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El banquete

Muriel Spark

OTRAS LITERATURAS

Hay escritoras y escritores que parecen haber sido bendecidos (no sabemos cuándo ni por quién) con el don de saber narrar. ¿Y qué sería saber narrar? Un lector podría responder lo que San Agustín respecto del tiempo: “Si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé”. Desde un criterio bien práctico, sabe narrar quien, con lo que cuenta (o, mejor dicho, lo que escribe), simplemente atrapa a los lectores y los hace seguir leyendo: “Tan grande era el ruido durante el día que yo acostumbraba permanecer despierta en la cama por la noche escuchando el silencio. Finalmente me dormía contenta, llena de esa ausencia de sonido, pero mientras estaba despierta disfrutaba la experiencia de la oscuridad, los pensamientos, la memoria, las dulces ilusiones”. Es el comienzo de Muy lejos de Kensington (1991). Resulta una obviedad, pero quizás no esté de más decirla: el interés se genera no por lo que se narra, sino por cómo el autor o la autora lo hace. Muriel Spark escribió mucho y de manera incesante a lo largo de su atípica vida: a los diecinueve años se trasladó de su Edimburgo natal al sur de África para acompañar a su marido, que había obtenido allí un puesto de maestro; siete años después regresó a Londres divorciada e hizo trabajos de contraespionaje para los servicios secretos británicos durante la Segunda Guerra Mundial. Diez años más tarde, luego de algunas crisis personales, se convirtió al catolicismo y se instaló definitivamente en Italia, donde vivió hasta su muerte en 2006 junto con la escultora Penelope Jardine.       

El banquete podría ser catalogada como una novela ligera si no fuese porque está escrita por una narradora que concebía la novela como otra forma de la poesía. Así y todo, en algún punto lo es: se lee de manera ágil y rápida si uno acepta ingresar sin reticencias a un mundo de escenas cotidianas bastante siniestras y algo alucinadas, un elemento que puede ser característico de los ambientes de Spark. Esta podría ser también una historia de Agatha Christie. Casi todo transcurre en torno al posible poder “maléfico” y el mal hado de una sugerente joven pelirroja, y a la cena que el pintor estadounidense Hurley Reed y su pareja Chris Donovan (una millonaria viuda australiana) ofrecerán en una casa londinense en la que habrá artistas, hombres y mujeres de negocios, algún productor de televisión, algún funcionario de la Comunidad Europea, un investigador en el campo de la inteligencia artificial (¡en 1990!), universitarios y estudiantes de Bellas Artes, un licenciado en Historia que hará de camarero, y el flamante matrimonio compuesto por el hijo de Hilda Damien, una autosuficiente magnate australiana dueña de un emporio comercial, y Margaret Murchie, la misteriosa joven sospechada de advenediza y con varios episodios familiares un poco oscuros en relación con un testamento modificado a las apuradas y algunas muertes que involucran lateralmente a su tío Magnus, obsesionado con ella e internado en un psiquiátrico. Todo lo sólido se desvanece en el aire, podría decir un marxista respecto de las costumbres mundanas que congregan a ese grupo de aristócratas del Primer Mundo; o no todo lo que brilla es oro, alguien más adepto a los dichos populares, porque al mismo tiempo que se desarrolla la plácida velada, entre un flambé en coñac, quesos varios, salchichas enrolladas en panceta, crème brûlée, exquisitos vinos y sarcásticos comentarios, sucede un asesinato. Uno más.    

Los diálogos de Spark suelen ser de un humor fino y cáustico, simpáticos e incómodos al mismo tiempo. Uno de sus trabajos aquí parece haber sido realzar hasta volverla sustanciosa la materia de que están compuestos los small talks de los preparativos y de las fiestas a las que pueden asistir gentes con mundo y dinero: el ingenio y la salida elegante, pero también la ruindad y la mirada altiva con que Spark retrata ese ambiente de esferas cerradas y de contactos por conveniencia e interés que conforman la clase alta y adinerada de una sociedad. Alguien expresa su temor al matrimonio: “No deberías temer nada si eres católica. Si no, ¿qué sentido tiene serlo? Mi querida Ella, y te lo digo como católico que soy también, no puedo estar de acuerdo con que el matrimonio sea definitivo”. La interpelación lleva entonces a cómo se resuelve el dilema para un creyente: “Los votos del amor-pasión deberían al menos contar con la posibilidad de que no sean tenidos en cuenta. Por eso es posible, y de hecho necesario, que un católico crea en el divorcio entre personas que se casaron enamoradas. Esos votos fueron pronunciados en un estado de desequilibrio mental, que es precisamente lo que el amor es. El derecho canónico, de hecho, contempla la anulación por causa de locura”. ¿Se debería poder obtener el divorcio alegando que uno estaba locamente enamorado de su cónyuge? Sí, es la diletante conclusión a la que arriban los participantes de la charla. Pero no son solo sus diálogos. Las descripciones más llanas que se requieren en una novela donde ocurre un episodio policial (por ejemplo, la del clima de una jornada) no están exentas de esa mirada tocada por la varita de una observación que les dé gracia: “Era un día radiante de octubre; la luz tenía ese resplandor angelical del otoño escocés y su estremecedora frescura, tan querida por quienes disfrutan sintiendo frío, como a menudo les ocurre a los escoceses”.

“Hay tan pocas vocaciones verdaderas en estos tiempos de yuppies y capitalismo turbio”, le dice una religiosa poco convencional de un convento anglicano a Margaret (la verdadera protagonista de la historia) cuando esta busca algo de tranquilidad en un noviciado, y no sabemos si la que habla es la hermana vicesuperiora Lorne o la propia Spark. Por último, vale aclarar que la traducción está hecha en español peninsular. En el caso particular de esta novela, que no deja de ser un policial, casi que pasa como una cuestión más de estilo: resulta el lenguaje que alguna vez era el propio y reconocible para los lectores de aquellas viejas colecciones de novelas de intriga, de asesinos, de grandes robos y de personajes oscuros, cuando no malignos.  

 

Muriel Spark, El banquete, traducción de José María Gómez, Blackie Books, 2026, 208 págs.

5 Nov, 2026
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