Inicio » ARTE » Lágrimas de fruto nácar
ARTE

Vanitas tarda fue el nombre de la muestra de Inés Beninca y Gaspar Núñez curada por Bruno Juliano que tuvo lugar en Tamañoficio, un espacio dedicado al rescate y a la transmisión de oficios manuales ubicado en la zona sur de San Miguel de Tucumán. Lágrimas de fruto nácar fue el título del catálogo, un libro/objeto conceptualmente ligado a la obra en su totalidad.

Lágrimas de fruto nácar es, a primera vista, un objeto frágil y sutil. Pero la fragilidad de su ser material contrasta con la densidad de su contenido y con la complejidad de su forma. Construido bajo la consigna de montaje de textos a partir de citas sin referencias, este catálogo —cuyo título se escribe, se lee y se pronuncia en minúsculas— apareció en el mundo, ya es parte de la realidad y en este sentido puede que no haya vuelta atrás. Aunque fuera destruido y no quedaran registros de él, seguiría estando. Es real, y lo es el sentido de una realidad que perdura por sobre la realidad de la materia: la realidad de la historia. La vida, en un sentido no biológico, se manifiesta en la acción y en el discurso. Al actuar y al “hablar”, una persona “aparece” ante un mundo de diferentes, comienza algo, nace por segunda vez. Hannah Arendt decía que cada sujeto —inevitablemente— contaba una historia y era capaz, al mismo tiempo, de narrar historias que no le pertenecen. Cada una de estas narraciones da lugar a la Historia, con mayúsculas, la gran narración sin comienzo ni fin.

Bruno Juliano habla, crea, pone un objeto en el mundo. Pero no lo hace a partir de la nada. Este catálogo es un emergente. Debajo o atrás se teje una red de palabras, de relaciones, de intercambios con quienes también ponen lo propio en el mundo. Otros textos, otras obras, otras voces. Inés Beninca y Gaspar Núñez miran, recorren, eligen objetos usados y en desuso, viejos, degradados, rotos. Los comparten, los conservan, los desechan. Hablan sobre ellos, otra vez discurren. Listas, inventarios, mensajes y carpetas compartidas forman una red de sentido y un repositorio de objetos que deciden poner ahí, aquí, en aquella casa. Como su catálogo lo indica: asisten a los objetos muertos con un soplo de intenciones.

¿Cuál es la intención? ¿Cuál es el criterio de selección de esos objetos? ¿Cuál es el criterio de montaje? Lo deciden de manera colectiva. Colectiva pero no arbitraria. Cuando deciden plegar una puntilla o doblar una sábana bajo una lápida saben que tales decisiones conllevan la responsabilidad de ampliar el mundo en tal o cual dirección. Algo que no estaba, a partir de ahora, está. Así, Vanitas tarda está entre las historias de Tamañoficio, en su Historia. En lo formal, el catálogo abre el juego de múltiples posibilidades de lectura: de corrido, por columnas, siguiendo cada tipografía. Invita a la adivinanza: ¿quién lo dijo?, ¿de quién es la cita? En su contenido, entre las citas “anónimas” se cuelan guías de interpretación o, por qué no, reglas del juego: “Dos alturas: una que dibuja una línea donde se ubican las obras foráneas, como irradiaciones; otra, que niega a la primera, donde se refugian las piezas. Luz y gradientes de penumbras. Dos columnas, las citas. El montaje como coartada”.

La pintura moderna, en general, y un tipo o subgénero dentro de esta, en particular, es el espacio de legitimación que Juliano, Beninca y Núñez encuentran para mostrar su obra y la pauta de interpretación que nos auxilia para recorrerla. Lágrimas de fruto nácar devela, sobre el final, una lista de nombres propios, de apellidos, donde artistas visuales y escritores se mezclan sin criterio. Al leerla me detengo en “Gainza”, María Gainza, y pienso en la elegancia de su prosa y en la calidez de la atmósfera de El nervio óptico, una atmósfera que —sin proponérselo, creo— Vanitas tarda reproduce. Voy hacia el libro y leo: “Partí sola en el auto, mi salita privada de pensar  […]. Para poner en forma [mi historia del arte] me hablé a mí misma todo el viaje, tratando de no mover mucho los labios para que en los semáforos los autos vecinos no creyeran que había perdido la cabeza. Me conté el cuento con los pedazos que recordaba, tosiendo cada tanto, a pesar de que iba con las ventanillas cerradas. Parecía un paleontólogo que sale de una excavación subterránea y se dispone a reconstruir a su criatura con los tres huesitos locos que lleva en su riñonera”.

 

Inés Beninca, Gaspar Núñez y Bruno Juliano, Lágrimas de fruto nácar, Tamañoficio,  2019.

28 Nov, 2019
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