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La mula

Clint Eastwood

CINE y TV

Un director “amable” puede ser un problema, especialmente cuando se vuelve incapaz de distinguir entre “amabilidad” y “condescendencia”. En esa confusión están perdidos, por poner dos ejemplos discrecionales, Woody Allen y Roman Polanski, quienes tras sendos escándalos mediáticos vinculados a su vida personal nunca recuperaron su poder creativo y desde entonces se limitan a tibios intentos de reconquista de espacios perdidos mediante películas melifluas que son todo lo que podría esperarse de ellos, pero nada de lo que son capaces de ofrecer. En la aceptación de ciertas condiciones industriales de juego suele dirimirse la ética del cineasta, y la diferencia entre autoría y despersonalización no siempre resulta un juego de suma cero en el que el presente confuso se acepta y celebra sólo como reconocimiento a un pasado de gloria. Que Woody Allen no haya dirigido una buena película en los últimos veinte años es, digamos, casi tan lógico como que Polanski ya no sepa qué hacer para volver a filmar en Estados Unidos.

El caso de Clint Eastwood es distinto. El derrotero de su vida personal nos es casi ajeno, y sólo podemos adivinar la forma en que se siente afectado por el paso del tiempo a través de las películas que viene filmando desde Los imperdonables (1992). Hubo altibajos —y muchos, sobre todo en los últimos años—, pero la amplificación del gran tema central de su último cine no tiene que ver con la nostalgia por lo que ya no se es (como en Polanski y Allen), sino con el orgullo por lo que efectivamente se fue, condición que, acaso, sólo comparta con el menos veterano Steven Spielberg. No sentirse “tocado” por la Historia, sino elegido para dar cuenta de una parte —la que le corresponde— de ella.

De ahí la unicidad del tema eastwoodiano de las últimas tres décadas. Entre el sanguinario William Munny de Los imperdonables, el cascarrabias Walt Kowalski de Gran Torino (2008) y el gruñón Earl Stone de La mula hay un “ablandamiento” que sería un error tomar por condescendencia. En la amabilidad del octogenario horticultor Stone, que se pone a traficar cocaína para salvar de la quiebra su pequeña granja de lirios, hay que leer un orgulloso acto de dignidad autoral y apropiación vital. Autoría de una poética, claro, y vitalidad de una forma de hacer cine que, a medida que se simplifica en lo formal, gana (casi mágicamente) en complejidad temática. ¿Se puede ver La mula desde ese perfil testamentario que ya es casi obligatorio imprimirle a cualquier película de Eastwood? Sin duda alguna. Pero tener presentes El fugitivo Josey Walles (1976), Bronco Billy (1980) y Honkytonk Man (1982) aporta, en este caso, un aliciente para empezar a entender de otra manera cierta obcecación por determinados temas. Eastwood es una memoria que cuenta, su ética es una sofisticación del cansancio, y su empuje, una fuerza que no cede ante el reclamo del tiempo. Es sorprendente la aparición de La mula luego de la compleja “trilogía del héroe” que había, por momentos, hecho temer cierto derrape retórico —la desconcertante Francotirador (2014); la emotiva Sully (2016); la impresentable 15.17 Tren a París (2018)—, aunque la dimensión de los grandes cineastas puede medirse, entre otras cosas, por su capacidad para salirse del camino original y volver a él sin perder de vista el punto de llegada. Vaya uno a saber a dónde quiere llegar Eastwood, que es lo mismo que preguntarse hasta cuándo seguirá filmando. Mientras tanto, conviene ver sus películas con atención. La mula es una de las mejores, el fractal de una vida entera a la que tenemos el privilegio de asomarnos casi todos los años, en los sucesivos capítulos de un añejamiento descomunal.

 

La mula (The Mule, Estados Unidos, 2018), guión de Nick Schenk y Sam Dolnick, dirección de Clint Eastwood, 116 minutos.

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