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No hace falta haber surcado en góndola sus canales, haberse perdido en sus estrechos callejones ni haber oído el golpeteo del agua contra las escalinatas de mármol para que Venecia nos resulte familiar. Su imagen la precede, fraguada en símbolo. “Venecia era su propio fantasma”, piensa Evelyn Dolman, protagonista de la novela más reciente de John Banville. A esa ciudad anfibia, crepuscular, suspendida entre el esplendor y la decadencia, llega este escritor con veleidades literarias devenido redactor de guías turísticas, para solazarse durante la luna de miel en compañía de su flamante esposa, una joven norteamericana heredera de una cuantiosa fortuna.
Estamos en el último día del siglo XIX; los espectros todavía prefieren morar en casas encantadas antes que repantigarse en el diván. Pero en pleno umbral finisecular ya asoma otra clase de fantasmas, menos proclives a atravesar paredes que a rondar los recovecos del pensamiento. Y si hay algo que Banville domina es el arte de hacer de la conciencia de un personaje un lugar. La ciudad abunda en reflejos y duplicaciones; Dolman también. Ninguna superficie —espejo, rostro o recuerdo— parece inocente.
Es sabido que un narrador puede adulterar los acontecimientos a su antojo; más insidiosa, sin embargo, que la tergiversación concebida para engañar a otro es aquella que se erige como salvaguarda ante sí mismo. Dolman pudo no haber cometido un asesinato, lo cual no lo exonera de otras bajezas. De ahí que elabore un relato a la medida de sus escrúpulos, hasta ocultar, incluso en su fuero interno, todo resabio de impostura.
Pero a la doble mendacidad de Dolman como narrador se superpone la paradójica circunstancia de hallarse, a su vez, sometido a la manipulación ajena. Una cohorte de personajes enigmáticos y moralmente ambiguos —desde su propia esposa hasta los criados, pasando por quienes se dicen amigos de la infancia— lo precipita “de manera irresistible al centro de un drama cada vez más oscuro en el que todos se habían aprendido de memoria su papel y lo interpretaban con suma pericia, desenvoltura y gracia”.
Menudean los dobles, las identidades escurridizas, las apariciones y sus reversos, la unánime niebla y hasta algún desliz de perspectiva (¿alguien que no fuera un iniciado habría podido considerar a Caravaggio un gran pintor antes de la puesta en valor de Roberto Longhi?), mientras la prosa serpentea y se demora, con devoción, en los detalles. Ese regodeo permite a Banville salir airoso del lance. El estilo es su coartada. Atmosférica y truculenta, Nocturno de Venecia es como la basílica de San Marcos ante los ojos de Dolman: “una curiosa mezcla de lo lúgubre y lo chabacano”.
Menos solemne de lo que suele aparentar, el escritor irlandés, también autor de La señora Osmond, siempre balanceándose entre sus coterráneos Joyce —que lo puso todo— y Beckett –que lo sacó todo—, inocula en este relato una sordidez de ribetes cómicos. Pero el verdadero espíritu que sobrevuela estas páginas es el de Henry James, que hizo de Venecia el escenario de una de sus novelas y del fantasma, en su literatura, una presencia que se recorta en el límite de lo decible. Inquieta, entonces, tanto en James como en Banville, menos el asedio de presencias furtivas que la necesidad de inventarlas.
John Banville, Nocturno de Venecia, traducción de Antonia Martín, Alfaguara, 2026, 320 págs.
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