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Una historia de la imaginación en la Argentina

Varios artistas

ARTE

Se ingresa a la muestra a través de la pampa, en una suerte de intrusión —como bien señala el texto curatorial— a través del mar. Se despliega entonces un repertorio de imágenes que da cuenta no sólo de la construcción de la tradición pictórica fundacional del arte argentino, sino también de huellas que se perciben en el presente. Esta parece ser una de las premisas de Una historia de la imaginación en la Argentina, muestra curada por Javier Villa en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Ese ingreso a través de obras contemporáneas, como la de Santiago de Paoli, invoca manifestaciones previas, imágenes que construyen no sólo simbólicamente un territorio, como lo hacen las obras de Eduardo Sívori, Martín Malharro y Prilidiano Pueyrredón.

La muestra, que reúne más de doscientas cincuenta obras, se estructura en cinco ejes que remiten siempre al territorio; un espacio que es propuesto como el resultado de una operación estética, un paisaje, y que se vertebra a partir de la pampa, el litoral y el noroeste, así como en las figuras del matadero y la cautiva: figuras estético-políticas que sirven para pensar la construcción de la imaginación —y de una tradición para esa imaginación—, articulada a partir de una violencia material que la muestra oblitera.

Si en la política hay una base estética, configurada a partir de la división de los tiempos y de los espacios, entonces la conformación estética de un paisaje no es menor. Significa, por ejemplo, construir un imaginario para el desierto. En ese imaginario, el desierto es un espacio vacío, tanto de pobladores —cuando en realidad lo había— como de historia, que también existía. La muestra no nombra el desierto. Desde el título parece dejar a un lado esa pesada carga. Ahora bien, aparece una y otra vez en el intersticio de las obras. Porque el desierto fue, en gran medida, la gran operatoria estatal argentina: la construcción simbólica de un vacío que no era tal, y que significaba la necesidad de la construcción de un Estado-nación sin pasado, siempre porvenir. Y en ese vacío al que la muestra parece apelar no existen ni el tiempo ni los cuerpos.

Con todo, fundar una tradición implica siempre un movimiento violento, un hechizo de apariciones y desapariciones, que muchas veces encuentra su pista más visible en la sangre. Desierto y sangre fueron estetizados en la literatura, que hizo lugar a la imagen para un territorio, cuya primera relación se estableció como mapa. Ahí es donde entiendo que esta exhibición colectiva pierde fuerza, al no tensar aún más el antagonismo que es posible observar entre las obras. Me explico: un eje temático como el matadero no sólo significa la tradición argentina relacionada con la sangre, el cuchillo y la carne. Se trata además de la disputa simbólica y política por un espacio que se inicia con la tradición romántica de Echeverría como denuncia al federalismo, y cuya contracara es posible observar en la obra de Pablo Suárez, esa obra genial que es el empalamiento del Chacho Peñaloza, el último refugio de las montoneras federales.

Si se ingresa a la muestra por la pampa, la salida se encara por La cautiva, pensada en este caso en sus ecos contemporáneos. Es ahí donde los cuerpos se tensan más; tanto en la obra de Florencia Rodríguez Giles —que ha sido montada en una construcción de adobe por momentos arbitraria— como en las de Liliana Maresca, imágenes que remiten a una sexualidad no exenta de violencia, donde sobrevuelan los problemas de género y un imaginario de dominación que no sólo es simbólico.

 

Una historia de la imaginación en la Argentina, curaduría de Javier Villa, Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 6 de abril – 27 de octubre de 2019.

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