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Tics modernos

Joaquín Aras

ARTE

Con la condensación y la hondura de un poema filosófico, Joaquín Aras demuestra en Tics modernos que el foco en una modalidad discursiva como la comedia física puede dar lugar a una muestra a la vez amable y conceptualmente sólida. La yuxtaposición de situaciones autónomas e incompletas sustrae esta forma de comicidad —materia en principio innumerable— a los peligros simétricos de la dispersión y el rescate arqueológico. Aras sabe que cada medio es un conjunto de dificultades y, por eso, agota sin mezclar la especificidad del cartel, el video, el objeto y la fotografía en distintos soportes. Pero sabe, además, que en el detalle de la vida extraña que nos presenta la historia de los medios se alojan los pliegues de lo humano; que antes de engañar o vender ilusiones, éstos han sido una extensión de tecnologías que operan en el organismo del homo sapiens. A través de una criba fina, las imágenes elegidas están investidas de un carácter indefectible que la estética clásica consideraba el mérito mayor de una obra de arte: la impresión de que no podrían haber sido de otro modo al entregarse a la mirada. Hay ahí una antropología de las imágenes: la convicción de que una figura como la de dos copas que se rompen al chocar, estampadas en una cortina, posee las propiedades necesarias para provocar en cualquiera exactamente aquello que debe provocar.

La obra de Joaquín Aras parece estar rubricada por una cierta bonhomía. Es esa actitud la que mantiene a resguardo su sofisticación conceptual de la pendiente cínica por la que ese tipo de talento suele despeñarse con facilidad. A juzgar por lo visto en las galerías de Buenos Aires en el último año, no parecen ser muchos los artistas interesados en interrogar de manera sostenida los mecanismos y convenciones de un determinado producto discursivo específico: ese trabajo de desmontaje artístico que, bajo el influjo de la semiología, se inició en los años sesenta.

La obra de Aras entra en esa escena de vacancia con una entonación serena. El artefacto comunicacional que este artista semiólogo abre a la pregunta no es el objeto de una crítica ideológica. No se trata, por caso, de los imaginarios publicitarios de felicidad que se hubieran deconstruido en los años setenta, sino de una tradición a la que vuelve con imaginerías de su propia cosecha y con citas distorsivas al cine y a la historia del arte conceptual. En ese sentido, Aras cumple su objetivo: persuade a un espectador que acaso podría conocer ese campo solamente a medias, que el humor físico le resulta entrañable y más aún, fundante de su subjetividad. Su “crítica” de los medios no está impulsada por la epistemología constructivista que fue siempre consustancial a este tipo de prácticas, sino por una filosofía realista: la convicción de que las cosas existen con independencia de recibir o no un tratamiento discursivo. Por esa razón, su voz suena orgánica; amable. No desentona con el credo realista que se divulgó en las últimas décadas al calor de los nuevos materialismos: ese coro que anima buena parte de las prácticas contemporáneas de investigación en arte. En este punto se trata de una voz cordial que acata las reglas de la conversación actual.

Quizás lo que más haya que celebrar en una exposición como Tics modernos es la rareza de un discurso autoral que sostiene una hipótesis conceptualmente nítida sin comunicar ansiedad por ilustrar la última moda intelectual. Tics modernos no le dará la imagen de tapa al último libro sobre aceleracionismo. Antes bien, es una exhibición que demuestra un camino propio por las bibliotecas lentas del saber histórico. Digámoslo de una vez: la de Aras es una muestra humanista, en el sentido preciso de una práctica que confía en los poderes de la imagen y en la comunicabilidad de las emociones. Una muestra a la que, sin embargo, la atención sostenida al lenguaje ha mantenido a salvo de cualquier cliché asociado al nombre del humanismo en las artes visuales.

Un detalle: Aras tiene una hipótesis propia sobre el origen del color que obsesionó a Yves Klein, y con eso hizo una obra que tiene la estructura alegórica del montaje. Una colchoneta azul —que alude a la conexión biográfica de Klein con las artes marciales— sostiene un antiguo televisor. Es una conjetura lo bastante sugestiva como para agregar un capítulo a la célebre historia cultural del azul de Michel Pastoreau. Pero, por lo demás, no se me ocurren muchas cosas más alejadas del despotismo y la espectacularidad de Klein que la sensibilidad del trabajo de Aras. Eso es bueno. El espectador agradece que la relación de un artista con los que, de manera un tanto brutal, se acostumbra a llamar referentes explore un camino diferente al de la identificación empática. Acá la genealogía se despliega como espacio de pensamiento. Antes que con la mímesis identificatoria del niño, el álbum familiar se ofrece en esta exposición con las emociones contradictorias y elaboradas de una persona adulta. Aunque sea penoso reconocerlo, eso también es mucho en este tipo de prácticas.

No estoy seguro de la temporalidad que gobierna esta exposición, hecha de citas al pasado pero también de una suerte de etnografía especulativa de la actualidad. Incluso cuando se muestra cerca de nuestro presente, pareciera invocar una época en la cual todavía era posible asumir que el objeto capaz de despertar reacciones emocionales ocupaba el lugar de un dato verificable en la realidad. A pesar de la presencia de smartphones y de WhatsApp, me da la impresión de que las emociones de las que habla Aras no remiten del todo a nuestra infosfera sino al panorama psíquico de una sociedad que ya ha dejado de ser la nuestra. En la cita, el anacronismo se impone sin fisuras; en la figuración del presente, en cambio, ese desfasaje solamente asoma y no se deja atrapar. También ahí, por supuesto, reside la eficacia de esta exposición.

 

Joaquín Aras, Tics modernos, curaduría de Sonia Becce, Piedras Galería, Buenos Aires, 6 de noviembre de 2025 – 17 de enero de 2026.

15 Ene, 2026
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