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CINE y TV

Diarios, de Andrés Di Tella, es un experimento, una suma de recortes, imágenes de archivo personal, reflexiones y material capturado de la web, como la antológica versión de Nina Simone de "Ain’t Got No, I Got Life" (1968). Es, también, un punto de fuga y de encuentro entre la vida privada de director y la historia reciente del país, es un producto mutante, un proceso continuo, una combinación de piezas que nunca conformaran el entero y es, finalmente, un signo de interrogación cuya traza abre el camino para plantear cuatro cuestiones.

La primera se relaciona, evidentemente (resulta evidente si el lector ya ofició de espectador), con el tiempo. El tiempo, precisa Borges en algún ensayo, es la sustancia de la que estoy hecho. La definición parece corresponderle tanto a Diarios como a Di Tella, es decir, le corresponde al cine, que, además de imagen en movimiento, es tiempo, o, por ser imagen en movimiento, es tiempo. Los espectadores sentimos, frente a la proyección inconexa de fragmentos, su irremediable pasar, aunque quizás no sea el tiempo lo que pasa sino nosotros los que pasamos. Pasan la madre y el padre de Andrés, pasan los hijos de Andrés, pasa Andrés en toda su fatal sustancia.

Los árboles son protagonistas recurrentes del registro, en general, filmados a través de una ventana. Me pregunto si la insistencia con el árbol no supone en Diarios la impugnación del transcurrir temporal normalizado. La cronología se suele representar con una línea recta, de izquierda a derecha, o derecha a izquierda, según la orientación, y se denomina tiempo lineal. Pero los árboles crecen de abajo hacia arriba, ¿habrá ahí algún afecto, algún cruce, algo que cruje, una tentativa de trastocar a Cronos? El propio Di Tella se encarga de responder la pregunta con la siguiente afirmación: “El pasado no existe”.

Segunda cuestión: el montaje. En un momento dado, la proyección se interrumpe, se enciende un velador y despunta el espectro performático de Di Tella, sentado en su escritorio, delante de la pantalla, con un cuaderno en la mano. En esas páginas, gracias al consejo de un amigo, Di Tella comenzó a anotar sus sueños (comenzó, en realidad, a soñar), para luego compartirlos con el público. ¿No es una legalidad onírica la que gobierna el montaje de Diarios? Tal vez recuerden el argumento de René Descartes para poner en duda el mundo sensible: por haber tenido sueños muy vívidos soy incapaz de distinguir sueño de vigilia. Descartes estima lapidario el argumento y sólo consigue refutarlo en las líneas finales de las Meditaciones metafísicas (1641): “debo rechazar, por hiperbólicas y ridículas, todas las dudas de estos días pasados; y, en particular, aquella tan general acerca del sueño, que no podía yo distinguir de la vigilia. Pues ahora advierto entre ellos una muy notable diferencia, y es que nuestra memoria no puede nunca enlazar y juntar nuestros sueños unos con otros, ni con el curso de la vida, como sí acostumbra a unir las cosas que nos acaecen estando despiertos”.

La salida de Descartes es, perdón el anacronismo, cinematográfica. Si estando yo despierto, aclara, alguien aparece y desaparece de repente, “como lo hacen las imágenes que veo en sueños”, sin poder discernir ni su procedencia ni su destino, no me faltaría razón para afirmar que estoy durmiendo. ¿Se entiende? La lógica del sueño prescinde del enlace causal para volverse un montaje alocado.

En Diarios nadie puede estar seguro de nada, ni de las motivaciones, ni de las causas, ni de las apariciones o desapariciones. Priman elementos hipnóticos en la demarcación del ritmo, y si alguna vez sentimos una sacudida, es sólo para corroborar los altibajos típicos del estado de somnolencia, esos espasmos que ocurren en la fase media entre el sueño y la vigilia.

La tercera cuestión alude al género. El diario es un género noble. No pide calidad, no pide cantidad ni creatividad. Exige, sí, compromiso y constancia. Hay que filmar (y escribir) todos los días si uno pretende captar la intensidad del instante, el fluir de la vida. Asimismo, por el carácter difuso de su estatuto de obra, Diarios se mantiene, más acá o más allá, en la instancia work in progress.

Última cuestión. Raúl Ruiz, cineasta e intelectual chileno, creador de un Diario milagroso, propone cinco funciones del plano, y una de ellas es la función holística: un plano que condensa todos los planos, como aquella “pequeña esfera tornasolada” de un sótano ubicado en la calle Garay que contiene todos los puntos del universo. Menciono la función holística porque Diarios se define conceptualmente, a mi juicio, con una frase de Luis Ospina. El director colombiano (homenajeado por Di Tella), refiriéndose a un experimento de su autoría, dice algo de este estilo (cito de memoria): “no es un documental, es más bien una instalación… Nunca hice ninguna, quiero fracasar en todos los géneros”.

Diarios (Argentina, 2022), guión y dirección de Andrés Di Tella, 90 minutos.

8 Dic, 2022
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