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The Shrouds

David Cronenberg

CINE y TV

La muerte rara vez es sólo biológica: también revela algo de quiénes somos. ¿No podría cada sociedad definirse, al menos en parte, por las tecnologías y rituales que desarrolla para relacionarse con sus cadáveres? En India, por ejemplo, los parsi aún dejan a sus muertos en “torres del silencio” para ser consumidos por buitres locales, reconociendo el lugar humano en ciclos ecológicos más amplios. En Japón, ante el desarme de la familia tradicional, columbarios automatizados almacenan miles de urnas que un brazo hidráulico transporta temporalmente a altares ceremoniales para los visitantes. Mientras tanto, los transhumanistas de Silicon Valley conservan cuerpos mediante criopreservación (congelación) en tanques de nitrógeno líquido, apostando a que la tecnología futura revivirá a estos “pacientes”. Estas prácticas, además de rituales, revelan cómo cada cultura concibe la frontera entre la vida y la muerte.

En este panorama, el canadiense David Cronenberg propone en The Shrouds (“Los sudarios” o “Las mortajas”, en su traducción literal) su propia respuesta tecnológica a la pregunta sobre qué hacer y cómo relacionarse con un cadáver. La película sigue a Karsh (Vincent Cassel), un empresario tecnológico canadiense que, tras la muerte de su esposa, Becca (Diane Kruger), desarrolla un sudario con microcámaras que le permite observar en tiempo real la descomposición de su cuerpo mediante una app instalada en el móvil. Los primeros cadáveres envueltos en estos sudarios se han instalado en GraveTech, un cementerio de alta tecnología, propiedad de Karsh. Cuando varias tumbas son vandalizadas (incluida la de Becca), Karsh inicia una investigación que cuestiona los usos de su invento, lo que dispara una trama de conspiraciones y enigmas.

The Shrouds pareciera dialogar con la teoría de la filósofa belga Vinciane Despret (A la salud de los muertos, 2021), quien dice que es posible expandir nuestra relación con los muertos, dejando que permanezcan activos en nuestras vidas mediante señales, signos y sueños. Esto requiere un proceso de “instauración”, donde los vivos dan existencia a los muertos no sólo recordándolos, sino transformándolos hacia una nueva forma de ser. Los deudos (dice Despret) tienen la responsabilidad de permitirle al difunto trascender su existencia física anterior. Esta responsabilidad incluye interpretar sueños o coincidencias como formas de comunicación. Para que la instauración sea posible, es necesario crear un entorno relacional (un milieu) apropiado que les permita a los muertos existir entre nosotros.

La propuesta de Cronenberg no contradice la metafísica de Despret tan radicalmente como el propio autor (declarado ateo y materialista) probablemente quisiera. GraveTech funciona como una forma de instauración tecnológica, un entorno donde Karsh mantiene a Becca presente a través de la insistencia voyeur sobre su cadáver. Y aunque el enfoque parece concentrado exclusivamente en su cuerpo, los frecuentes sueños de Karsh con Becca sugieren una existencia que ha trascendido el cuerpo. El tercer sueño —especialmente— modifica la realidad de Karsh, lo obliga a dudar de si está o no soñando, alimenta su deseo conspirativo. Karsh no lo lee como una creación de su inconsciente en duelo, sino como un mensaje de Becca. El sudario tecnológico actúa así como mediador en una relación que va más allá de la cercanía con la descomposición física. Becca se comunica con Karsh a través de sueños y alucinaciones. Podemos decir que GraveTech le permite a Karsh desarrollar lo que Despret describe como una “mente porosa”, dispuesta a decodificar mensajes de ultratumba. Los sueños de Karsh traicionan así el propio mantra de Cronenberg (body is reality), sugiriendo una relación porosa entre vivos y muertos. GraveTech no es solamente un sistema de vigilancia unidireccional, es también un puente tendido entre dos mundos.

Tal vez la diferencia fundamental con Despret radica en que Cronenberg no abandona el cuerpo para establecer la comunicación metafísica, sino que insiste en el cadáver como interfaz necesaria. Por eso Karsh instaura el cementerio en torno al cadáver de Becca. La cercanía con la descomposición se convierte así en una forma sui géneris de instauración, sólo posible en un mundo hiperobservado y digital. Esta preocupación por el cuerpo como sitio primario del duelo distingue a The Shrouds de otros films sobre el duelo de pareja como Three Colours: Blue (Kieślowski, 1993), Birth (Glazer, 2004), Vitalina Varela (Costa, 2019) o Drive My Car (Hamaguchi, 2021). En estas películas, el duelo opera principalmente a través de procesos subjetivos de memoria, donde el deudo se repliega en recuerdos personales y familiares, evitando confrontar la materialidad del cadáver. Cronenberg, fiel a la carne, insiste en que cualquier proceso de duelo debe enfrentar directamente la descomposición corporal.

En un contexto donde las prácticas funerarias tradicionales se transforman con la tecnología, ¿pueden estas tecnologías abrir canales hacia los muertos, o sólo prolongan un espejismo de presencia? ¿Facilita la observación constante del cadáver aceptar la pérdida, o la convierte en contenido de nuestra insaciable mirada digital? ¿Acaso GraveTech es el reflejo de un mundo que convirtió la descomposición de los muertos en un live perpetuo?

 

The Shrouds (Canadá/Francia, 2024), guión y dirección de David Cronenberg, 119 minutos.

29 May, 2025
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