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CINE y TV

La antigua perversión latente en los cuentos de Andersen y los hermanos Grimm se ha transformado en una suerte de programa metafísico para el cine de horror del futuro. De Goodnight Mommy (2014, Veronika Franz y Severin Fiala) a Gretel y Hansel (2020, Oz Perkins), el reprocesamiento adulto de los miedos infantiles está contrarrestando de a poco los efectos perniciosos de la pornotortura representada por subproductos como El juego del miedo, que sólo pueden asustar a quien tenga, como mínimo, buen gusto. Pero a diferencia de los múltiples aserradores de turno que campean por el cine teen, Lucile Hadzihalilovic cree que no puede haber miedo entre nosotros, los adultos, si no se identifica primero la infancia con una especie de patria maltratada o mal tutelada; si no se vincula la incomodidad interior de las criaturas en crecimiento con cierta enfermedad del ver propia de los seres ya desarrollados.

Como ocurre con Michael Haneke y David Cronenberg, las escenas más terroríficas de las películas de Hadzihalilovic son aquellas que no producen sentimientos en el espectador. El “nacimiento” de las nenas que llegan (en un ataúd) a esa extrañísima escuela de baile en Innocence (2004), o los retorcidísimos procedimientos obstétricos de Evolution (2015) son momentos de una imaginería que enceguece y petrifica, aun antes de fascinar. Los primeros veinte minutos “mudos” de Earwig cumplen idéntica función: crear cierto estado de ánimo donde resulta difícil, para el espectador, identificar con precisión qué se está sintiendo.

Ese no-lugar psíquico está construido con una puesta en escena quieta y silenciosa, tan perfecta que sofoca el ojo aún en su inmovilidad, como si los bordes de cada plano estuvieran recubiertos de acero quirúrgico y sólo permitieran derrames interiores de luz y sonido. En ese principio silente de Earwig, un hombre atormentado cuida de una niña a la que somete con un extrañísimo aparato de ortodoncia. Casi no se hablan entre sí, y los sonidos que provienen del exterior del decrépito departamento que habitan (los pasos de un vecino, el timbre de un teléfono a través del cual alguien dicta instrucciones) remiten a un mundo silenciado por algún tipo de suceso descomunal. A Hadzihalilovic siempre le interesó el “adentro”; si el exterior fulgura o se insinúa, es sólo para justificar los rituales educativos que estructuran sus historias.

Hay toda una línea de continuidad entre esa claustrofilia y el cine de horror psicológico europeo de la alta modernidad. Si las películas de Hadzihalilovic no estuvieran protagonizadas por niños, se las podría ligar directamente con Repulsión (1965) de Polanski, con De la vida de las marionetas (1980) de Bergman, o con el Zulawski más perturbador, el de La tercera parte de la noche (1971). Pero lo desconcertante es, precisamente, la presencia infantil, esas criaturas tironeadas entre el despotismo de los mayores y la felicidad prometida por esa nueva dimensión de su desarrollo físico y mental a la que aspiran, y que se expande lentamente hasta conquistarlos. No es casualidad que todas las películas de Hadzihalilovic terminen bien para los niños, no necesariamente para sus instructores, carceleros o guardianes. Sus finales son tristes sólo si se olvida la tierra natal que los engendró. Al igual que Lucrecia Martel (otra gran “descubridora” de la infancia), el lenguaje técnico que Hadzihalilovic ha logrado crear en apenas tres largometrajes es un instrumento que utiliza para comunicarse con otra parte de la realidad, y el espectador atento es sólo una función de ese prodigio estético. Un complemento bienvenido, aunque no imprescindible. Como las naturalezas muertas provocadas por un holocausto, sus películas son destellos de belleza en un mundo que se ha quedado vacío.

 

Earwig (Inglaterra/Bélgica/Francia, 2022), guion de Lucile Hadzihalilovic a partir de la novela homónima de Brian Catling, dirección de Lucile Hadzihalilovic, 114 minutos, disponible en MUBI.

23 Mar, 2023
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