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Deberíamos comenzar afirmando que el arte, al menos desde mi concepción, no viene a dar respuestas tranquilizadoras ni a decorar las paredes de una institución. Por el contrario, viene a incomodar los bordes de lo que creemos saber. En este sentido, y si pensamos en aquellos interrogantes sobre la práctica artística —y su definición—, hay una pregunta que atraviesa buena parte de la obra y el pensamiento pedagógico de Luis Camnitzer desde los años sesenta: qué ocurre exactamente cuando el arte deja de concebirse como una disciplina cerrada entre otras y se transforma en el territorio vital donde todas las demás disciplinas entran en crisis. Boris Groys viene insistiendo en una idea afín: el arte no es el vehículo ni la ilustración de un pensamiento ajeno; piensa por sus propios medios, con su propia densidad material y su propia lógica. Ahí radica su genuina potencia filosófica. Todo por aprender. La resurrección de Simón Rodríguez, la muestra que el Museo Moderno le dedica al artista uruguayo, toma esa premisa radical y la desplaza hacia un terreno tan insospechado como urgente: la memoria vibrante de un maestro venezolano del siglo XIX a quien la historia oficial pareció arrinconar en el olvido.
Simón Rodríguez no solo enseñó a leer a Bolívar: dedicó su vida entera a sostener que la independencia política de América Latina resultaría una cáscara vacía si no marchaba junto a una emancipación pedagógica profunda. Esa desconfianza hacia la enseñanza que deposita contenidos empaquetados en mentes concebidas como recipientes vacíos, esa matriz que Paulo Freire nombraría y denunciaría magistralmente como educación bancaria, es la misma que Jacques Rancière revisita al problematizar al maestro ignorante y la emancipación intelectual: educar no es transmitir un saber clausurado desde la jerarquía, sino partir de la certeza, a veces incómoda, de que el otro ya posee la potencia de pensar con autonomía.
Camnitzer reconoce en Rodríguez el espejo preciso de sus propias obsesiones y decide invocarlo. Mediante la inteligencia artificial y sesiones de espiritismo, dos procedimientos aparentemente opuestos pero hermanados por la ambición poética de dialogar con lo que ya no está presente, teje conversaciones ficcionales entre el maestro americano y otros pensadores afines. La grieta que se abre en cada intercambio no es menor: cómo habitar y disputar hoy las tecnologías que prometen pensar por nosotros sin abdicar, en el intento, de la imaginación ni de la propia capacidad creadora.
Es allí donde la exhibición se vuelve decididamente más incisiva. Camnitzer no expone su pensamiento para ser contemplado pasivamente: lo activa bajo la noción de escultura social, esa convicción de que cada sujeto interviene con su creatividad en la arquitectura misma de la comunidad que habita. El espectador deja de ser un testigo estático: es invitado a ensayar sus propias grietas conceptuales sobre la democracia, la libertad o la justicia. Este gesto colectivo cobra un sentido contundente con la obra realizada por estudiantes egresados del Instituto Vocacional de Arte Manuel José de Lavardén. Su presencia no opera como un apéndice tierno ni como un guiño de inclusión decorativa: reafirma que ninguna pedagogía crítica ni emancipadora se sostiene en el aire si no aloja el cuerpo, la voz y el deseo de quienes están constituyéndose. Es la subjetividad como territorio vivo de disputa: las adolescencias no ingresan a las salas en calidad de público a educar, sino como parte constitutiva y política del montaje.
Así, la institución se desborda a sí misma. El museo renuncia a ser el templo donde el conocimiento se custodia o se exhibe para encarnar lo que Camnitzer viene proponiendo desde hace décadas: un aula expandida, un espacio sin afuera, donde la enseñanza y el aprendizaje pierden sus fronteras rígidas y dejan de ser roles jerárquicos. Todo por aprender no pretende clausurar la discusión ni ofrecer certezas masticadas. Prefiere dejar el interrogante abierto y latiendo, como ocurre con todo lo que verdaderamente vale la pena, para que cada persona que cruce la sala decida qué hacer con ese temblor.
Luis Camnitzer, Todo por aprender. La resurrección de Simón Rodríguez, curaduría de Alfredo Aracil, Museo Moderno, Buenos Aires, 20 de agosto de 2026 – 1 de febrero de 2027.
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