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La irrupción de lo extraño en lo cotidiano es quizá la modulación más habitual con la que la narrativa fantástica, breve o no, pretende sacudir unas fibras humanas y sensibles —las del hipotético lector— cada vez más secas y correosas, impermeables o abotagadas por el flujo de una realidad abiertamente inverosímil. Cuidado al entrar viene a engrosar una fila que, desde cierta perspectiva, se parece casi a una escena o a una suerte de tendencia: autoras que de un tiempo a esta parte se han ocupado de reimaginar, indagar, recrear y retorcer el vínculo narrativo con lo real y lo fantástico. Si el primer cuento de este volumen de once condensara algo así como un efecto general de lectura, la advertencia del título —un gran gancho publicitario— se vería corroborada desde la extraordinaria aparición de ese animal semejante a un destino que visita a la narradora y protagonista, una mujer retirada en una suerte de complejo residencial para adultos mayores. Parco, casi amigable, tan ántropo como se lo permite su porte semiperruno, voraz, raro y reconocido gracias a una baraja del tarot, aparece allí como para subrayar tanto la atención con que uno debería asomarse al repertorio narrativo de aquí en adelante como el hecho de que una poética deriva de otra anterior. Una picazón en la espalda y unas repentinas alitas a lo Maléfica que despiertan el atractivo sexual de otra mujer medio gris en “Alguna otra cosa impensada” o el médico-mirlo con que remata “La espera” —aquí, el documental que ve la narradora en la antesala del consultorio atenúa un poco el shock del final— son otras de las piezas en las que una fauna más o menos peculiar rasga o revuelve un plano narrativo más o menos ordinario y cuela esa suerte de vacilación de la que hablaba Todorov en su clásica introducción al género. En este punto también puede notarse cierta convergencia con una de las dominantes que conformarían, si es que existe, aquella “escena” a la que aludimos antes: el uso de la naturaleza como precursor o agente de la perturbación (una garza o un mono en cuentos de Alejandra Kamiya, la tierra en Dolores Reyes o el agua en Marina Closs). En Cuidado al entrar, sin embargo, no todo sacudón es fruto de un bestiario. “Desconcierto” pone en escena una lluvia torrencial en medio de la ejecución de una sinfonía a sala llena y cerrada, y “Galletitas”, por ejemplo, es un recorte superficial, y profundo, del dolor que embarga al protagonista frente a una muerte cercana. Como contrapeso, acaso también para mitigar el latigazo de cada sorpresa, la prosa que las presenta tiende a recostarse sobre una suerte de normalidad expresiva, de vocabulario, gramatical o de tono. Los cuentos, los personajes, hablan como nosotros, casi exactamente igual a como lo haría quien encarnara esa voz. Frente a eso es probable que “Quintay” moleste como una piedra en el zapato, y es probable que eso se deba a que, precisamente, su narrador habla con la afinación de un habitante del pueblo pesquero en el que ballenas, olor y dientes se recortan y se tensan como relato. Breves y de un puntillismo singular, la mayoría presenta a un elenco de mujeres que traen consigo un indicio de soledad como el pliegue o la plataforma adecuada para que actúe la sacudida, el desorden del mundo o de los sentidos, algo tan útil para eso como el manejo de la perspectiva, un plano corto casi a la manera del cine de terror que permite un despliegue hacia ambientes o zonas que no se veían o no se narraban —“Llego, abro el portoncito de rejas, avanzo por el sendero de lajas, abro la puerta del frente y entro”—, de manera que el efecto de ensanchamiento progresa como si se encendieran las luces de una casa a medida que pasamos, en vilo, de habitación en habitación.
Patricia Ratto, Cuidado al entrar, Adriana Hidalgo Editora, 2026, 132 págs.
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