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The Card Counter

Paul Schrader

CINE y TV

Todos los verdaderos autores terminan, más temprano que tarde, enfrentados a ese dilema espinoso que no existía antes de la aparición de la teoría cahierista: la necesidad de superar los problemas generados por la propia obra. Cuando llegó a esa encrucijada, Paul Schrader optó rápidamente (y hace tiempo, ya), forjando un modo de puesta en escena que en algún momento pudo parecer una sobredosis audiovisual de autoría “a la francesa”, pero que tiene —y tuvo siempre— el rigor y los alcances de un teorema matemático.

Schrader viene filmando prácticamente la misma película desde American Gigoló (1980), lo que equivale a decir que la disciplina de su método de encierro estético consiste en simplificar cada vez más la totalidad de su mundo. Su presencia ya era anómala entre los directores del “New Hollywood” del siglo pasado, porque desde un principio importó a Estados Unidos una sensibilidad “europea” que no era la de los directores exiliados por el nazismo, cuyo legado había alimentado las escuelas de cine. La distancia entre las poéticas de Fritz Lang y Robert Bresson es la que Schrader ya tenía definida en su cabeza cuando empezó a escribir guiones para Martin Scorsese, y la que aprendió a dejar en las tinieblas película a película cuando se puso tras las cámaras, con la paciencia de quien sabe que toda reiteración artística es producto de una fuerza de fe.

El nombre obsceno de esa fe es el que ahora coloca a Schrader frente al mayor desafío de su carrera. El protagonista de The Card Counter es un expresidiario que se ha reciclado como jugador profesional de póker en casinos alejados del circuito principal de apuestas, que va y viene como un zombi entre carreteras grisáceas y anónimas habitaciones de hotel que convierte en siniestras cámaras de eco de una vida vacía. La amplia galería de psicópatas de Schrader, su universo bajo de solipsistas violentos nunca se había extendido a punto tal de albergar ojos tan negros y secos como los de William “Tell” Tillich (un inmenso Oscar Isaac), tal vez por las reservas que suponía aplicar a una mente como la suya los principios del teorema que mencionábamos al comienzo: ¿cómo se redime a un torturador?

No hay épica en The Card Counter. Ni deportiva ni lúdica. No hay, en absoluto, ninguna intención de reescribir o reafirmar temperamentos, sino, tan sólo, la intención de alinear por unos días un par de vidas torcidas para ver cómo vuelven a encontrar sus respectivos destinos. William Tillich ha pasado por el infierno (o mejor dicho: ha contribuido a su creación) y los signos sensibles de su desorden interior, en los momentos más extremos y poderosos del film, le confieren una retorcidísima y paradójica fisonomía de santo. El arte de Schrader ha alcanzado tal nivel de refinamiento y sofisticación que su última película podría ser muda, como si buscara ajustarse dolorosamente a la lógica del mundo donde intenta ser comprendida, y en el que las palabras sobran o están devaluadas.

Todo está lleno de misterio en The Card Counter, especialmente la mirada de su protagonista. Sabemos lo que hizo en el pasado, pero no la forma precisa en que esas acciones estropearon su mente. Cuando la penitencia llega a su fin, el cerebro de Tillich se incendia. Pero antes de devolverlo al abismo, Schrader le concede un respiro, una única noche para que atraviese (literalmente) un bosque lleno de luces y algo de esa fosforescencia le llegue hasta el alma para tratar de encenderla. Es, probablemente, la escena más bella de su filmografía, preludio a una secuencia atroz en la que el fuera de campo nos da el tiempo justo para que toda la película vuelva a pasar por nuestra cabeza. La demencia y el dolor como pasiones arcaicas que acechan, y hacia el final, otra vez, la creación del primer hombre y los dedos índices que no pueden tocarse a través del vidrio. A sus setenta y cinco años de edad, Paul Schrader sigue siendo un creyente de los que quedan pocos, en el único sentido en que esa palabra puede tener algún valor.

 

The Card Counter (EEUU, 2021), guión y dirección de Paul Schrader, 110 minutos.

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