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CINE y TV

En primera instancia, la tercera película de Jordan Peele como director podría interpretarse como una confirmación autoral de la poética encerrada en su obra previa, pero no se trata exactamente de eso. A fuerza de desempeño (las películas de Peele funcionan bien en taquilla), a Nope le ha sido otorgada una libertad creativa y coyuntural (su duración) que le permite al director superar los enredos políticos de Get Out (2017) o Us (2019) para ir un poco más allá y meterse con la historia misma del cine. El monólogo ilustrado que recita Otis Haywood (Daniel Kaluuya) para presentarse como descendiente del anónimo jockey afroamericano protagonista de los inicios del séptimo arte resume el credo personal de Peele, ya no sólo sobre la industria en la que se inserta cada vez mejor, sino sobre la forma en que la política hizo eco dentro de ella. El jockey borrado de la historia es reivindicado como “cowboy” pionero, y el hecho de que el primer cowboy de la historia del cine haya sido negro remueve toda alegoría posible, molesta a la tradición y pone en entredicho, de manera irreductible, todo un modelo clásico de narratividad. Que la familia Haywood entrene caballos para Hollywood desplaza el imaginario del western hacia la vereda de enfrente y cuestiona el valor moral individual del héroe del “far west” en la línea de John Wayne, para reemplazarlo por un heroísmo grupal que no tiene nada que ver con el bien común, y que instala, en su lugar, la toma de posición étnica.

El género aparece en Nope por detrás de esa situación de marginación inaugural que le negó al cowboy negro su lugar en la Historia, y en los bordes esquemáticos de una variante (la del cine de terror) que, salvo valiosísimas excepciones y hasta bien entrado el siglo XX, tendió a vaciar de contenido los reclamos raciales, suplantando los grupos específicos por la masa menos espinosa y más disciplinada del “género humano”. Arrebatado por cierta percepción de la verdad filosófica profunda del black cinema, el camarógrafo del noticiero de Scream 2 (Wes Craven, 1997), por ejemplo, llamaba la atención sobre la uniforme suerte corrida por sus hermanos (“brothers”) en el cine de horror. Peele (que también es actor) reconvierte esa tradición, la interrumpe para pensarla desde el punto de vista unívoco del Black Lives Matter, pero sin su correlato caricaturesco y sin dejarse atacar por la ironía. Poco importa si ese artefacto mortífero que se oculta entre las nubes sobre el desierto y hostiga a la familia Haywood es un monstruo alienígena, un aparato militar o un fantasma inconscientemente colectivo. Lo fundamental es la voluntad de expresar en imágenes la inadecuación histórica entre cine y realidad, algo que hasta ahora, entre los contemporáneos de Peele, sólo había intentado Quentin Tarantino, pero no para problematizarla sino para introducirle giros en falso, desvíos alternativos, ucronías fascinantes.

Nope da ese nuevo paso, el de enredarse con la Historia de su país y con la historia de su cine, para asumirse sin problemas como una marca de su época. No descarga veredictos, pero tampoco se queda con el consuelo y la excusa multipropósitos de hacer de Hollywood ese no-lugar de maridajes estables entre hombres y mujeres, entre blancos y negros. De esa manera, el desierto que rodea a los Haywood esta poseído por una mecánica animal de supervivencia que se traslada del set de filmación de una sitcom donde ocurre un episodio espantoso a un juego de depredadores practicado en un inmenso set donde no está claro quién caza a quién, y el reflejo que nos llega es el de la industria desintegrándose como una jungla. La nueva película de Jordan Peele es un film de horror traccionado sobre un montaje perfecto y paciente, un panfleto político artesanal al que no se le ven los signos de admiración, y un ejercicio de captura de la tradición que no tiene miedo de mirar hacia atrás para garantizar su propia identidad.

 

Nope (Estados Unidos, 2022), guion y dirección de Jordan Peele, 130 minutos.

5 Ene, 2023
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