Relatos reunidos
Ubicarse en el plano de las distopías, de la ciencia ficción, del género apocalíptico, parece traer ciertas exigencias inevitables: el exceso de explicaciones, los efectos especiales, el drama visual, las superproducciones. Su ausencia es lo primero que llama la atención de Los nadadores, la ópera prima de Sol Iglesias SK que ella misma protagoniza junto con Valentina D’Emilio, la productora del filme. Aunque desde la primera escena se nos plantea el escenario (trescientos sesenta y ocho días de verano, hace tres que no se pone el sol, en una Buenos Aires abandonada a su suerte), en ningún momento se nos explican las razones ni de lo que está sucediendo en el mundo, ni de las particularidades de los cuatro protagonistas: jóvenes amigos que se quedan, sin razón, mientras innumerables vuelos sin regreso parten de la ciudad. La película, como sus personajes, es indiferente ante la información que debería darnos, en un gesto de cortesía con el espectador, a quien el cine actual subestima cada vez más. Los personajes no tienen origen, ni evolucionan: uno de ellos, Maqueta (Tobías Reizes), tiene un brazo enyesado desde el inicio, pero no sabemos lo que le sucedió, y a la mitad de la película se esfuma sin motivo, y sus compañeros lo permiten sin afanarse, sin drama.
No hay conflictos, o los conflictos son mínimos. Para escapar del calor, buscan refugio en piletas de las casas abandonadas, pero no hay dificultad para pasar de una a otra. No se busca al amigo desaparecido; si alguno se mete en problemas, los demás huyen. Aparentemente no hay agua para beber, o hay muy poca, pero eso no problematiza a los personajes: el único afán es calmar el calor, no la sed, llegar a la siguiente pileta (que puede estar sucia, con otras personas, vacía —ya la llenarán a baldazos de agua—, no importa). La historia parece leve o incluso superficial, como las relaciones entre los personajes (diálogos forzados, actuaciones a medio camino): los amigos aparecen y desaparecen, como en el juego de Marco Polo en el que dejan solo a Rubio (Joaquín Fretes), el buscador, mientras los demás se van a dormir sin mayor explicación.
Los nadadores no se juega en el desarrollo sino en la experiencia cinematográfica misma. En primer lugar, hay una fascinación por las texturas de la piel, el agua, el barro, las plantas. En el recuerdo no nos queda una historia precisa, sino, por ejemplo, una hoja verde que sirve como cenicero con unos cigarros, sobre un vientre húmedo y sobreexpuesto al sol. Si hay un desenlace, tal vez sea el del ruido absorbente, que se va convirtiendo paulatinamente en protagonista. La banda sonora se mezcla, con cierto terror, con las voces de los personajes gradualmente distorsionadas, en un delirio que va en conjunto con el montaje; los planos se sobreponen cada vez más a la manera del collage, entre el sopor y la ensoñación, lo que pone el acento en la sensación que expone la película y en la que envuelve al espectador: confusión, extrañeza, fascinación. Finalmente, los primeros planos que sostienen la mayor parte del largometraje nos sumergen en una condición de repetición e intimidad entre los cuerpos y el agua, una cercanía que los mismos protagonistas viven entre la indiferencia y el aburrimiento. No hay espectáculo, hay detalles, dilación, alucinación, sensaciones. Si el cine es luz y nosotros somos en mayor proporción agua, Los nadadores performatiza una especie de distorsión de los cuerpos que se derriten en esa insistencia del agua de las piscinas y de un río alucinado.
La experiencia estética quiere ser la del sueño, pero el contexto apocalíptico nos enfrenta a la pesadilla. Los cuerpos, las pieles, el agua, la juventud, y todo el deseo que la fotografía, el montaje y los planos extraen de estos elementos, se evaporan paulatinamente en una opresión de hastío, indiferencia, sinsentido. Hay un ir y venir entre ambos extremos, que tal vez condense una escena que se repite: ante la aparición de cada nueva pileta, los personajes corren a tirarse para aplacar el calor; pero pronto nos damos cuenta de que en ese acto no solo está el motivo sino también el juego: los jóvenes mantienen el frenesí del niño que se lanza a la pileta. Habrá quien lea la falta de ambición de la película solo como hastío y monotonía, pero también puede pensarse como una expresión de la misma juventud retratada.
Sol Iglesias SK es fotógrafa, poeta, artista visual, diseñadora gráfica, artista del collage y activista. Esa interdisciplinariedad es consecuente con su ópera prima: la producción de guerrilla que ejerce desde sus primeros cortometrajes (escribiendo, dirigiendo, actuando; filmando con presupuestos muy bajos y con equipo técnico reducido que hace labores de actuación); los vestidos con mensajes de alerta por la quema de la Patagonia y la venta de los glaciares que ha llevado a la alfombra roja de los festivales en que participó Los nadadores; las funciones expandidas de la película, con recitales de poesía y fiestas; y los referentes musicales, literarios y una provocativa filosofía del delirio, la juventud y el arte en la que insiste en sus entrevistas y conferencias.
Los nadadores (Argentina, 2026), guion y dirección de Sol Iglesias SK, 74 minutos.
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