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La novia desnudada por sus solteros

Federico Cantini

ARTE

Desde 2012, año en el que comenzó a mostrar su trabajo, hasta hoy, el nombre de Federico Cantini se convirtió en una contraseña que asordinadamente se repite en los pasillos del arte contemporáneo argentino, a punto tal que, como señala Alfredo Aracil respecto a su última muestra en Pasto galería, ante sus producciones se corre siempre el riesgo de la mitificación y la leyenda: “el pequeño salvaje o el hacedor precoz y acelerado”. Sin embargo, si hay algo potente en su trabajo (y en La novia desnudada por sus solteros lo hay), poco tiene que ver con su carácter intempestivo, accidental, casi insolente, con los tonos y modulaciones con los que juega, sino que obedece más bien a que sus intervenciones vienen a sintetizar y a dar bríos nuevos a una pequeña tradición vernácula porteña: diseños esculturales trasheados, dispositivos técnicos perturbadores y artefactos que en lugar de quedar inmóviles y a la vista se despliegan como una furtiva amenaza física. Es decir, en un ecosistema que reconoce las obras de Eduardo Basualdo, Luciana Lamothe y, sobre todo, Diego Bianchi como marcas tesoneras, la pieza que Cantini introdujo en la galería de la calle Pereyra Lucena, lejos de aturdir y alborotar, termina por hacer una relectura de esta línea, volviéndola más cruel y álgida, de algún modo freezándola. Con la misma frialdad con que se cometen asesinatos, Cantini parece improvisar una escultura (una antena de telecomunicaciones retorcida, un animal que corcovea, una ola esquematizada) que arroja en el espacio aéreo una trama de fino material metálico, abierta y ligera, que al mismo tiempo entorpece todos los caminos con sus cables a tierra.

Menos bajo su aspecto de hoarder que se procura sistemas menores de inestabilidad programada, Cantini absorbe la idea de la fuerza y lo forzado y la hace vivir en las bajas temperaturas de los materiales que elige. Inventar una única pieza defectuosa de aluminio y sin volumen, iluminada de manera cenital por luz fría —una pieza que no cabe pero tiene que caber— se parece bastante a un intento de formular un arte del encajar premeditado, aunque el incruste imposibilite el paso, bloquee los tránsitos y obligue a un recorrido a los saltos.

Al mismo tiempo, es esta materialidad limpia y resplandeciente lo que aleja la pieza de todo pensamiento sobre lo espacial, lo teatral, incluso lo corporal, para resaltar el poder concreto del objeto en calidad de un volumen inespecífico y disperso, un cuerpo cualquiera que debía entrar en el espacio de la galería sin importar cuánto hubiera que retorcerlo. Hacer un gran esfuerzo heterodoxamente minimalista.

La referencia duchampiana del título, por lo tanto, no puede sino leerse como parodia (propone Aracil), o como boutade: no hay nada mental en la cosa instalada. Al extraer el même (incluso, hasta, todavía) del título original, Cantini neutraliza el suspenso narrativo, cierra el carácter ritual de la escena masturbatoria para, otra vez, detenerla, pero ya no como forma de sostener hipótesis sobre la frustración sexual, el ser técnico y el antiplatonismo. En este caso, el nihilismo es absoluto: no hay cielo ni vía láctea para la novia. La obra choca con el techo, forma un puente inutilizable y una escalera que pierde las jerarquías de lo alto y lo bajo: ni siquiera puede enrollarse lo suficiente como para tocarse.

 

Federico Cantini, La novia desnudada por sus solteros, curaduría de Alfredo Aracil, Pasto galería, Buenos Aires, 14 de febrero – 28 de marzo de 2018.

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