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Veinte años de Los Horrendos

MÚSICA

En una ciudad con muchas bandas y recitales punk, hace veinte años se escuchaba por primera vez una voz menos aguda que rasposa que cantaba “tengo la nuca morida / en un papa de fango”. Ese participio imposible, “morida”, sintetizaba, lo sabríamos después, un método. La letra, no como complemento bobo de la melodía, sino como un instrumento más. Pero no solo como un instrumento más. Ese punto donde cuerpo y lenguaje dejan de separarse, eso que Henri Meschonnic llamó ritmo. Ahí se cruzan el punk y la poesía. Y ese espacio de cruce es Bahía Blanca. 

La canción era “Tumba” de Los Horrendos, banda bahiense que en octubre de 2026 festejó veinte años con un show que convocó al gueto en el sentido libertelliano. Es decir, no (solo) es un lugar “que está ahí”, sino como una posición estética. 

Cuando el ritmo es repetición, potencia y deshace el sentido musical y letrístico, para volverlo otra cosa, para volverlo un desborde, es la significance meschonnicquiana, donde operan el cuerpo, la prosodia, el ritmo en el tiempo. En el tema “Inacción lineal”, con manía ese mismo verso se reduce a “misma situación”, a “misma negación” y a “más reiteración” repetida, ejecutando lo que nombra. En “Montón de ceros”, “arquea” vuelve seis veces y pierde el objeto y se oyen espectros de arcada (la más fuerte), aunque también se puede percibir un “anarquía”. La imagen de alguien arqueándose, el inminente vómito y la organización política se funden en el efecto infinito de la repetición. 

El punto más alto está en “Brindis”: “pseudo pseudo brindis / en el pseudo pseudo apagón / la borradura no tiene borde / no tiene párpado / no tiene somnolencia”. El doble “pseudo” niega la negación y deja un festejo que no sabemos si ocurre. La borradura recibe un cuerpo hecho de lo que le falta: sin borde, no termina; sin párpado, no cierra los ojos; sin sueño, no descansa. Es el insomnio del olvido. La imagen está construida por sustracción, pero siempre de la suntuosidad léxica barroca dentro de una estructura objetivista (si convenimos en que musicalmente el punk es objetivista). La “sedancia” de la misma canción, entre sedación, cadencia y danza, es pariente de los neologismos girondianos. 

El tema de los temas es la muerte y sus constelaciones semánticas: “Tumba”, “Muertos”, “Enterrado vivo”, “Germen muerto por onda de radio” y “Te libero”, donde bajo la tumba se abre una puerta hacia otro lado. Se podría poner un contraste con “Nunca se vuelve a estar completamente sano”: la banda baja, la batería es casi un fantasma que produce la imposibilidad del regreso. ¿A dónde?

Los títulos de los discos cuentan lo mismo. Los tres primeros nombran a la banda: Los pros y los contras de ser Horrendo (2008), El agujero negro de Los Horrendos (2010) y Los Horrendos contra sus fantasmas (2012). Después llega la etapa del diagnóstico: Pronóstico reservado (2013), Paranoia general organizada (2015); después negación y el ruido: Tampoco es eso (2017), Interferencia (2018), Residual (2019) y, al final, Gargolismo (2020), una suerte de enfermedad autodiagnosticada. Es el programa de “Todo de nuevo diferente”: “se junta mugre y se hace un mundo”. La mugre es materia prima. Lo que la lengua limpia no quiere, para Los Horrendos es oro. 

En vivo, la sorpresa no está en el sonido sino en el cuerpo: Chimpa (voz) deviene Iggy Pop, como si el padre del género hubiera reencarnado sin tomarse el trabajo de morir. A una banda obsesionada con tumbas y enterrados vivos le tocó desmentir el “vivir rápido, morir joven” y no por eso es menos joven. En Bahía Blanca, la ciudad que eligieron Martínez Estrada y Ricky Espinosa para vivir; la de Libertella, Roberta Iannamico, Mario Ortiz y Sergio Raimondi, Lucía Bianco y Chicho López, suena lógico ver doscientas personas pogueando una lengua deformada.

 

Veinte años de Los Horrendos, SoFresh, Bahía Blanca, 11 de octubre de 2026. Los Horrendos (Bahía Blanca, Argentina, 2006-2026): Chimpa (voz), Pablo Miner y Carlos “Carli” Orlando (guitarras), Claudio Super (bajo) y Marcelo Salzotti (batería). 

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