. Uno de los más destacados fue Cayo Valerio Catulo. El epigrama es una forma breve, muy dúctil; puede estar orientado tanto al tema amoroso, como a la vida y personajes de la urbe romana, o al ataque y mofa de algunos de sus ciudadanos. Busca un lenguaje directo, insultante o soez por momentos, pero también refinado, tanto por su forma como por el trabajo con las imágenes, y el juego con los sentidos por medio de las frases dobles, la ironía, los desvíos. A través de una extensa cantidad de estos poemas, Catulo nos dejó una impresión animada y vívida de la Roma que fue contemporánea a su juventud.
Elvira Orphée, por medio de un evidente trabajo documental preciso y profundo, la revive en nuestra lengua. No solo incorpora algunos poemas del latino, sino que encuentra el punto exacto de su estilo en el fraseo, y la variedad de sentimientos y pensamientos puestos en juego.
Catulo dirigió varios poemas a una amada a la que llama Lesbia. Esta Lesbia fue identificada con Clodia Metelli, una mujer refinada de la familia patricia de los Claudii Pulchri, hermana del infame Publio Clodio Pulcro y esposa del cónsul Quinto Cecilio Metelo Céler. La relación amorosa se presenta en diferentes etapas: el entusiasmo inicial, las dudas (Clodia era superior a Catulo por origen y fortuna, era casada y le llevaba varios años), los celos, el frenesí amoroso, la separación y la pérdida. Clodia tuvo otros amantes: de los poemas de Catulo se pueden deducir no menos de cinco: Egnacio (poema 37), Gelio (poema 91), Quincio (poema 82), Rufo (poema 77) y Lesbio (poema 79). También existen interrogantes en torno a la misteriosa muerte de su esposo en el 59 a. C., muerto por envenenamiento.
De estos vaivenes del amor, del gran rival imaginado en Julio César (a quien Catulo conoció brevemente en la casa paterna), pero también de temas políticos, de veraneos, de comida, de casas, habla el libro. No juzga, tampoco toma partido: la voz autoral por detrás de la voz narrativa acompaña el trayecto de una vida amorosa, con sus vaivenes, sus momentos sublimes y sus momentos de caída.
La voz de Catulo (es el narrador en primera persona) como observador privilegiado (provinciano, culto, con ambiciones literarias) da un punto de vista lleno de matices. No es el menos interesante el que cuenta los pormenores eróticos de la relación. Orphée hace de Clodia una mujer muy atractiva, experta en las artes amatorias, también enamorada al principio, que inicia a su joven amante en el secreto de los placeres y el cuerpo femenino. Y el Catulo poeta, joven y enamorado, se hace eco de ellos. Desarma así una visión patriarcal sobre el sexo: “De nuevo empezaron nuestros cuerpos a anudarse de todas las maneras, y volvimos a quedar lado a lado, pero opuestos, con las bocas a la altura de los sexos. Tomó el mío con sus labios, suavemente; y yo la pequeña punta del suyo. Siempre besándome, hablaba: ‘Tu proporción es la perfecta. No me gusta el dolor. Gigantesco, me harías doler’”.
Y sobre el amor: “Clodia me maldice sin cesar y sobre mí no calla nunca. Que yo muera si ella no me ama. ¿La prueba? Que hago lo mismo: la cubro de imprecaciones continuas, pero que yo muera si no la amo”.
Construye la imagen maravillosa de un personaje masculino deseoso y apasionado, lúcido y curioso, que, partícipe del centro vivo de la cultura romana, lega unos versos memorables, con plena conciencia de hacerlo. Narra también como al pasar, en pasajes bellísimos, mitos, costumbres, celebraciones, sin alardes de erudición, pero sin condescendencia hacia el lector: hace acordar por momentos a Yourcenar, en esa mezcla entre la historia y la vida, la reflexión y la sensación, lo novelesco y lo poético.
Elvira Orphée nació en 1922 y murió en 2018. El libro permaneció inédito hasta esta edición, aunque fue finalista de un concurso de La sonrisa vertical, una colección de narrativa erótica de la editorial Tusquets, a mediados de los ochenta.
Es un lujo de la literatura argentina: muestra, una vez más, que hay una línea deslumbrante de textos escritos por mujeres con voces propias, inclasificables, corridas de los centros del canon, que interpelan al lector con una densidad y una potencia únicas.
Elvira Orphée, Amada Lesbia, Sur y Después, 2026, 256 págs.
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