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Son, efectivamente, historias muy cortas. La mayoría no supera las cuatro o cinco páginas y se despliega sin escenas intermedias ni firuletes poéticos. En los treinta y ocho cuentos que componen el libro, traducidos con homogeneidad por Rodolfo Mata y Regina Crespo, la pluma de Fonseca parece más preocupada por comunicar los hechos con exactitud —con la exactitud de la voz ficcional de turno, de la que en general es mejor desconfiar— que por oscurecerlos o sublimarlos desde la forma. Si bien se trata de un hábito productivo, de la marca de la casa de un escritor de carrera, el énfasis en la economía de recursos ratifica el espíritu del índice entero. Casi una obsesión metaliteraria: descarnar la narración, exponer la estructura argumental básica que se oculta bajo el zurcido de la prosa.
Aunque el volumen no esté separado en secciones, es posible identificar un orden temático. Los cuentos de asesinos son seguidos por otros cuentos de asesinos; los de gordos, por otros de gordos; los de dementes, por otros de dementes. Hay una recurrencia en la figura del hospital psiquiátrico como destino final. Cada uno a su manera, incluso cuando la trama simula avanzar por carriles normales, sin violencia en el horizonte, todos los personajes del nonagenario autor de Minas Gerais van en carro a la locura y al encierro. Es el precio que deben pagar por su crueldad, por los celos aberrantes, por la abulia o la desesperación sexual, por la mirada torcida con la que miden y pesan el mundo exterior. Los personajes de Fonseca no buscan redenciones. Lo que quieren es arder, lastimar y recién entonces ser descartados.
Ex policía en Río de Janeiro, referente del género negro en América Latina, recreador de fantasías basadas en obras de Babel y Poe y de capítulos fundamentales de la historia política y cultural brasileña en novelas como Agosto y El salvaje de la ópera, Fonseca revalida en esta edición crepuscular sus galones de escritor frío e inmisericorde. En su conjunto, Historias cortas recuerda a otros libros de escritores con obra cardinal ya realizada —Una magia modesta, de Adolfo Bioy Casares, por citar un ejemplo autóctono—: menos un raspaje de fondo de olla que la demostración miscelánea de un talento todavía activo.
Rubem Fonseca, Historias cortas, traducción de Rodolfo Mata y Regina Crespo, Tusquets, 2018, 176 págs.
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