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Esta película —que nadie vacilaría en llamar chilena— fue filmada en blanco y negro íntegramente en la Argentina, sobre todo en Mendoza. Es imposible no pensar en Sarmiento narrando la pampa desde Chile; gesto que, invertido, se vio obligado a hacer Sallato casi dos siglos después del Facundo. Es que el régimen de Pinochet sigue siendo una cuenta pendiente del otro lado de los Andes: el violento derrocamiento del gobierno de Salvador Allende, que incluyó la detención, tortura y exterminio de decenas de miles de trabajadores y trabajadoras mediante la implantación de un terrorismo de Estado que amordazó a una sociedad y, en sus primeras horas, arrastró a la muerte al Presidente de la República, aún sigue impune. La dictadura —que se instaló en el poder durante diecisiete años, hasta naturalizar el proyecto neoliberal del llamado Plan Cóndor, dictado, punto por punto, desde Estados Unidos— tuvo entre sus declaraciones inaugurales la identificación del “marxismo” como un “cáncer” que era necesario extirpar de la sociedad chilena. Esta metáfora médico-biologicista, que supone el pensamiento de Marx como enfermedad en el cuerpo social, aparece, de fondo, en una de las escenas de Hangar rojo.
Un enorme hangar de la Fuerza Aérea (de un rojo sangriento, es el único elemento que rompe el blanco y negro de la película) se convierte en sala de operaciones clandestinas para la práctica de una infame oncología política de ultraderecha que se presenta como fábrica de muerte. El estado de excepción —como expresó Giorgio Agamben— implica que la vida de los súbditos pasa a estar a disposición del soberano. El golpe de Estado hace que la vida biológica deje de pertenecer a quienes detentan sus propios cuerpos para convertirse en objeto bajo el control absoluto de la autoridad, el amo, que decide en cada caso sobre la vida y la muerte y despoja a los individuos del derecho más elemental. Incluso los militares que forman parte de la misma institución que ejerce esa violencia se ven a sí mismos capturados en la lógica de la maquinaria de muerte que, a su vez, ponen en funcionamiento.
El capitán Silva (Nicolás Zárate, de un trabajo extraordinario), autoridad indiscutible de la aeronáutica hasta el momento en que estalla el golpe de Estado, es un paracaidista reconocido que, si bien reafirma su obligación de estar a disposición de la Fuerza, incluso negándose a pensar (“yo no tengo nada que pensar”, contesta cuando un coronel lo interroga acerca de los acontecimientos que se están llevando adelante, porque es vox populi la afinidad de Silva con el gobierno de Allende, al que ya defendió en otra ocasión ante intentonas golpistas), tampoco puede evitar seguir pensando, aunque sea en silencio. Por eso, el silencio del capitán Silva está cargado de resistencia: una potencia de no (otro concepto de Agamben que sirve para pensar el film) que poco a poco se levanta, como una barricada, o más bien se cava, como una trinchera.
Su pareja, Rosa, es profesora de historia en la universidad. Ella también está en peligro. Alguien dice que “la Universidad Técnica fue desalojada, no quedó nadie”. Silva se da cuenta de que tiene que asegurarse de que su compañera esté aún en libertad, con vida. Cuando regresa a su casa, por unas horas, la encuentra allí, todavía a salvo. En silencio, comparten un cigarrillo; la ceniza crece desde la punta hasta caer, y una lágrima del capitán no termina de caer de los ojos, que brillan cada vez más. Rosa le sugiere que tienen que irse del país, que es muy peligroso permanecer donde están. La posibilidad de perderlo todo, hasta la vida, se respira en el ambiente, cargado de asfixia.
La pérdida de lo más propio está en el aire desde el comienzo de la película, cuando aún estamos en el día anterior al golpe, y durante la mañana siguiente, cuando, en el automóvil, luego de pasar a buscar al cadete Hernández, este pregunta qué se siente al saltar en paracaídas desde un avión a gran altura y la respuesta de Silva es: uno se siente dueño de su vida, libre, autónomo. Es decir, la vida nos pertenece solo cuando estamos en caída libre, un momento antes de abrir el paracaídas. En la tierra, al nivel del mar, no sabemos quién es dueño de nuestra existencia.
Los militares, y sobre todo los coroneles que vigilan de cerca a Silva para patrullar su compromiso con la represión clandestina, llevan la nuca desnuda y el pelo engominado, a la Himmler. Pero la cámara no deja de seguir, desde atrás, al capitán, que lleva, en contraste, el pelo un poco largo, como una especie de cortina negra que le cubriera la nunca y no nos dejara acceder al pensamiento chato que le atribuimos a un militar de su rango. La espalda de Silva es casi una tarima desde donde observamos cómo se mueve entre genocidas que no dejan de advertirle sobre las dudas que su comportamiento despierta en el régimen. Y si la duda es la jactancia de los intelectuales, para los milicos es un infierno. Sin certezas, en el ambiguo terreno de las medias tintas, una orden de fusilamiento se puede convertir en la oportunidad de salvar vidas.
Un comentario más sobre el trabajo del silencio en el film: la mañana del 11 de septiembre de 1973 suena el despertador y da lugar a un montaje audiovisual que corta el aliento ante la inminencia del golpe que el espectador conoce y que el capitán Silva, aunque pueda sospecharlo, todavía no: la afeitadora, el grifo del baño, el reloj de pared, cuyo tic-tac nos acelera el pulso. Un momento después, el sonido es ocupado por gritos y sirenas policiales. Un camión militar traslada prisioneros a las puertas del “hangar rojo”; uno de los detenidos, al bajar del vehículo, corre y pasa junto a un cadete que no reacciona ante la fuga. Otro milico, un sargento, sí: fusila a la distancia al hombre que escapa y se acerca al cadete que lo había dejado ir. El reproche, la pregunta sobre por qué no disparó, quedan aplastados por el simulacro de fusilamiento del cadete: un fogonazo que muerde la banda sonora y la deja sostenida en un ruido sordo, seguido de vómitos. Formas del silencio que hacen temblar, como un trueno interior. El capitán Silva es tomado, en algunas ocasiones, de perfil, con el aire de un vampiro abstemio de sangre. En más de una ocasión recibe el llamado de militantes de izquierda que buscan reavivar en él el compromiso con el presidente Allende. La película es una oportunidad de volver a pensar las condiciones de posibilidad o imposibilidad de la liberación de Nuestra América por la vía democrática.
Hangar rojo (Chile / Argentina / Italia, 2026), guion de Luis Emilio Guzmán, dirección de Juan Pablo Sallato, 81 minutos.
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