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La conquista del reino de los miedos

Celina Eceiza

ARTE

Las muestras son formas sutiles y a veces da pena que duren tan poco; uno sabe que difícilmente lleguen a montarse de nuevo y eso las vuelve experiencias gráciles más allá del contenido. A un libro se puede volver, podemos comparar qué nos pasa al leerlo de nuevo cuando ya no somos los mismos; a una película más, y es ley que nuestra opinión se modifique para bien o para mal con la segunda vista. Hasta una obra de teatro se puede reponer, tal vez cambien los actores o el decorado pero algo vivo de la puesta original queda. Una muestra, por el contrario, es un acontecimiento efímero, algo que dura poquísimo, un artefacto complejo que llega entusiasta como una mariposa y desaparece. Si logra ser movilizante, tiene la gracia de un golpe, de un accidente con el que convivimos. Hay artistas que dedican buena parte de su vida a realizar obras, algunas muy arduas, para muestras que saben durarán un par de días. Hay algo injusto ahí. En otras disciplinas se dan con naturalidad los rescates, incluso es común que un disco o un libro active su fuerza conceptual años más tarde, con la viveza de una espora dormida, y que se grite a viva voz que fue un incomprendido de su tiempo. Con una muestra eso no sucede. Una muestra es siempre un inmediato. Quizás vuelven las obras, las ideas, pero no el valor de la experiencia concreta; he ahí la intensidad de las retrospectivas, como si en ese juntarlo todo se quisiera alcanzar por condensación un aproximado.

Hace cinco años y medio, las curadoras Alejandra Aguado y Solana Molina Viamonte fundaron Móvil, una organización independiente sin fines de lucro que con tesón excepcional ha logrado producir una quincena de muestras, proyectos inéditos e individuales de carácter experimental. Actualmente presentan La conquista del reino de los miedos de Celina Eceiza, una contundente instalación blanda que de tan sencilla podría plegarse y guardarse en un bolso. ¿Son collages, son pinturas, son dibujos? Las tres cosas y ninguna; son telas enormes teñidas, recortadas y cosidas que dan por resultado un soporte lábil donde narrar una fábula. Una única gran obra iconográfica y liviana, que antes que un monumento a la evasión parece un ritual o un exorcismo. De hecho, las imágenes que cubren las zonas limitadas por tolderías y carpas mantienen en superficie algo naif, pero llamativamente remiten a una inocencia previa al arte, una representación más cercana al carácter mágico que se especula tuvieron las pinturas rupestres paleolíticas en las paredes de las cuevas, con un sentido y un propósito menos ligado a la contemplación que a la supervivencia. Puede no captarse la tonalidad de un relato, pero en la muestra uno cree en la necesidad de esos velones encendidos, en el porqué de los esqueletos y las figuras errabundas, en lo carnal de esa entidad diabólicamente masculina que domina la historia desde el fondo de la sala.

Algo del espíritu de Flickr (esa plataforma santuario que, como una pequeña ventana interior, permitió a una generación la apertura compartida de sentimientos, temores y alegrías por medio del dibujo) se filtra en la muestra; un lenguaje de plataforma que Andrés Bruck o Gustavo Eandi ya habían redefinido para el arte local pero que aquí se presenta en una versión menos cínica y más cercana al arte terapia (la locura, nos recordaba Foucault, es la ausencia de obra). Puede que por eso aparezca con tanta insistencia el último Matisse y sus cut-outs, un genio postrado que pasa las horas sobre una silla de ruedas sin poder pintar ni esculpir pero que logra canalizar el trauma cortando papeles de colores en un ejercicio plástico de tremenda vitalidad; o Bill Taylor, esclavo negro devenido autodidacta que agarró un pincel a los ochenta y seis años para dar cuenta de una vida llena de dificultades y divisiones y que, aunque analfabeto, pudo transmitir con sus imágenes buena parte de la historia afroamericana a las generaciones posteriores. En este sentido, una militancia anómala se sostiene en los modos de La conquista del reino de los miedos, una que parece reflexionar sobre el empoderamiento desde el hacer como experiencia transmisible más allá del género, del tiempo y del lugar.

 

Celina Eceiza, La conquista del reino de los miedos, Móvil, Buenos Aires, 2 de noviembre – 21 de diciembre de 2019.

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