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ARTE

Los ecos del gesto con el que Gabriel Orozco sacudió el panorama del neoconceptualismo global en los años noventa aún siguen gravitando en el mundo del arte contemporáneo. En ese momento aquel acto fue contundente, especialmente por su simpleza. Reunió lo que parecía imposible: la agudeza para observar e investir objetos ready-made, enlazándose con la tradición duchampiana y surrealista, con una capacidad de resolución formal e inventiva morfológica inaudita que lo puso en contacto paradójicamente con la herencia del saber hacer de cuño picassiano. Vanguardia y contravanguardia, ver y hacer. Y lo mejor de todo es que esta contorsión se produjo con gracia y sin esfuerzo aparente. El movimiento lo convirtió en uno de los protagonistas de la escena de la escultura posduchampiana, en términos de Benjamin Buchloh. Pero también ha hecho que artistas de las partes más recónditas del planeta se hayan referenciado en él. Sin ir muy lejos, hace unos años Pablo Rosales no se sonrojaba cuando se autopercibía como uno más de los tantos “Salieris de Orozco”.

Esta capacidad prodigiosa también le allanó el camino para ser primus inter pares de un pequeño y poderoso grupo de artistas mexicanos, rigurosamente todos hombres: Juan Dávila o Damián Ortega, quienes dominan indiscutidamente el vigoroso mercado del arte chilango. Pero aquí Orozco dejó por un momento su podio para darse un gusto: participar en la XIII Bienal de La Habana, el evento artístico anticapitalista y tercermundista más tradicional del hemisferio. Y volvió a usar su querida fórmula. Empezó con la elección de un material significativo: medias negras de red caladas, barrocas hasta el paroxismo, que usan muchísimas mujeres cubanas. Tanto aquellas que se ofrecen al turismo sexual en los arrabales despintados de La Habana como las disciplinadas mujeres policías o las somnolientas guardias de los museos. Mujeres que, en general, están de pie exhibiendo sus piernas. Aprovechando el proliferante entramado de estas medias, introdujo en su interior sencillas siluetas curvas de cartón corrugado que forman un conjunto de esculturas planas y blandas recortadas sobre los blancos muros del museo. La operación es austera. Su escala no impresiona. El resultado parece evocar por sus formas plegadas, curvilíneas e informes, una secuencia de vulvas, glandes, clítoris o escrotos; jirones genitales indefinidos, que reposan sin tensión, preciosos y enigmáticos.

Algunas cuestiones pueden subrayarse. En el contexto de un país que comienza nuevamente a sofocarse por el bloqueo, elegir un material disponible y abundante para trabajar no es un gesto neutro. Tampoco acomodarse a la escala de producción de una institución que parece casi literalmente desarrollarse sin recursos, especialmente para un artista acostumbrado a la opulencia de la escena internacional. Pero hay otro elemento más inquietante e interesante. La elección del material muestra que, al igual que otros turistas en La Habana, Orozco estuvo viendo chicas. Chicas de pie frente a él, chicas que velan, chicas que se ofertan, chicas que portan armas, chicas que cruzan sus piernas, chicas disponibles a la vista de los hombres, chicas que devuelven la mirada. Si pensamos en su figura como la de ese artista tan contundente en sus gestos, tan eficaz en sus operaciones, tan hombre, las preguntas se multiplican. Pero a su vez en el centro de este circuito de vínculos escópicos, entre el dominio y la seducción, se da a ver justamente una serie de objetos de evocaciones genitales difusas, elusivas, ambiguas. Parecen descansar inconmovibles más allá de cualquier clasificación, más allá de la norma que las buenas costumbres poscastristas siguen dictando. Despliegan serenamente su belleza íntima y desafectada.

 

Gabriel Orozco, Veladoras, Museo Nacional de Bellas Artes, Edificio de Arte Internacional, XIII Bienal de la Habana, 11 de abril – 2 de septiembre de 2019.

 

Imagen: “Sin título”, de Gabriel Orozco (2019).

9 May, 2019
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