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“Una isla es un ente solitario y autárquico, pero accesible desde todo su perímetro. Está protegida, pero al mismo tiempo expuesta. Todo lo que arriba a una isla se transforma y pasa a ser suyo. Empezando por uno mismo, en cuanto pone un pie en ella. En las islas uno se siente de otro planeta. En otro tiempo. Son las casillas de un juego de la naturaleza. Al poco, se tiene la impresión de conocerlas. Las sentimos nuestras, y sin embargo estamos seguros de que las abandonaremos. Sentimos algo así como una nostalgia anticipada. Y la nostalgia es una de las moradas de la fantasía”.
Quien habla es El Pilota, protagonista y orador principal de ese libro de veinte ensayos narrativos dedicados cada uno a una isla, la mayoría conocidas (desde lo simbólico, al menos). El que lo acompaña en el periplo es el Cronista, o bien el mismo Ernesto Franco (Génova, 1956). Asumimos que El Pilota es un marinero que conoce todas las islas del mundo, que va de una a otra y que las habitó por más que hayan pasado siglos de lo que se cuenta. Ambos viajeros casi parecen ir a la deriva, no planificados, en una especie de averno marítimo agradable. Y cuando aparece una de ellas, donde recalan, comienza un diálogo que desenreda la historia, diálogo que funciona más como soliloquio del propio Pilota y del que el Cronista casi desaparece como segunda guitarra.
Las historias de las islas son diversas, poco tienen que ver una con otra, están separadas por siglos y por civilizaciones, pero de todos modos El Pilota consigue extraer un denominador común de ellas, como el mar que las envuelve, y luego aquello que las hace únicas e irrepetibles. No es que el Pilota cuente lo obvio. Por ejemplo, uno puede esperar qué dirá de Ítaca (la isla que, previsiblemente, cierra el libro y de donde se extirpa la cita del primer párrafo), pero lo que brilla ahí no será Ulises ni Penélope, sino un intento por comprender al ser humano en sus lanzamientos hacia el mar, para ir, de isla en isla, como en una rayuela, a descubrir los misterios del mundo.
También hay islas poco conocidas. Por ejemplo, está la historia de Ferdinandea, que hirvió desde el lecho marino del Mediterráneo por un volcán en erupción que, en su proceso de parto, la volcó a la superficie un día tranquilo cerca de la costa de Sicilia, un 10 o 11 de julio de 1831. Emerge del mar una roca hirviente, con dos lagos internos que bullen encerrados por rocas volcánicas negras. Una islita que es la nada misma, que no se puede pisar por un tiempo; quien lo hiciera se calcinaría, pero al mismo tiempo es la última tierra incógnita que queda, ahí a los ojos de todos, y eso desata la fiebre absurda de los muchos reyes que habrán de querer llegar primero para conquistarla.
Historias fantásticas de islas verdaderas nos lleva por diversos siglos de guerras, reinados, naturalezas, brujerías, maldiciones, como si parte de nuestra esencia descansara en esos cúmulos de tierra separados por el mar. En este sentido, sirva de advertencia la Isla de Pascua, donde se resume esa competencia por erigir ídolos enormes de piedra y que agotó la existencia de una comunidad que había llegado ahí hace muchísimo, y que no tenía barcos para poder salir en busca de otra cuando llegó el agotamiento y hubo de caer en el canibalismo y la casi extinción: “La historia de la isla de pascua perdida en el océano ¿no les recuerda un poco a la de un pequeño planeta perdido en el espacio, también éste poblado por ídolos y sacerdotes y, sobre todo, por habitantes cuya tecnología es insuficiente para huir a otro lugar?”.
Ernesto Franco, Historias fantásticas de islas verdaderas, traducción de Natalia Zarco y prólogo de Alberto Manguel, Gatopardo Ediciones, 2025, 176 págs.
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