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Eslabón Leyes

Manuel Sigüenza

ARTE

Entre 1930 y 1937, una serie de arqueólogos y coleccionistas realizaron un conjunto de hallazgos en el paraje Los Zapallos, ubicado sobre las márgenes del arroyo Leyes, a poco más de treinta kilómetros al norte de la ciudad de Santa Fe. El arroyo forma parte de un paisaje atravesado por ríos y lagunas que conforman el actual ecosistema paranaense. Este territorio, históricamente poblado por distintas comunidades indígenas, se encuentra entre Cayastá, sitio de la antigua fundación de Santa Fe en 1573, y la actual capital provincial. Desde el comienzo, las piezas de cerámica allí encontradas generaron intensos debates entre arqueólogos y coleccionistas que intentaron precisar su procedencia. Según los informes de la época, se habrían hallado entre ochocientas y mil piezas enteras, además de una gran cantidad de fragmentos, aunque actualmente se conserva alrededor de un veinticinco por ciento de aquel conjunto original. La historia de esta pérdida y de sus atribuciones es el punto de partida de Eslabón Leyes, la exposición de Manuel Sigüenza en el Centro Cultural Recoleta, curada por Javier Villa. 

Las controversias en torno a las piezas se remontan al momento mismo de su descubrimiento, y desde entonces el conjunto funciona como una maquinaria de interpretaciones. Durante la década del treinta, los informes vinculados con Manuel Bousquet, coleccionista de antigüedades que se acercó al arroyo para adquirir piezas, distinguían al menos tres procedencias o tipologías: una guaranítica, otra ligada a las culturas del área chaqueña y del Paraná medio, y una tercera que aparecía como particularmente novedosa, de datación más reciente. En un documento de época, el propio Bousquet las describía como la “expresión más extraordinaria y perfecta que hayan ofrecido ahora las artes industriales de los aborígenes argentinos”. Quizás por esa valoración, el interés por estos objetos se extendió rápidamente a museos y colecciones de distintas partes del país. Fue entonces cuando algunos investigadores comenzaron a sostener que las piezas no eran antiguas, sino que habían sido producidas por pobladores contemporáneos, en su mayor parte pescadores, con el propósito de engañar a coleccionistas y obtener un beneficio económico. La sospecha de falsificación derivó, finalmente, en la dispersión y pérdida de una gran cantidad de piezas. Décadas más tarde, la controversia volvió a abrirse cuando investigadores como Agustín Zapata Gollán, Alberto Rex González y Daniel Schávelzon señalaron la presencia de rasgos que podían vincularse con tradiciones africanas en las cerámicas de Santa Fe la Vieja y Arroyo Leyes, y plantearon la posibilidad de una producción realizada por africanos o afrodescendientes en el contexto colonial. El arqueólogo Carlos Ceruti, por su parte, ha propuesto interpretaciones que relacionan algunos materiales con prácticas ceremoniales y cultuales de origen africano, en particular, del vudú. Así, las piezas quedaron atrapadas en una cadena de atribuciones sin fin. 

Eslabón Leyes piensa un eslabón más en ese encadenamiento de atribuciones, desapariciones, magia y ficciones. La investigación de Sigüenza —que es también la de un erudito en cerámica— no busca establecer una nueva verdad probatoria, como podría hacerlo una investigación arqueológica o histórica, sino indagar en las narrativas que se han construido alrededor de los objetos y, al mismo tiempo, en su condición material. Más que reconstruir una identidad originaria, la exposición se introduce en los imaginarios producidos alrededor de aquello que alguna vez fue denominado “Cultura Leyes”. Las piezas de cerámica que desarrolló el artista a partir de su investigación se introducen en la línea de continuidad de lo que podríamos denominar “misterio Leyes”. La sala del Centro Cultural Recoleta, pintada de un amarillo intenso, es una síntesis entre elementos tradicionales y una ficción contemporánea. Mientras que las vasijas y pipas están ordenadas como en una exposición arqueológica y un conjunto de máscaras se extiende sobre una de las paredes, seres y monigotes de cerámica, cemento, arcilla y arena se incorporan a ese repertorio inestable. De grandes dimensiones y portando las máscaras que se han vuelto características de la producción del artista en los últimos años, ofician de anfitriones de un proceso religioso aún por desarrollarse. Sigüenza desplaza así la pregunta por la identidad —tan recurrente, y a menudo tan pobre, en buena parte del arte contemporáneo— hacia una consideración del carácter litúrgico y ficcional de los objetos. 

Así, ficción y liturgia parecen encontrarse como fenómenos co-constitutivos de todo ceremonial. Ambos producen relaciones entre objetos, cuerpos, relatos y fuerzas cuya eficacia no depende necesariamente de la posibilidad de distinguir, de una vez por todas, entre aquello que sucedió y aquello que fue imaginado. Probablemente el eslabón introducido por Sigüenza no sea el último, pero su propuesta permite leer la historia de Leyes como una pequeña historia de las formas en que una región —y, a través de ella, un país— imagina su pasado y produce las figuras que necesita para narrarlo. Quizás, en un futuro no tan lejano, nuevos investigadores vuelvan a encontrarse con las piezas de Sigüenza y las hagan entrar en otra cadena de atribuciones. Entonces sus máscaras, vasijas y monigotes podrían confundirse con las piezas indígenas, falsas o africanas de Leyes, y pasar a formar parte de esa misma historia. 

 

Manuel Sigüenza, Eslabón Leyes, curaduría de Javier Villa, Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 20 de agosto – 15 de noviembre de 2026. 

29 Oct, 2026
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