Inicio » OTRAS LITERATURAS » Pequeñas labores

Pequeñas labores

Rivka Galchen

OTRAS LITERATURAS

Muchas cosas —cotidianas, literarias, psicológicas— hay en Pequeñas labores, breve libro sobre la maternidad primeriza de la escritora canadiense-estadounidense Rivka Galchen (1976). Una es una abrumadora sentencia vox populi: un hijo nos da una razón para vivir. O bien, de otro modo: la llegada de una guagua (dicho en chileno) incluye la prohibición de morir que se le impone ipso facto a la adulta generatriz. Pequeñas labores no es un libro de ensayos teóricos ni de autoayuda. No es un diario. Quizás pertenece al género sin género de las reflexiones experienciales misceláneas, variables, azarosas con sentido lógico: es levemente humorístico, transita por cierta obviedad que induce a la empatía y también expresa ideas o sentimientos insólitos. Es la voz de una escritora inevitablemente culta que habla en voz alta de las guaguas humanas. (Es una opción de los traductores, el uso de “guagua” en lugar del “bebé” aportado por inmigrantes de países vecinos, sobre todo Perú, que celebramos con fervor y alegría. Paradójicamente, nuestra palabra “guagua” viene del quechua “wawa”, que es “hijo”).

Rivka Galchen habla de guaguas. Mejor dicho, de una en particular: su propia hija recién nacida y luego creciente en tal o cual párrafo. Se refiere a ella como “la puma”, y página a página, sin un necesario orden cronológico (ni temático), observa los efectos que la niña produce en su entorno, empezando por la madre/autora. Y, cómo no, aparece la abuela con comentarios admirativos y morfológicos sobre la cabeza de la recién llegada. El padre parece que existe, pero es casi invisible.

También habla Rivka de literatura japonesa, de Tolstói, de Toni Morrison, de Elena Ferrante o del noruego Karl Ove Knausgård, al que —misterio— cataloga como una “madre escritora” de primer orden.

Nunca le habían importado los recién nacidos o la maternidad y menos imaginaba escribir sobre eso. Ante el deceso de una guagua equis, solía decirse consolativamente que al menos no era un niño ya parlante y consciente de su identidad. Idea inquietante como pocas y que tiene su punto: tal vez —pensamos nosotros— un nonato susceptible de aborto no sea entonces tan diferente de una guagua preverbal. ¿Cuál es la frontera —si la hay—, el parto o el lenguaje? Una vez que tenemos un hijo, la división es en todo caso inconcebible. Este libro induce a pensar cosas tal vez aún más insólitas y tal vez no. Si por ahí la autora se plantea la ya no sé si freudiana “envidia de género”, es para decir que de los hombres ella sólo envidia que puedan “tener una guagua sin que su pareja lo sepa”: sentimiento enloquecido, confiesa, pero igual muy presente en su psiquis.

El libro, elaborado a pedazos en esos primeros meses o quizás algo después, refleja ambos perfiles operativos de Rivka Galchen: escritora y madre parecen identidades incompatibles, pero ocurre en ella una fusión centrífuga y centrípeta a la vez. Pequeñas labores es el divertido/adormeciente (como la vida) fruto de esa fricción. Un confesado modelo estructural data del siglo XI en Japón: es El libro de la almohada, de Sei Shonagon, dama de la corte imperial de ese reglamentado país. No es novela ni poema, sino un diario de anécdotas, observaciones, habladurías. Rivka Galchen lo comenta, indaga en mitos también nipones, hace digresiones sobre la melancolía de saber que un hijo viene “de otro mundo”, nos da vuelta el corazón y la cabeza, y nos abandonará más tarde sin remedio. La percepción de que su hija le “pertenece”, que ese vínculo es excepcional y al mismo tiempo ilusorio, es parte de una comedia diaria —vecina pesada incluida en el ascensor— donde los lugares comunes de la maternidad parecen o simulan ser hallazgos, verdades culturales/biológicas que no escapan a su mirada entrañablemente irónica, aunque tan-tan ingeniosa no siempre es. Cree entender a su hija mejor que a nadie y da una razón escalofriante: la guagua no tiene voz para cuestionar esa “comprensión” total. Cuando la infante aprende a hablar, siente la autora que ambas han puesto un pie en el territorio de los malentendidos posibles. Quizás sea ese el inicio de toda literatura, arte del malentendido virtuoso o voluntario, o del doble significado de las cosas. Nada de eso ha ocurrido aún —en el tiempo del libro— con esta guagua. Estamos a la expectativa.

 

Rivka Galchen, Pequeñas labores, traducción de Alejandro Zambra y Jazmina Barrera, Hueders / Antílope, 2018, 109 págs. (Esta reseña también fue publicada en Las últimas noticias, Santiago de Chile, el 23 de noviembre de 2018).

17 Ene, 2019
  • 0

    Vi. Una mujer minúscula

    Kim Thúy

    Alejandra Kamiya
    22 Ago

    Kim Thúy huyó de Vietnam en una balsa. Tenía diez años y había sido una niña mimada: sus golosinas venían de Francia, su abuelo coleccionaba casas sobre...

  • 0

    La canción del arrozal

    Lafcadio Hearn

    Raúl A. Cuello
    15 Ago

    Menciona Borges en “Mi experiencia con el Japón” que uno de sus encuentros con el país oriental estuvo íntimamente relacionado con la lectura de Some Chinese Ghosts,...

  • 0

    ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?

    Lorrie Moore

    Inés Arteta
    8 Ago

    El eje de ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, novela breve de Lorrie Moore, es la historia de la amistad entre dos chicas adolescentes de...

  • Send this to friend