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Nuestro código es así: cuando hago un silbido en particular —parecido, si se quiere, al canto del zorzal colorado—, el que viene es Charly; si hago algunos clics bilabiales —más conocidos como “tirar besitos al aire”—, el que viene es Pity. Ambos gatos entienden cuándo me dirijo a uno u otro, se dan por aludidos y, en consecuencia, vienen a ver por qué los llamo. Una situación similar es la que dispara Cosas que mi gato tendría que saber: el autor le dice “vamos” a Morty para que entre a la casa, y el gato entra. ¿Es simplemente un reflejo condicionado? ¿Hubo comunicación? ¿El gato está aprendiendo español, aunque sea de una forma muy acotada y tortuosa, incluso, a su pesar? ¿Podremos alguna vez tener un intercambio un poco más fluido y complejo, al menos una breve charla de sobremesa, si no con nuestros gatos, con algún otro animal? Dependiendo del interlocutor, quizás debamos ajustar el tamaño, la disposición o la ubicación geográfica de la mesa alrededor de la cual nos sentaríamos a intercambiar.
“No tengo exactitud: / solo una clara turbulencia / como sediento en busca / de la sed / como la sed en busca / del sediento / como quien busca”, atina un poema de María del Carmen Colombo en La edad necesaria, y parte de ese gesto, de esa pulsión por la búsqueda —que, tanto en el poema como en el texto de Balian, es ese abismarse en los confines del lenguaje—, parece ser el motor de este ensayo que persigue un interrogante tan simple como enigmático: ¿podremos hablar algún día con los animales? Porque comunicarnos, como bien se sabe, ya lo hacemos con unos cuantos, particularmente los domésticos, con quienes compartimos miles de años de compañía y coevolución. Pero, ¿hablar? Si no con ellos, ¿con quién?
A partir de esta disyuntiva se organiza el intento de Balian por encontrar el interlocutor ideal, aquel que posea la mayor cantidad de rasgos o condiciones que hacen posible un intercambio comunicacional más complejo, alguien con quien poder compartir una idea, una opinión, un chiste o una mentira. El ensayo discurre como un diario de investigación y nosotros, lectores, avanzamos como quien acompaña a ese amigo obsesivo y meticuloso al que se le atoró una inquietud imposible en la cabeza, en la búsqueda de una respuesta que sabe que no terminará de encontrar, pese a lo cual no se detiene.
Balian explora, rastrea en la lingüística, consulta a especialistas en biología o neurociencia, escarba en la historia y en la literatura, rescata ideas extravagantes, casos paradigmáticos e investigaciones perturbadoras, afina sus parámetros de búsqueda y vuelve a internarse en la oscuridad. Así, la pesquisa pasa, como en una rueda de reconocimiento, por los especímenes más extraños y dispares: gatos, loros, hormigas, delfines, ciervos, chimpancés, estorninos, murciélagos, perros, pulpos, orcas, ballenas y cachalotes, pero también océanos pensantes, cajas negras que procesan infinidad de datos, alienígenas y algún soldado perdido en la Segunda Guerra Mundial.
Cosas que mi gato tendría que saber avanza en un tono lúdico, que juega entre el dato duro y el guiño pícaro al lector, la anécdota ocurrente, la historia descarnada y el chiste de salón. Sobre este código se montan el diseño y las imágenes de Belén Kakefuku que, como memes o panfletos del absurdo, se incorporan al diálogo siguiendo una tradición que la editorial El Gato y La Caja ha sostenido desde sus inicios en la forma de comunicar, de divulgar ciencia desde un lugar ingenioso y descontracturado. En el trasfondo de este viaje —que bien podría nunca terminar—, brilla el fulgor del afán científico. El placer en la búsqueda del conocimiento más que en el encuentro de las respuestas. La sed de quien busca para seguir buscando, como todo buen ejemplar de nuestra inquieta, curiosa especie.
Juan Cruz Balian, Cosas que mi gato tendría que saber. Un ensayo sobre hablar con los animales, El Gato y La Caja, 2026, 212 págs.
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